Matar, secuestrar, exterminar… gajes del trabajo

“Nunca más deberíamos admitir que una idea valga más que la vida humana” fue una de las frases que Ingrid Betancur hizo en el acto público organizado por la Comisión de la Verdad hace un par de semanas en Bogotá, y tratar de ubicar al antiguo secretariado de las Farc, en lo que debería ser su reconocimiento como responsables de su secuestro y del de cientos -de miles- de colombianos.

Al final del encuentro, Betancur dijo, de manera clara y directa que “…sentí que ellos mentalmente todavía seguían siendo señores de la guerra. Yo esperaba que me dijeran: ‘qué horror lo que hicimos’… yo estaba esperando que ellos aceptaran quitarse la máscara”. No lo hicieron y no pidieron perdón, al extremo que alguien del público les reclamó por ello, lo que provocó que como respuesta dijeran que no era importante.

Todo esto hace preguntarse por el tipo de perdón que se les está exigiendo a los comandantes y miembros de esa guerrilla. Al comenzar el proceso de paz, un comandante, alias Kunta Kinte, de las Farc afirmaba que “no estamos para pedir perdón a nadie, uno tiene que pedir perdón cuando ha hecho algo mal… hemos hecho algo bueno”.

En este sentido, en el mismo encuentro en el que participó Ingrid el 23 de junio, un excomandante de las Farc argumentó que ingresó a la guerrilla por “esas desigualdades sociales que han generado el alzamiento insurgente” y luego afirmó “nos sentimos orgullosos por ofrecer la vida por la causa de los humildes”.

Esta argumentación, junto con otras que soportan la validez del conflicto, según ellos, de las razones para legitimar la guerra; de ser ciertas, de ser válidas, son los mismos argumentos para validar la guerra actual. Hoy, Colombia es más desigual que el país que existía en el momento del nacimiento de las Farc. Entonces, si esto es cierto, si esta razón es válida, el proceso de paz ha fracasado pues hay que seguir matando para defender a los pobres.

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Y en esto tiene razón Ingrid cuando les pidió, por lo menos, reconocer el valor de la vida humana, porque ese es el tema que hay en el fondo en el proceso de paz: Humanidad, lo que nos remite a una dimensión del conflicto que poco se menciona, como es el de la dimensión moral. Legalmente, los guerrilleros cobijados por este acuerdo van a ser exonerados, pero en la dimensión moral, no, allí no hay perdón que valga.

Sugiero consultar un documental El contador de Auschwitz,  que muestra esta diferencia entre lo moral y lo legal. El personaje, Oskar Gröning, fungió como contador en este campo de concentración y fue llevado a juicio hasta hace pocos años. Allí, una de sus víctimas, Eva Mozes, lo confronta y le dice que lo perdona, pero que les diga a los jóvenes alemanes de hoy que los nazis estaban equivocados, “Dígale eso a la juventud, señor Gröning”.

La respuesta de Gröning, dirigiéndose al jurado, fue: “soy moralmente culpable. Pido perdón. Si soy penalmente culpable, ustedes deben decidir”. Sobra decir que murió en su cama, impune, afirmando que hizo lo correcto, cumplió con sus obligaciones laborales llevando la contabilidad de las pertenencias de los judíos gaseados.

Justificar lo injustificable

Al comenzar el proceso de paz, otro guerrillero de las extintas Farc afirmaba que: “si uno lanza una bomba contra el Ejército en combate y, desgraciadamente, se coge mala puntería y en ese momento pasa un campesino, es un error que se puede tener en el trabajo. Otra cuestión son las cosas malas sin fundamento”. Pareciera que todo termina en la obediencia debida, como también se sustentan los 6.407 asesinatos de los falsos positivos. No es un problema laboral. Se trata de ir en contra de los principios básicos del ser humano, como es el derecho a la vida. Es ir en contra de la moral.

El asunto fundamental no es solo el de pedir perdón por las atrocidades de los secuestros, sino que la guerra misma fue una equivocación. Que no se puede matar por ideología, que por encima de las consideraciones humanas, no hay ideología que valga. La exigencia de perdón a los antiguos farianos, hoy Comunes, debe ser por el desatino de emprender una guerra bajo el argumento de razones “objetivas”, las cuales, según ellos, siguen vigentes. No negamos las desigualdades, las profundas inequidades que atraviesan de cabo a rabo a este país. Rechazamos que, para superar esta situación, debamos matar y rematar al que piensa distinto.

Cuán difícil es reconocer la verdad y pedir perdón. No lo hizo Japón con sus atrocidades en la II guerra Mundial que, para evadir sus responsabilidades, construyó la versión de la historia de país agredido para no asumir su parte en sus acciones atroces cometidas en China y Corea, sin mencionar el resto de las barbaridades en el Pacífico.

De manera abierta y sin ningún rubor, Rusia no asume el genocidio cometido en Ucrania en 1933, y mucho menos su responsabilidad de haber iniciado, con los nazis, esta hecatombe de 1939. Tampoco reconocen que fueron los autores de la masacre de los bosques de Katyn, donde masacraron a 22,000 polacos en 1940.

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La dirigencia rusa de hoy argumenta que el hambre, el gulag y el terror fueron excesos de errores administrativos. Otra vez, un asunto de problemas laborales. Difícil encontrar un negacionismo más protuberante que la Ley de Memoria rusa de 2014. Pero, vaya paradoja, historiar sobre las acciones cometidas por los polacos contra los judíos durante la II guerra Mundial está penalizada por las leyes polacas.

Hace poco, solamente ahora, Francia reconoce, con mucha timidez, su responsabilidad genocida contra los judíos, además de la vergonzosa política colonial y de exterminio en Argelia. Solamente hasta 2021 los alemanes reconocieron las atrocidades cometidas en Namibia en la I Guerra Mundial.

En 1970, en un frío día de diciembre, Willy Brand, en una visita al gueto de Varsovia, pidió perdón por lo que hizo su país 30 años antes. Fue un gesto espontáneo y la imagen de él, arrodillado y cabeza gacha, se volvió un símbolo del reconocimiento alemán de los crímenes de guerra que cometió este país. Luego, al concluir este acto dijo: “Hice lo que se hace, cuando las palabras no alcanzan”. Fue suficiente.

Cien años pasaron para que la masacre de Tulsa, Oklahoma, fuera reconocida en la Ley de Memoria de ese Estado. La masacre sucedida entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1921 contra la próspera comunidad negra de Greenwood, Tulsa, sencillamente no sucedió, se borró de los archivos y desapareció toda mención a este hecho. Hasta hoy se ha comenzado a estudiar esta ominosa acción de los vecinos blancos contra los pobladores negros de esta ciudad.

Reescribir la historia

Uno de los problemas que tiene el acto al cual estamos haciendo referencia en la Comisión de la Verdad en el que compareció Ingrid y sus secuestradores el pasado 21 de junio, es que no se trata de un acto terapéutico, aunque no deja de ser profundamente emotivo. Se trata de una escritura de la historia de nuestra Colombia contemporánea.

Más allá de la ausencia de sentimientos de culpa y de la ausencia de vergüenza pública que mostraron los dirigentes del Partido del Común, es que se está escribiendo la historia de nuestro país. Y corremos el riesgo de que nos quedemos en la teatralidad, la emotividad, de la puesta en escena de los abrazos y de las lágrimas, así sean fingidas, como si a esto se redujera toda la verdad que nos van a conceder.

No. Pedimos que reconozcan que matar por una ideología, recurrir a este crimen de lesa humanidad como es el secuestro, en fin, toda la guerra, fue una equivocación, un error. Como le pedía Eva Mozes a su carcelero: “dígales a los jóvenes de hoy que se equivocaron”. Esa es la verdad que se requiere, no la de mostrar compungidos y reducir las atrocidades a errores laborales, porque la historia que se está escribiendo con estas versiones, de víctimas y victimarios, en esta Comisión es el conocimiento de la historia que narramos sobre nosotros mismos, de cómo somos como pueblo, porqué llegamos a este momento recorriendo estos caminos, los conflictos que nos unen y nos separan, y cuál es el horizonte que queremos construir juntos.

No se trata solamente de la escritura de la historia. En el fondo es el conjunto de referentes morales que tenemos para concebir el mundo.

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