Vergüenza

¿Cómo reconciliarnos con un proyecto nacional que “está montado sobre la sangre y la miseria de los desposeídos” ?

Recientemente circuló en redes sociales un meme que decía “Cómo nos ve el mundo hoy: 1. Policía violadores de DDHH; 2. Mercenarios que asesinaron al presidente de Haití; 3. País por más muertes por millón de habitantes por Covid; 4. País que no votó la paz; 5. País con mayor número de líderes sociales asesinados; 6. Mayor exportador de coca”, -agregaría- 7. País que votó por un títere banal como Duque, y la lista podría continuar.

Es claro el mensaje: deberíamos avergonzarnos del país que habitamos, qué vergüenza ser como somos ante el mundo. Y sin duda estamos atravesados, como país, por violencias que deberían hacernos estremecer a través de un radical cuestionamiento de ciertos imaginarios, prácticas y formas de subjetividad que han configurado la vida nacional. Sin embargo, no creo que este cuestionamiento pueda emerger de lo que podríamos llamar, siguiendo reflexiones de Franz Fanon, “vergüenza colonial”.

Puede leer de Laura Quintana: De diálogos fallidos

Los poderes coloniales, sus prácticas racistas y patriarcales, se caracterizaron por hacer sentir a los cuerpos identificados como negros, indígenas y mujeres racializadas, como existencias inferiores, sin valor, incapaces de agencia, desarrollo racional y autodeterminación y, por ende, como seres despreciables, que tendrían que avergonzarse de existir.

Necesitamos salir de estos nudos ciegos del narcisismo y sus identificaciones coloniales. Porque lo arruinado en este país “fracasado”, como lo llaman algunos, evidentemente sigue produciéndose por estas identificaciones

El sujeto que incorpora estas identificaciones no puede sino sentirse disminuido, constantemente juzgado y avergonzado, respecto de un ideal con el que desea corresponder, aunque nunca pueda hacerlo del todo. Y eventualmente proyecta en otros el desprecio, como lo han hecho, desde mucho tiempo atrás, las élites criollas en su deseo de ajustarse a los ideales de desarrollo y modernización del norte global, mientras miran por encima del hombro a quienes asumen como socialmente inferiores.

Un narcisismo herido se reproduce en tales proyecciones coloniales. Pensemos en la vergüenza que se genera cuando el nombre de Colombia se identifica en medios de comunicación internacionales con una república bananera, violenta y traqueta, o cuando volamos en un avión al exterior y no falta el borracho criollo que grita, y se birla todas las reglas del vuelo.

Puede leer de Laura Quintana: Gobernar para la guerra

Nos pesa la mirada de un otro que nos mira a distancia, desde una posición que sentimos superior, y nos sentimos empequeñecidos. Por eso a este tipo de vergüenza le sigue pronto la indignación: “no hay que caricaturizar así al país”, “no somos sólo eso”, “cuánta ignorancia internacional”. Y nos quedamos así encerrados en los círculos viciosos del narcisismo: nos cuesta vernos como una identidad abyecta y la rechazamos para intentar vernos de un modo más aceptable, y lograr así preservar un ego frágil, que sólo busca la afirmación de sí.

Necesitamos salir de estos nudos ciegos del narcisismo y sus identificaciones coloniales. Porque lo arruinado en este país “fracasado”, como lo llaman algunos, evidentemente sigue produciéndose por estas identificaciones, que se han instalado en los cuerpos y en sus deseos, y han llevado a considerar que ciertas vidas valen más que otras.

Hay que moverse de los lugares del sentido común establecidos, explorar en los complejos bordes de lo que llamamos colombianidad, asumir a fondo que lo que nos ha vertebrado como nación es sobre todo la violencia.

Quizá se precise de otro tipo de vergüenza, no aquella que refuerza privilegios y valoraciones jerárquicas de un juicio vertical que deja en la inmovilidad a un yo que sólo busca ser aceptado, sino aquella que nos disloca, y mueve a ser de otro modo, en lugar de buscar las reconciliaciones fáciles (¿cómo reconciliarnos con un proyecto nacional que “está montado sobre la sangre y la miseria de los desposeídos” ?, como se ha dicho durante paro nacional).

Hay que moverse de los lugares del sentido común establecidos, explorar en los complejos bordes de lo que llamamos colombianidad, asumir a fondo que lo que nos ha vertebrado como nación es sobre todo la violencia.

Puede leer de Laura Quintana: la violencia del hombre bueno

Sólo así quizá la vergüenza, frente a quienes han padecido más duramente las violencias institucionales, nos exponga a su dolor, y pueda convertirse en formas de solidaridad políticamente más productivas, más allá del deseo narcisista de plenitud de sí y dominio, que también ha sido tan propias del hombre blanco, colonial.

Ojalá los líderes de los partidos alternativos sintieran esta vergüenza que tantos daños padecidos arrojan sobre la experiencia compartida, y la tradujeran en compromisos democráticos de fondo y formas de responsabilidad colectiva. Por lo pronto, continúan enredados en el narcisismo del hombre blanco, mientras tantos cuerpos siguen condenados a una vida indigna.

0 Comentarios