Quo Vadis, maestro Osuna

El pequeño Tobias de 5 años miraba aterrado cómo el zapato de su padre, un gigante de un metro con ochenta y siete centímetros de estatura, aplastaba la pista de carros que le había traído el niño dios, los mocasines Ferragamo del adulto destrozaban dramáticamente el juguete que en menos de dos minutos quedó “hecho trizas”. 

La reacción del padre de Tobías se amparaba en la “buena intención” de castigar al niño por haber roto, accidentalmente, la tablet del progenitor.  –“Para que veas lo que se siente”- gritaba el adulto al pequeño que miraba aterrado, intimidado y estupefacto la acción “educativa” del ser que lo había traído a la tierra, y de quien el niño esperaba amparo y protección. 

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Cuando la madre de Tobías interviene para detener la masacre del juguete, el dueño de la tablet rota le argumenta a su esposa que esto lo hace para que Tobías aprenda lo que significa que a uno le dañen sus cosas.  La madre impactada por la desproporción de las acciones, y en busca de proteger al infante, le reclama a su marido diciéndole que Tobías es el hijo y que él es el padre, pero el argumento cae en un vacío perverso que se alberga en la mente del papá de Tobías, según él, el niño le había dañado su juguete y por lo tanto, él tenía todo el derecho de dañar la pista que le había regalado el niño dios a su hijo. 

Tobías es ahora un adulto de 45 años a quien le parece que lo que su padre hizo es correcto y él, de la misma manera, educa a la pequeña Rosita a quien ya le ha quebrado un par de muñecas para que aprenda a no meterse con lo ajeno.  Si se diera el caso, y las aventuras de Tobías se editaran como libro, propongo que la portada de ese hipotético volumen sea la caricatura del maestro Osuna de la edición del 27 de mayo de El Espectador.

Aplaudo ruidosamente que el mejor diario de Colombia acoja en su batería editorial tantas gamas como sea posible, y hablando del maestro Osuna, él tiene todos los créditos, y le sobran, para merecer su lugar en el diario que nos dejara Guillermo Cano y que guarda el legado del verdadero periodismo, pero me causa gran impacto ver que uno de los padres de la caricatura política en Colombia también haya caído en el sofisma inventado por los corruptos y violentos que nos han traído hasta aquí, y que sostienen que es lo mismo un policía que un guerrillero.

Esta desproporción pareció por algún tiempo propia de las generaciones a las que les ahorraron estudiar educación cívica, pero los hechos están revelando otra cosa.  Hace algún tiempo, conversando con abogados penalistas de una prestigiosa universidad se preguntó, según ellos, qué era más grave, si un robo cometido por un agente de la policía que usando su uniforme y su arma de dotación irrumpe en una joyería y se lleva 50 millones de pesos en diamantes, o el mismo delito cometido por el “chómpiras”, y ¡oh sorpresa! Todos coincidieron en decir que era igual de grave. ¡Grave!

En la caricatura referida un monigote que va rotulado con M 19 y otro monigote que en sus manos tiene la confesión de haber asesinado a Álvaro Gómez Hurtado le gritan al tal Molano que sacrifica niños y estudiantes, y que sigue de ministro de Defensa; que llevará por siempre en la conciencia el rastro de sangre que ha dejado en Colombia. Lo que el lector de la caricatura debería concluir es que estos exguerrilleros, ahora reinsertados y en la actividad política, no tienen derecho alguno a señalar los crímenes del Estado por carecer de autoridad moral. 

El discurso sofista de los criminales que han gobernado a Colombia los pasados 20 años y de sus cómplices en el Congreso, en el que unifican los referentes con los que se deben mirar las acciones del ejército y la policía, con los de los guerrilleros, es un adefesio jurídico. Tan perverso y monstruoso como los argumentos del papá de Tobías. 

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Una sociedad que no reconoce la majestad de la autoridad y que la iguala a las pulsiones de los criminales produce el estado de descomposición que tenemos. En Colombia los discursos de tipos como Uribe, o ese tal Londoño el que se iba a robar plata de Ecopetrol, o el de la tal Cabal y su marido han logrado confundir mentes lúcidas como la del maestro Osuna, heredero emblemático del buen periodismo de América Latina.  

Es cierto que los guerrilleros de las Farc cometieron acciones execrables, es cierto que muchas de ellas deben ser condenadas ejemplarmente, también lo es que el dolor que las Farc le causaron a Colombia va a tomar muchos años consolar y reparar, es aborrecible la figura del tal Santrich ostentando indolencia frente a las víctimas, pero es que los guerrilleros originaron sus acciones al amparo de la clandestinidad y el delito, a los guerrilleros no les fue dada por el pueblo soberano la autoridad para representarlo en la aplicación de la ley y el uso de la fuerza, los guerrilleros son marginados de la sociedad y de la ley, ¿es tan difícil de entender?

Y, por otra parte, ¿qué quiso decir el maestro Osuna? Que, dado que los representantes de los grupos que se reinsertaron en procesos de paz avalados por el Estado y el Gobierno de turno cometieron delitos, ¿no tienen derecho a reclamarle al Gobierno que no mate inocentes?, ¿esto implica que los procesos de paz son pastillaje? Y que ahora que son miembros de la sociedad civil gracias a un proceso legítimo deben callar ante los crímenes del narcoestado?  Y bueno, si por ventura de la discusión aceptamos negarles el derecho a reclamar en este sentido, entonces qué debemos colegir, ¿que lo que hizo este ministro de asesinar niños y llamarlos máquinas de guerra, está bien porque ya los guerrilleros habían hecho otro tanto?

Mi papá fue colega del maestro Osuna y crecí admirando su nombre al lado de Rendón y de Chapete y de Ernesto Franco, el autor del adorable Copetín; por eso me angustia imaginar que a una mente tan privilegiada y lúcida, que tiene la potencia para construir opinión desde su pluma, la haya llegado a contaminar la ignorancia de los seguidores del “patrón”.

Lo dijo Álvaro Gómez Hurtado, la redención de Colombia solamente es posible si hacemos un acuerdo sobre lo fundamental. Lo primero fundamental es la vida, esta no es negociable ni estratificable como lo ha logrado consignar aquel que habla de muertos buenos y muertos malos, y también dentro de lo fundamental, se pronuncia la majestad de la autoridad. La autoridad, para serlo, debe tender a lo elevado, a lo sagrado, a lo litúrgico, pero una majestad que se compara a sí misma con los criminales, y que se comporta como ellos, es la base fundamental para el cultivo de eso que llaman narcoestado. 

7 Comentarios

  1. ¡Totalmente acertado!
    Pensar que la autoridad puede acudir a cualquier método en su accionar y que no se le puede criticar o juzgar o más aún, que las autoridades judiciales incluídas las internacionales, deben dirigir su mirada a los criminales y no a los guardianes de la justicia, el órden y la ley, es un absoluto exabrupto.

  2. Para eso se firmó la Constitución de 1991…y el Proceso de Paz…0ara protege lo fundamental…el problema radica…en que para los eternos gobernantes de “ULTRADERECHA..gente de bien..i salvadores de la sociedad”…no ven lo fundamental más allá de sus cuentas bancarias y el incremento desmedido de su riqueza…por encima del bien social.
    Excelente columna