Nadaístas

Los nadaístas parecieran no haber comprendido el Primer Manifiesto que escribió Gonzalo Arango. Allí se dice: ‘No dejaremos una fe intacta, ni un ídolo en su sitio’.

En 2010 publiqué Adiós a los próceres, un libro de relatos donde arremeto, desde la ironía y el escepticismo, contra los héroes de la independencia colombiana. Sospeché que me iban a destrozar –los bolivarianos, los santanderinos, los nariñólogos que siguen siendo legión en la Colombia patriótica de todos los días– por haberme atrevido a escribir semejante blasfemia. Para mi sorpresa, no pasó nada. A principios de 2021, publiqué La sombra de Orión, una novela sobre la desaparición forzada y el modelo narcoparamilitar que se ha instalado en Medellín, y en la que cuestiono a la sociedad de esta ciudad por su indolencia cómplice frente a estos flagelos que la roen desde hace años.

Temí que me amenazarían o, al menos, me insultarían. Pero tampoco pasó nada. Hace unas semanas, en cambio, publiqué una breve columna sobre el poeta Jaime Jaramillo Escobar, donde hice una valoración personal no muy laudatoria de lo suyo, y se levantó la polvareda. Me llegaron agravios, comentarios virulentos, ataques de una intensidad inesperada. ¿Qué había sucedido?, me pregunté. Deduje, por un lado, que en este país se leen más columnas de periódico que libros. Y, por el otro, que se trataba de la reacción del clan nadaísta por haber tocado a uno de sus ídolos. 

En contexto: Valoración de Jaime Jaramillo Escobar, por Pablo Montoya

Paradójico comportamiento el suyo. Parecieran no haber comprendido el Primer Manifiesto que escribió Gonzalo Arango. Allí se dice: “No dejaremos una fe intacta, ni un ídolo en su sitio”. Estimulados por aquel profeta, recordémoslo, los nadaístas irrumpieron en la parroquial y militarista Colombia de los años cincuenta con gran escándalo. Un escándalo basado en la poesía y también en una serie de ideas que muchos tomaron como anarquistas.

Luis Antonio Restrepo, en su crítica del movimiento, las considera como una “mezcla de anarquismo y un existencialismo de cliché”. Fueron revolucionarios y rebeldes, o al menos así se autoproclamaron, y enfrentaron al establecimiento de aquellos años que olía a gorras de soldadesca, a rosarios de sacristía y a burocracia plomiza. Desde un principio, se dieron a tirar pedos químicos para aterrorizar a escribas católicos. Eran igualmente incendiarios, y fue muy sonada la quema de libros que hicieron en Cali en que María, de Jorge Isaacs, fue uno de los libros repudiados. 

Dijeron, así mismo, que sus maestros eran Sartre y Camus. Pero no creo que estos, al leer María, la hubieran arrojado a las llamas. Los nadaístas estaban tan obnubilados con sus peroratas que no entendieron la maravillosa lección de estilo, la obra maestra del romanticismo de Hispanoamérica, la única gran novela del siglo XIX colombiano. Por tal motivo, entre otros, Rafael Gutiérrez Girardot los llamó analfabetas. Con estas hogueras públicas, empero, supieron enlazarse, quién lo iba a esperar, con un procurador y embajador de la extrema derecha colombiana que también quemó opúsculos literarios contrarios a sus criterios de caverna. Y acaso sea necesario señalar que eso de definirse como revolucionarios y rebeldes a la vez es indicio de no haber entendido del todo el pensamiento de Camus.

Como el movimiento nació en Medellín y los nadaístas estaban en contra, según Juan Manuel Roca, “de la literatura de fonda antioqueña que vivía en el rezago costumbrista”, se creería que leyeron a Tomás Carrasquilla para desmontarlo, pues era uno de los exponentes más visibles de esa literatura. Eduardo Escobar confesó alguna vez, con arrepentimiento tardío, no haberlo leído en esos años en que ellos se la pasaron diciendo que eran similares a la generación Beat.

En realidad, entre unos y otros hay la misma distancia, en calidad literaria y altura musical, que entre Ancón y Woodstok. De todas formas, los nadaístas pensaban que el escritor de Santo Domingo era un viejo rezandero. Por supuesto que lo era, y fue un reaccionario lamentable en sus últimos años, y es hasta cierto punto comprensible que tales jóvenes revoltosos hayan desairado a Carrasquilla. Pero eso no significa que su obra no sea una de las mejores logradas del panorama narrativo colombiano del siglo XX. Para ellos, este autor, como Isaacs, tampoco merecía su acatamiento y lo arrojaron al cuarto de rebrujo de sus anatemas. 

Los nadaístas, en principio, fueron iconoclastas como pocos lo habían sido en la Colombia bobalicona, grisácea y agresiva que les correspondió. Felipe Agudelo, citado por Roca en los comentarios no muy devotos de su poesía, ha formulado una definición simpática: “El nadaísmo fue una escisión del catolicismo que más tarde regresaría a sus orígenes”. En esta perspectiva, no demoraron en tornarse idólatras. Y de esos idólatras tristes que solo adoran a las estatuas de su capilla. Prueba de ello es la manera como responden, rasgándose sus vestiduras e inflamados, cuando alguien se atreve a cuestionar a alguno de los suyos. 

Puede leer también de Pablo Montoya: ¡Orión: nunca más!

Pero sí que leyeron a Fernando González. El filósofo de Envigado les enseñó a estar a la ofensiva y a la defensiva, es decir, a la enemiga. No había otro modo de sobrevivir, en tanto que literatos de los nuevos tiempos, en una ciudad tan comercialmente roma como Medellín. Y también aprendieron de él la admiración excesiva hacia al caudillo militar. Como Fernando González, que escribió una loa al dictador Juan Vicente Gómez, Gonzalo Arango le rindió pleitesía a Rojas Pinilla y más tarde a Carlos Lleras Restrepo, “el poeta de la acción”, según su definición preclara. De hecho, y eso dicen los historiadores, esta adhesión de Arango al presidente del Frente Nacional provocó el fin del movimiento. 

En los años que duraron, como nadaístas o lo parecido a eso que fueron después, escribieron algunos poemas notables. X-504 quizás sea el que escribió los más dignos de encomio. Jaime Espinel tramó unos cuentos sugestivos y atravesados de humor y juegos con el lenguaje. Arango es llamativo, desde el punto de vista de la sociología de la literatura, por el Manifiesto, y algunas de sus crónicas son plausibles. Amílcar Osorio hizo un hermoso libro de poesía sobre arte y museo. Eduardo Escobar, tan caudillesco como Arango (y ahí están verbigracia sus columnas sobre Álvaro Uribe), es el autor de algunos ensayos propios para estar en una buena antología de este género.

En todo caso, lo más importante de los nadaístas es que sacaron la poesía de los cenáculos de la aristocracia filológica y politiquera y la llevaron a las calles, a las plazas, a los parques, y la volvieron juvenilmente irreverente cuando en Colombia ella, la poesía, parecía estar condenada a la diplomacia y a los escritorios de los abogados. Aunque valga la pena precisar que, para algunos, y ahí está Juan Gustavo Cobo Borda que sabe del asunto, toda esta agitación tuvo que ver más con la farándula y las relaciones sociales que con la literatura. 

Ahora bien, en esta suerte de balance subjetivo ¿dónde queda Jotamario? Siempre he tenido la impresión de que la labor de publicista de su tribu ha sido más eficaz que su poesía. Y con esto supongo que azuzaré, hasta el delirio, su vieja condición de camorrista. Lo que sí es cierto es que Jotamario escribió que yo me había pifiado por haber escrito lo que escribí sobre Escobar. X-504, proclamó, es “enseña del movimiento nadaísta y orgullo de la poesía colombiana”. Por lo tanto, quien se meta con él correrá el riesgo de recibir improperios y condenaciones. Y, además, como si fuera el juez obsoleto de un tribunal de justicia literaria, Jotamario pide mi retractación. Retractación que, en algo, evoca a otras que ocurrieron en épocas tan oscuras como vergonzosas.

En fin, qué desengaño: tanta bataola y motín para terminar prosternados ante blasones de poesía nacional. Señores de la nada, de esa nada que agoniza desde hace años si es que ya no ha muerto, si la poesía tiene como propósito, en cualquier parte del mundo, volverse pendón y gallardete, y festejarse con himno y pandereta, entonces habrá que revisar aquella cláusula del Manifiesto de Arango. Pues nada más ajeno a la poesía, o al menos a la más genuina, que la reverencia a las estatuas de mármol, de cobre o de papel.  

Foto: Galería Santa Fe

28 Comentarios

  1. Marta Alicia Montoya

    En el mundo literario hay múltiples miradas y así mismo muchas interpretaciones…
    Cada quien lo hace desde su propia historia y conocimiento…
    Sin caer en fanatismos y extremas posturas…

    1. Cuando se trata de literatura, ningún movimiento es inadecuado, dado que cada cual representa una época. Los movimientos literarios son una versión de la política, pero con un aroma y sabor más agradable.

  2. Bueno, bueno, no es para tanto Pablo, no todo deben ser elogios, unos buenos agravios para estimular el arte de la invectiva. Los nadaístas ya perdieron peligrosidad, aun así se les agradece haber alebrestado el obispero .

  3. José Ramón Burgos Mosquera

    Hubo en el nadaísmo una deliciosa tendencia a la fanfarria de la adjetivación recalcitrante y de pronto algunas frases creativas que llenaron los incontables espacios vacíos de creatividad intelectual de finales del siglo pasado. Pero no más. Y sin embargo era agradable recordar sus anatemas…

  4. Si algo dejó el nadaísmo fue a Darío Lemos, un poeta profundamente místico, asi como otros poemas mistícos de sus puestos ateos.

  5. Una cosa es entablar camorra con el poeta con nombre de placa de carro, pero al brujo de Otraparte, déjalo descansar en su sueño eterno, intocable e intachable. Como todos los nadaístas, tú, querido Pablo, estás comiendo del muerto. Déjanos continuar nuestro sueño eterno en la nada.

  6. Para Jaime Jaramillo, estos textos que nacieron al calor de sus charlas, con gratitud, Pablo Montoya.
    Para mi paisano Jaime Jaramillo y admirado poeta X- 504, Pablo Montoya.
    Querido Jaime, por tu poesia siempre leída y releida, estos ensayos en mi gratitud, Pablo Montoya.
    Para Jaime Jaramillo por sus concejos que aún permanecen, estos cuentos con gratitud, Pablo Montoya.
    Para Jaime Jaramillo Escobar con mi admiración siempre, este tránsito por las ruinas, Pablo Montoya.
    Que solapado y cobarde, adularlo en vida y atacarlo muerto.

  7. Cada párrafo escrito en éste artículo es como un dardo al corazón a quienes se creen intocables, ser los dueños de la verdad y tener la última palabra y, como consecuencia, ofender sin desmedro.  El arrogante, del que se ufana de ser poeta, Jotamario Arbeláez, tendrá que leerlo y releerlo para ver si alcanza a comprender que, ante el conocimiento amplio sobre literatura y poesía del escritor Pablo Montoya, el que debe retractarse de sus ofensas es él.

    Es que, definitivamente, ganarse tres premios internacionales de literatura, los más serios y menos manipulados por intereses comerciales en el ámbito latinoamericano,  en menos de dos años, debe darle piquiña a un puñado de engreídos seudointelectuales de nuestro país, como pudo haberle dado al señor Arbeláez,  que lo único que logró con su perolata fue nada. Nada de nada.

  8. Elizabeth MORALES

    Respiras por la herida Pablo. Tu ego no tiene dimensiones.
    En este moment recuerdo tu mirada en elauditorio, cuando alguienn me invito a ese foro por Colombia en Paris, finalizaba ya el siglo, y tu no esperas mi presencia. Bien hice en alejarme del mundo artistico, intelectual y literario de los colombianos. Pura feria de las vanidades!

  9. Profesor Montoya, leo con gran interés su nota con respecto a la polémica que se desató por su artículo ofensivo, a mi parecer, contra el poeta Jaime Jaramillo Escobar. En esta polémica veo varias cosas dignas de mención, siendo una de ellas la de que, contrario a lo que usted dice, no existe un clan nadaísta como usted proclama. Los únicos nadaístas o viejos integrantes del movimiento que respondieron a su artículo, fuimos Eduardo Escobar, con una pequeña nota aclaratoria, Jotamario Arbeláez con un extenso análisis de la presencia de Jaime Jaramillo en la literatura nacional, y yo, quien traté de hacerle ver el sitio histórico del nadaísmo con respecto a las vanguardias del 60 y su repercusión internacional, así como mi insatisfacción por los insultos personales que usted le hace al poeta Jaramillo Escobar. Las demás personas que respondieron, muchos de ellos agresivamente, lo hicieron por motivos emocionales, ya sea por esa especie de culto que despertó el poeta Jaramillo Escobar entre las generaciones jóvenes, o por cierto rechazo al nadaísmo, tal vez producto de un desconocimiento crítico de éste. Espero quede claro de que no hay un clan nadaísta agresivo contra usted, y si es de mi parte, un respeto porque ambos formamos parte del mundo académico que busca diálogo y entendimiento.
    Debo añadir entonces que el nadaísmo no es, como usted dice, “un escándalo basado en la poesía”, sino basado en la realidad política, social y cultural del país durante las décadas del 50 y el 60. Esto lo podrá usted comprobar si consulta como investigador crítico los muchos trabajos académicos que analizan este movimiento. No creo que el oficio de columnista de una prestigiosa publicación como ésta le impida basar sus juicios en estudios literarios que podrían no estar de acuerdo con sus asertos. Este es el caso, precisamente, de su análisis sobre el ataque nadaísta contra la novela María, el cual no fue tanto contra la novela como contra la clase social que la defendía como paradigma de la relación amorosa. Yo lo invito a que lea mi trabajo sobre esto titulado “Jorge Isaacs y el nadaísmo: frente a diente”, reproducido por NTC: http://ntcjorgeisaacsmaria.blogspot.com/2017/04/jorge-isaacs-y-el-nadaismo-frente.html
    Dice usted, siguiendo este tema, que Sartre y Camus, dos autores reverenciados por el nadaísmo, “no habrían arrojado a las llamas” a María. La verdad es que nunca se quemó esta novela, al menos en Cali, donde está el monumento a Isaacs. Pero me extraña su hipótesis porque María es una novela que está más en la línea de Chateaubriand y Lamartine, y no en la línea de Flaubert (Madame Bovary) que sería la preferida por ellos, según tengo entendido. Lo mismo podemos ver en su análisis del rechazo contra Tomás Carrasquilla. Usted bien sabe que Carrasquilla, a pesar de ciertos toques rebeldes, es un representante del costumbrismo del siglo XIX, y esta posición estética va a ser rechazada por el modernismo de Darío, Silva, Lugones, etc., y por las vanguardias que inaugura Huidobro y que en Colombia tendrán a Luis Vidales como principio. Es por este suceder polémico, propio de los movimientos literarios, que el nadaísmo rechaza a Carrasquilla. Le hubiera gustado a usted ver el placer con que los nadaístas acudieron a presenciar “En la diestra de Dios padre” de Carrasquilla, en la versión teatral de Enrique Buenaventura, esto en la Cali del 60.
    Por algunos años me unió una buena amistad con el maestro Rafael Gutiérrez Girardot, siempre admirado por la precisión y seriedad de sus análisis críticos. Él no fue un gran admirador del nadaísmo, aunque respetaba la obra de algunos en particular. Pero su mayor diferencia estaba en la posición política del nadaísmo, que nunca tuvo una definición integral sino individual. Por lo tanto, creo que hay cierta irresponsabilidad académica cuando usted analiza rápidamente la obra de algunos de los integrantes del nadaísmo. No se trata de que cada quien puede tener su opinión. Esto está bien en las charlas de café, pero no cuando es cuestión de profesores universitarios dando su veredicto sobre una obra. Como anécdota personal, recuerdo que cuando en 1972, y en México, y gracias a una antología del nadaísmo que hice para el diario El Nacional, le pasé a Álvaro Mutis algunos libros de los poetas nadaístas, y cuando me los devolvió me dijo que los encontraba excelentes, y que había un gran error en la apreciación negativa que él tenía de ellos, y eso se debía a García Márquez, quien distanciado políticamente de Arango, siempre hablaba mal del nadaísmo.
    Espero que usted reflexione sobre lo que amistosamente le digo, y no siga contribuyendo con su descuidado análisis a la pobreza crítica en Colombia.

  10. De cualquier modo que actúes

    Siempre estarás suscitando fuerzas contrarias.

    Por eso los sabios prefieren los brazos cruzados

    Y que Dios haga de las suyas. (JAIME JARAMILLO ESCOBAR)

    “La erudición no es sabiduría; el saber libresco no es conocimiento que transforma y libera. La erudición es acumulación de datos e información, pero no procura una experiencia interior de paz profunda y autoconocimiento. Todos nos podemos pasar los unos a los otros estos datos. Tú me pasas tu información y yo te paso la mía. Pero tú no me puedes pasar tu sabiduría ni yo te puedo pasar la mía, porque la sabiduría es personal e intransferible. El mundo está lleno de personas con grandes conocimientos que son irritables, o están atormentadas, o generan relaciones destructivas y conflictivas, o no pueden liberarse de sus emociones venenosas.

    La erudición y la cultura se adquieren, vienen de afuera, pero la sabiduría hay que
    desarrollada y actualizada dentro de uno mismo.

    La sabiduría aporta equilibrio y armonía. Evita el tedio, los autoengaños y justificaciones. Mejora las relaciones con los demás, y encuentra bella la bondad y la amistad. Invita a una vida sencilla, placentera y sin artificios. No le preocupan los elogios, los insultos, los celos ni la envidia. Abre el corazón y deja que fluya el néctar de la compasión. Otorga dominio sobre la mente, las palabras y los actos. Proporciona inteligencia despierta, entusiasmo, buen humor y ánimo apaciguado”.

    DEL LIBRO DE LA SERENIDAD. La taza de té. (Ramiro A. Calle)

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