La deforestación de la selva: un suicidio masivo

Más peligroso que la bomba atómica, es seguir tumbando árboles por doquier y deforestando lo que queda de selva húmeda tropical en el planeta.

El fuego, el hacha y la motosierra han sido las armas predilectas de los exterminadores; las malas costumbres de los consumidores, el acicate para el exterminio; la codicia empresarial y la corrupción, el campo de cultivo; pero es la ignorancia el elemento esencial para que se haya engendrado la tormenta perfecta. 

En nuestra selva amazónica, la deforestación, desde los tiempos del mítico Arturo Cova, siempre ha sido escalofriante, aunque se agudizó aún más con la llegada de Bolsonaro al poder. Hoy en día, de 7 millones de km2 que tenía en selva la cuenca, hace 100 años; ahora no pasan de pinches 5,5 millones. Se ha perdido una extensión igual a una Colombia y media, con consecuencias desastrosas para la salud del planeta. 

Según informa Greenpeace, de los 1,72 millones de kilómetros cuadrados de la selva del Congo, una tercera parte ha sido ya concesionada para la extracción de madera, y grandes extensiones están siendo taladas para cultivar aceite de palma y caucho. 

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Y nuestra cercana selva del Chocó Biogeográfico está maltrecha en Panamá y Colombia, aniquilada en el Ecuador y muy reducida en el Perú. Otro tanto acontece con la selva tropical en el sudeste de Asia.

De los colosales servicios ecosistémicos de la selva, el menos importante es el de la madera. Esta no sólo absorbe gas carbónico y entrega a la atmosfera oxígeno, como nos lo enseñaron en la escuela; sino que produce vientos beneficiosos; protege las playas de las olas; atenúa las inundaciones; morigera el clima; brinda diversidad biológica y de ñapa mejora los suelos al producir capa vegetal.¹

Pero no son únicamente esos los beneficios. El científico brasilero Antonio Donato Nobre, en su estudio El Futuro Climático de la Amazonía, publicado en 2014, contó cinco misterios que él y su equipo extrajeron de lo profundo de la manigua, los cuales debieran ser conocidos por todos los habitantes de este desgastado globo terráqueo. 

El primer secreto revelado es que, mediante la evotranspiración, los árboles forman ríos aéreos. Donato Nobre y su equipo comprobaron que, en un día, la selva amazónica transpira 3.6 litros por m2. Como la selva del Amazonas se ha reducido a los 5.5 pinches millones de km2 que reseñé antes, entonces transpira 20 billones de litros diarios, que son mucho más que los 17 billones de litros diarios (197.000 m3 por segundo) que arroja el río Amazonas al Atlántico.²

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Ahora bien, ¿Cuánta energía del sol es transformada biológicamente por los árboles para elevar a la atmosfera 20 billones de litros de agua por día? Sus cálculos determinan que se requiere la energía producida por la hidroeléctrica de Itaipú, la más grande del mundo, a su máxima potencia, durante 145 años.³

El segundo misterio revelado es que, para que se produzca la lluvia, los ríos aéreos formados por la selva, requieren de una superficie sólida que permita su condensación. Estos elementos también los provee la selva y son “los aromas del Bosque” o “compuestos orgánicos volátiles bio-génicos (BVOCs)”. Estos compuestos, en una atmosfera húmeda y por acción del sol, se oxidan y se precipitan provocando lluvias torrenciales. “¡El polvo de las hadas! Como los denomina poéticamente el científico”.⁴

El tercer misterio desentrañado es que, por efecto de la condensación de nubes convertidas en lluvias, se disminuye la presión atmosférica sobre la selva. Por tal razón ésta chupa el aire húmedo del océano hacia el continente: una bomba biótica. O sea que, si la selva continúa siendo reducida o talada, se revertirá el proceso y el océano terminará chupando la humedad y convertirá la selva en desierto. 

El cuarto misterio es que la selva amazónica no solo mantiene el aire húmedo para sí misma, sino que exporta, por acción de los vientos, ríos aéreos de vapor de aire, hecho que permite llevar las lluvias a partes lejanas. Es decir, la cuenca amazónica irriga humedad no solo al Macizo Colombiano donde nacen nuestros grandes ríos, sino a otras cuencas suramericanas. Esto explicaría por qué la parte meridional de Suramérica no es desértica, como si ocurre en la misma latitud en los demás continentes. 

Por último, Donato explica que el dosel de la selva amazónica atenúa y dosifica los vientos, mientras la bomba biótica los acelera. Ese dosel se convierte en un “escudo contra los huracanes”.⁵ La condensación uniforme impide la potenciación de los huracanes que nacen en el desierto del Sahara, por lo que en pocas ocasiones llegan a Suramérica, y por lo regular se dirigen al Caribe y Norteamérica. 

No hay duda, entonces, de que el árbol y la selva, “son la gran maravilla de la naturaleza, la más portentosa fábrica de vida y el eslabón vital del ciclo del agua.”⁶ 

Pero en Colombia, para adaptar las tierras principalmente a la ganadería y la extracción minera, continuamos acabando nuestras selvas, páramos, ciénagas, lagos y lagunas. Seguimos, pues, empeñados en desaparecer los ríos aéreos.

Para revertir el suicidio colectivo engendrado por la ignorancia y materializado en la deforestación, es imperativa la acción del Estado.  Pero el caso es que, en nuestro país, los presidentes, tanto el actual como los anteriores, ni conocen el tema ambiental, ni les importa. 

Igual acontece con algunos de los precandidatos presidenciales que empiezan a aparecer para la próxima contienda: han sido amigos de toda la vida, del fuego, del hacha y de la motosierra. Pero ha vuelto a salir al ruedo un ave rara, un candidato que ha colocado los temas ambientales en el centro de su discurso político y le lleva al pelotón varios cuerpos de ventaja.

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Referencias

¹ El Árbol, Maravilla de La Naturaleza y Eslabón Vital del Ciclo del Agua.  Carlos Eduardo Calderón Llantén, PhD, Gustavo Eduardo Moreno Angulo, Mg; Pedro Luis Barco Díaz. 2016.

² El Futuro Climático de la Amazonía. Antonio Donato Nobre. 2014.

³ Ibid. Pág. 13.

⁴ Ibid. Pág. 14.

⁵ Ibid. Pág. 19.

⁶ El Árbol Maravilla de la Naturaleza. Pág. 18.

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