‘Noche de fuego’, de Tatiana Huezo: ensamblar un cuerpo nuevo

Llegó hace unos días a Netflix la película mexicana ‘Noche de fuego’. Estrenada en Cannes este año –donde ganó una mención especial del jurado en la sección Una cierta mirada–, es un sensible acercamiento a los efectos de la violencia en el mundo simbólico de tres niñas asediadas por una guerra que no les pertenece, pero que se cierne como una amenaza sobre sus cuerpos.

Voy hacia dos imágenes que concentran el complejo mundo simbólico que pone en marcha Noche de fuego, la primera película de ficción de Tatiana Huezo, directora salvadoreña radicada en México. En una de ellas, antecedida por unos gemidos que se escuchan mientras la pantalla aún permanece en negro, una mujer adulta y una niña abren un surco en la tierra. Entonces la mayor ordena a la menor: “métete, Ana”

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El sentido de esa acción y ese mandato lo llegaremos a entender después. En Noche de fuego, que se estrenó en la sección oficial Una cierta mirada del Festival de Cannes, informaciones y sensaciones, muchas de ellas fuera del campo de lo visible para el público, se nos entregan poco a poco hasta que intuimos lo que no se puede casi ni nombrar. Una zozobra que domina el mundo que vemos y se manifiesta en múltiples gestos que atraviesan los cuerpos y las cosas. 

La segunda imagen o escena es de un grupo de estudiantes que, en un colegio, reconstruye el cuerpo humano a partir de piezas de distinto origen, no necesariamente orgánico (pueden ser piedras, un broche de cabello, granos de maíz o un alacrán encerrado dentro de una botella). Es como el punto de llegada de una lección de anatomía que vemos en varios momentos de la película, impartida por profesores siempre bajo amenaza. La violencia es algo que pasa en los cuerpos, que nos hace cuerpos, contraídos a su condición más animal: el miedo.

En ese lugar entre unas impresionantes montañas mexicanas donde sucede Noche de fuego, todas y todos han crecido con la visión o el rumor del cuerpo desmembrado por una guerra salvaje. Un cuerpo –aquí vulgarizo complejas teorías que van desde la medicina china hasta la neurología de Oliver Sacks– aspira a la unidad, y cuando esta unidad se siente amenazada o se percibe rota, empieza una búsqueda por restituirla. A la visión del cuerpo violentado con la que esta comunidad ha crecido, las niñas y los niños, a instancias del maestro, ensamblan un cuerpo nuevo, imaginario, quizá no susceptible como el real a ser ultrajado.

La película de Tatiana Huezo elige encaminar su mirada y poner el acento en tres niñas. Representar la infancia bajo fuego –guerra, precariedad, desatención– es un tópico del cine social latinoamericano que ha producido desde piezas mayores del cine como Los olvidados de Luis Buñuel o Crónica de un niño solo de Leonardo Favio, hasta una profusión de relatos miserabilistas o alegóricos. Noche de fuego está en un lugar muy lejano de la simple denuncia sobre unos hechos más o menos reconocibles. Tampoco pretende que desviemos la mirada o la elevemos hasta encontrar algo así como una infancia esencial o incontaminada, y elevarla a fábula o fantasía.

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La película transpira crudeza, crueldad a veces, e invita a una inmersión: nos abre el camino de nuestros propios miedos, nos envuelve en una atmósfera inquietante; pero en las pausas que se permite –que les permite a sus personajes– nos dice también que la vida, aun asediada por la guerra, es una puerta a asombros y misterios, que aunque la violencia empequeñece se puede ser más que ella. La resistencia de las más vulnerables alcanza su núcleo cuando estas intentan, y eventualmente logran, ser más que esa violencia y ese miedo al que se las quiere arrojar.

Noche de fuego presenta unos hechos y desarrolla una narración con sus respectivas suspensos y transformaciones: las niñas crecen y el miedo crece también, dentro de ellas y alrededor. Los narcos, el ejército y quién sabe cuántos actores violentos más, apenas entrevistos, se disputan el control del territorio y, claro, de los cuerpos. Todos los cuerpos, en especial los de las mujeres –y los de las niñas–, son considerados territorio disponible para librar una guerra que quizá tiene su nudo ciego o su origen en la violencia sexual

Noche de Fuego, película de Tatiana Huezo 2
La película de Tatiana Huezo elige encaminar su mirada y poner el acento en tres niñas. Foto: Película

Tatiana Huezo, quien ha dirigido un par de documentales extraordinarios –El lugar más pequeño y Tempestad–, desarrolla más la atmósfera que el relato, y construye al lado de la directora de fotografía un equilibrio siempre a punta de romperse entre la impresionante belleza del paisaje y la fuerza devastadora de las acciones humanas.

Frente al despojo y la violencia inminentes, los personajes, y en especial las niñas, crean un mundo atento a todo lo que las rodea. No están ciegas, no son tontas, pero intuyen que otro mundo es posible, incluso si la huida es todo lo que les queda. Alguien describió a la película como un cuento de hadas naturalista. Y sí, uno donde incluso en una vulnerabilidad extrema, la de estas niñas, hay espacios de ellas que, a pesar de la herida, nunca les pertenecerán a los señores del miedo. 

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