Oligarcas rusos, ¿el talón de Aquiles del plan de Vladimir Putin en Ucrania?

Las sanciones económicas de Estados Unidos y aliados como Reino Unido y la Unión Europea constituyen una de las medidas clave para enfrentar la invasión de Rusia en Ucrania. La lógica de este mecanismo dicta que el gobierno ruso no podrá costear la campaña en territorio ucraniano si es aislado del sistema financiero global y si las cuentas rusas en el exterior son congeladas.

Estas medidas afectan a las empresas estatales rusas, pero también a los oligarcas rusos, aquellos que tras la disolución de la Unión Soviética lograron hacerse con las empresas estatales, ahora privatizadas y en manos de unos cientos multimillonarios. Las sanciones ponen en serio peligro las fortunas que han mantenido durante décadas, por lo que algunos (hasta ahora sin demasiado brío, cabe aclarar) se han manifestado en contra de la guerra de Vladimir Putin en Ucrania.

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Como lo señaló la secretaria del Tesoro estadounidense, Janet L. Yellen, las sanciones buscan “debilitar la capacidad de Rusia para proyectar poder y amenazar la estabilidad de Europa” evitando el acceso de la llamada “cleptocracia” rusa a la economía internacional. Ahora, muchos de los oligarcas no pueden realizar negocios en el exterior, ni tener bienes en bancos y cuentas en Occidente.

La estrategia de presión cobra mayor importancia si se tiene en cuenta que las propiedades de Putin no están registradas bajo su nombre en el exterior, por lo que es probable que estén distribuidas entre amigos de confianza y familiares. Se cree que su gran testaferro es el oligarca Alisher Usmanov, el tercer hombre más rico de Rusia según Forbes. Usmanov, cuya fortuna de 15.300 millones de dólares la debe a la industria metalúrgica y cuyos negocios en Inglaterra han llegado incluso a clubes de la Premier League como el Arsenal y el Everton, es uno de los últimos sancionados por la Casa Blanca.

Alisher Usmanov junto con Vladimir Putin. Foto: AFP
Alisher Usmanov junto con Vladimir Putin. Foto: AFP

Contando a Usmanov, quien también recibió reprimendas en suelo europeo, son cuatro los magnates rusos cuya barrera supera la barrera de los 1.000 millones que han sido sancionados por la Unión Europea. Los otros tres son Gennady Timchenko, magnate del crudo y con una fortuna de 21.100 millones de dólares, Mikhail Fridman, dueño del banco privado más grande de Rusia, Alfa Bank, y con una fortuna de 13.300 millones de dólares, y Alexander Ponomarenko, presidente del aeropuerto más grande de Rusia y dueño de una fortuna de 2.900 millones de dólares.

De todos ellos, solo Timchenko había enfrentado medidas de Occidente antes, cuando Reino Unido y Estados Unidos sancionaron a personas del círculo de Putin.

Oligarcas, “poco satisfechos” con la invasión de Ucrania

Mientras unos toleran con valor estoico las medidas, algunos oligarcas han dejado entrever que la guerra puesta en marcha por Putin no les agrada del todo. Oleg Deripaska, presidente de la compañía Rusal, dedicada al aluminio, fue uno de los primeros en expresarse contra el conflicto, al señalar en sus redes sociales que “la paz es muy importante” y que “las negociaciones deben comenzar lo antes posible“.

Oleg Deripaska. Foto: Getty Images / AFP
Oleg Deripaska. Foto: Getty Images / AFP

Fridman, por su parte, comentó que “esta crisis costará vidas y daño a dos naciones que han sido hermanas por cientos de años“, señalando que “mientras una solución parece preocupantemente lejana, solo me puedo unir a aquellos que tienen el deseo de que esta matanza termine“.

En la misma línea que Fridman está el ruso más rico del mundo, según Forbes, Alexei Mordashov (29.100 millones de dólares, dueño de la metalúrgica Severstal). Mordashov también rechazó, con la moderación reinante entre los magnates rusos, el conflicto en Ucrania, y en conversación con el medio RBK, declaró que “es terrible que ucranianos y rusos mueran, que la gente sufra dificultades y el colapso de la economía“, pidiendo “hacer todo lo necesario para encontrar una salida al conflicto en un futuro próximo“.

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Los hijos de los oligarcas rusos

Tras la disolución de la Unión Soviética y haber adquirido riquezas ahora privadas, muchos oligarcas rusos y sus familias tomaron rumbo hacia Europa y Estados Unidos. Sus hijos han crecido en Occidente.

Es paradigmático el caso de Reino Unido. Su capital, Londres, es conocida como ‘Londongrado‘, por el gran número de millonarios rusos que han llegado a territorio británico desde los años 2000. La razón está en la implementación de una visa dorada (golden visa, en inglés) otorgada a los extranjeros que invirtieran al menos 2.000 millones de libras en el país. Así llegaron personajes como Roman Abramovich, empresario y dueño desde 2003 del Chelsea, el club de fútbol londinense que ahora está a la venta. Las restricciones de la Unión Europea y Reino Unido de la visa dorada para oligarcas rusos promete desmontar sus negocios en el exterior.

Roman Abramovich. Foto: AFP
Roman Abramovich. Foto: AFP

En Reino Unido, la organización Transparencia Internacional calcula que, desde 2016, magnates rusos acusados de corrupción vinculados con el gobierno de Moscú han comprado propiedad en Reino Unido por un valor de unos 1.500 millones de libras. Vecindarios exclusivos como St. Georges Hill y Highgate están llenos de propiedades rusas, y magnates como Abramovich y Deripaska tienen o han tenido propiedades allí. Witanhurst, la segunda casa más grande de Reino Unido después del Palacio de Buckingham, es propiedad de la familia de Andrey Guryev, dueño del gigante de los fertilizantes PhosAgro.

La llegada de estos millonarios rusos a ciudades como Londres, Barcelona y Nueva York ha tenido efecto en sus familias. Los hijos de personalidades cercanas a Putin se han formado en prestigiosas escuelas y universidades de Occidente, y muchos llevan abiertamente la contraria al gobierno ruso.

La hija de Dmitri Peskov, vocero principal de Putin, publicó en Instagram el texto “No a la guerra“. Y la hija de Roman Abramovich publicó en sus redes sociales que “la más grande y exitosa mentira de la propaganda del Kremlin es que la mayoría de los rusos apoyan a Putin“. Ambas publicaciones fueron borrados horas más tarde, pero el mensaje ya se había hecho llegar.

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A ellas se suman la nieta del expresidente Boris Yeltsin, quien participó en Londres en una protesta en contra de la guerra, y Evgeny Lébedev, hijo del exmiembro de la KGB Aleksandr Lébedev, quien en el diario británico Evening Standard, (que es de su propiedad junto con The Independent y London Live) pide el fin de la guerra y denuncia el “terror” llevado por Putin a Ucrania.

Oligarcas contra Putin: ¿hay pulso?

Como ha señalado la Casa Blanca, el impacto de las sanciones no se sentirá de inmediato. Mientras tanto, los oligarcas están haciendo lo posible para defender y evitar que se congelen sus propiedades, como yates y mansiones, en el exterior.

No está claro aún por qué los oligarcas que se han mostrado en contra de la guerra buscan desmarcarse de las acciones del gobierno de Rusia. Como plantea Greg Miller en The Washington Post, “para algunos, hay señales de duda frente a una guerra que no se está desarrollando como Putin esperaba. Otros ven posturas egoístas, si no cínicas, en búsqueda de alguna esperanza para evitar las sanciones“. Miller precisa que “los defensores de las sanciones describen esta distinción como irrelevante, ya que el mensaje añade presión a Putin en vez de motivarlo aún más“.

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En cualquier caso, está por verse cómo las pérdidas que sufran los oligarcas rusos afectan su relación con Putin. Según Daniel Fried, diplomático estadounidense que estuvo detrás de la redacción de las sanciones contra Rusia tras la invasión de Crimea en 2014, Putin es lo suficientemente poderoso como para controlar a los multimillonarios de su país. En conversación con el medio estadounidense NPR, Fried señaló que Putin “puede encarcelarlos, o matarlos, y la idea de que los oligarcas pueden influir sobre Putin no tiene sentido“. Sin embargo, hay que tener en cuenta que estos magnates no han sufrido una sanción como esta nunca antes, y su dependencia de la economía, cultura y sociedad occidental no se debería subestimar por completo.

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