La barbarie civilizada

“No hay documento de civilización que no lo sea a la vez de barbarie”. Walter Benjamin, 1940

¿Por qué los niños? Son precisamente ellos el material reformable por excelencia, conducto sin fricción para que la civilización y la cultura los penetre y los eduque; les dé una forma nueva que extinga para siempre su barbarie y salvajismo.

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La guerra por the hearts and minds comenzaría con la juventud. Así lo pensaban los franciscanos españoles cuando, en la primera mitad del siglo XVI, llegaron a tierras del Anahuac a convertir almas, salvándolas así de un sufrimiento eterno. Toribio de Benavente Motolinía sabía el papel fundamental que podría jugar la reeducación de la juventud nativa en la conquista de América. Los jóvenes servirían tanto para enseñarles a los conquistadores religiosos las maneras y costumbres de estas poblaciones (saber es poder), como para notificarles de la idolatría que aún practicaban a escondidas muchos de los nativos mayores.

En esto consistiría la misión civilizadora o coacción pedagógica, términos de seda con los que los estados colonizadores europeos arropaban su voracidad insaciable por recursos, tierras y mano de obra, supuestamente ilimitada.

En Canadá, hasta ahora, se han hallado 1.148 tumbas de niños nativos, muchos de ellos enterrados, sin nombre; muertos durante su estadía en internados financiados por el estado canadiense y manejados en su mayoría por la iglesia católica desde 1863 hasta 1998. Niños de los que se abusaba, a los que se les prohibía hablar en sus propios idiomas o expresar sus propias culturas; es decir, se les prohibía ser.

Tumbas exhumadas de niños nativos en Canadá Foto: Geoff Robins / AFP
En Canadá, hasta ahora, se han hallado 1.148 tumbas de niños nativos, muchos de ellos enterrados sin nombre. Foto: Geoff Robins / AFP

Las autoridades canadienses se arrogaron el derecho de determinar que las culturas nativas merecían desaparecer, y a la fuerza las integraron al ápice de la humanidad: la cultura occidental. Estas culturas nativas fueron consideradas bárbaras, salvajes. Bastaba con ver las prácticas de sacrificio humano y canibalismo, la ausencia del concepto de propiedad privada y la sevicia de sus dioses sedientos de sangre humana.

Desde 1492 hasta el siglo XIX, los europeos y sus descendientes construyeron en su imaginario a un bárbaro que les permitía verse a sí mismos reflejados en él como su negación, como no siendo aquello que tenían al frente. Incluso llegaron a afirmar que la espiritualidad era más reconocible en la transparente piel blanca, lo cual les otorgaba una superioridad objetiva, según diría Hegel, uno de los arquitectos de la identidad europea moderna, a comienzos del siglo XIX; entre más oscura la piel, menos espiritual el ser.

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El bárbaro del nuevo mundo, del continente africano y de los confines del Asia, jugaban el papel de máquina purificadora: cuanto más subrayaba el europeo la barbarie de lo nativo, más ocultaba la barbarie propia que se esconde en el manto y las raíces de una civilización que adora a un dios bueno, omnipotente y omnisciente, que decide sacrificar cruel y lentamente a su único hijo.

La barbarie expuesta en Canadá muestra un racismo que se dobla sobre sí mismo: por un lado, toma a la población aborigen como inferior, inculta, irracional. Ellos son parte de lo natural, es decir, no tienen cultura, no son racionales. Como lo diría magistralmente el presidente del Partido Conservador recientemente en el marco del paro nacional y la llegada de la Minga a Cali: “salen de su hábitat natural a perturbar la vida ciudadana.” No son ciudadanos porque no pertenecen a una civitas. La cultura blanca les ofrecerá la educación y formación necesarias para integrarse al ‘universalismo’ europeo de la Ilustración y sus ideales.

Los niños murieron durante su estadía en internados financiados por el estado canadiense y manejados en su mayoría por la iglesia católica desde 1863 hasta 1998. Foto: Cole Burston / AFP

Por el otro lado, si este ejercicio civilizatorio o pedagógico no funciona y no se logra ‘aniquilar al indio en el niño,’ no queda más remedio que aniquilar al indio mismo, como lo expuso nítidamente el secretario del Interior de Estados Unidos Alexander H. H. Stuart en 1851: “Las únicas alternativas que quedan son o civilizarlos o exterminarlos.” Esta es una disyuntiva bárbara: exterminio por conversión o exterminio por aniquilación. Una civilización se erige necesariamente con actitudes bárbaras ante su otro.

Toda gran civilización ha sido esclavizadora, subyugadora, fuente de infinito sufrimiento humano. Aquello que hace a Occidente diferente es que lo ha sido de la mano de un discurso de igualdad y libertad universales. El que los nativos sean inferiores no es afirmación de Cristo sino de los cristianos. Por esta brecha entre sus prédicas y sus prácticas se han colado millones de víctimas en los últimos quinientos años.

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El gesto de universalización de conceptos como igualdad y libertad tiene como fin único la exclusión de ciertos segmentos de la población global al aseverar que no pertenecen a dicho universal por ser bárbaros, salvajes, siervos naturales. La barbarie occidental se ejerce a la sombra del árbol de la civilización. No es inconsistencia en la aplicación de ideales; es estrategia de destrucción y exterminio camuflada bajo esos mismos ideales.

¿Por qué los niños? Detrás de la misión civilizadora y pedagógica de Europa hacia las poblaciones aborígenes se encuentra una profunda indiferencia ante ellas y la certeza de que el estadio final del aborigen es su necesaria desaparición. Que terminen asimilados a Occidente o muertos en tumbas sin nombre da igual: civilizados o exterminados. En cualquier caso, se les niega su ser, el cual incluye el ritual de una muerte digna. Solo queda el silencio civilizado de miles de niños sin voz, sin nombre.

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