Un mundo gris

El periodista polaco Ryszard Kapuscinski, quien recorrió y entendió como pocos al mundo y sus culturas, decía que la experiencia más trascendental de la existencia era el encuentro con el otro, y que ante este encuentro había tres posibilidades: aislarse del otro, dialogar con el otro, o negar al otro. Cada posibilidad genera unos imaginarios, unos comportamientos, unas narrativas, tanto a nivel interpersonal como a nivel de grupos, comunidades o sociedades.

En el mundo, la visión de un modelo de desarrollo dominante basado en el crecimiento ilimitado, el hiperconsumo, el individualismo y la autoexplotación disfrazada muchas veces de “emprendimiento”, tiene como consecuencia la expulsión de lo distinto, de lo que no encaja, tal y como lo explica con agudeza el filósofo Byung Chul-Han en sus análisis de la sociedad contemporánea.

En Colombia la situación se hace más compleja. Las narrativas dominantes han sido construidas en gran parte por dos grupos de poder: terratenientes semifeudales y tecnócratas neoliberales. A ello hay que agregar al narcotráfico que ha permeado las estructuras de poder, la política y la sociedad. Cada grupo tiene sus propios intereses, pero los círculos más retardatarios comparten un rasgo común: la negación del otro, de lo diferente, de lo alterno.

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Han construido una sociedad excluyente, una de las más inequitativas del planeta, donde ellos concentran el poder y la riqueza, tienen todos los privilegios y ven a los demás como subalternos y no como iguales en derechos.  De las entrañas de estos círculos de poder han nacido alianzas, algunas de ellas perversas, que han permitido o propiciado fenómenos como el paramilitarismo, la desaparición forzada, la corrupción, el despojo de tierras y el desplazamiento masivo, la criminalización de la protesta, y en consecuencia el asesinato de líderes sociales y ambientales.

Muchos de ellos hoy se ven a sí mismos como “gente de bien”, en contraposición con lo diferente a ellos:  pobres, negros, indígenas, campesinos; jóvenes excluidos, población LGTBI. Estos “otros” son tolerados siempre y cuando no incomoden, siempre y cuando obedezcan.  Cuando el subalterno y el excluido, que han sido condenados a la precariedad o la indigencia se rebelan, se buscan los mecanismos para negarlos, invisibilizarlos, estigmatizarlos.  Son señalados entonces como “vándalos”.

Para la “gente de bien”, el eufemismo es un intento de ocultar la verdad. Para ellos no ha habido conflicto en el país sino amenaza terrorista.  No hay masacres sino “homicidios colectivos”. No hay desplazados por la violencia sino migrantes. En nombre de la moralidad se niegan los derechos de la población LGTBI, a la que denominan como “no heterosexual”.  No hay una reforma tributaria leonina sino una “Ley de solidaridad sostenible”. ¿Será cinismo? ¿O será que se creen sus mentiras?  No ven el estallido social, sino un estallido de emprendimiento. No aceptan las críticas, aunque vengan de reconocidos organismos internacionales. Ante las recomendaciones ponderadas del CIDH, el presidente Duque se apresura a decir que “nadie puede recomendarle a un país ser tolerante con actos de criminalidad”.

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La movilización y la protesta social ha venido acompañada como nunca de las expresiones artísticas de carácter popular. El arte se ha tomado las calles, o bien podríamos decir que las calles hablan a través de la música, el performance colectivo, la frase poética vuelta consigna, los murales. El reconocido artista y muralista Óscar González, “Guache”, dice: “…los muros son un síntoma de que hay una juventud que está viva y que está hablando, y que necesitan espacios para ser escuchados. Una ciudad blanca, una ciudad sin grafitis, sin murales, es una ciudad silenciada”.

El espacio público adquiere nuevos significados, al punto de que algunos han sido renombrados como el ahora reconocido Puerto Resistencia, o la Loma de la Dignidad.

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Ante esta explosión de creatividad, de gran poder simbólico y comunicativo, la “gente de bien” ha optado por borrar cualquier evidencia. No sólo quieren borrar los murales. Quieren negarles la voz a los jóvenes, quieren borrar la memoria, y no falta quien piense que es necesario borrar a las personas. Con sus acciones han logrado el efecto contrario, han amplificado el mensaje que viaja a través de imágenes en las redes. Los jóvenes vuelven y pintan las paredes, componen más canciones, resisten en las calles. Desesperados, hombres vestidos de blanco disparan a los jóvenes con la complicidad de las autoridades.  No tienen cantos porque carecen de imaginación. Quieren un mundo gris, sin vida, sin color.

La diversidad bien manejada genera riqueza, pero la diversidad mal manejada genera conflicto. Y en el conflicto hemos vivido por generaciones. La constitución del 91 y el tratado de paz son dos hitos trascendentales en la construcción de una hoja de ruta para superar esta situación. Su implementación se ha encontrado con la férrea oposición y abierta hostilidad de sectores hoy en el poder, para quienes la perpetuación de la narrativa de guerra les es funcional para generar miedo e implementar políticas más represivas y autoritarias, en un intento de  preservar el statu quo y tratar de evitar la caída de un modelo que evidentemente ha fracasado. Están dispuestos a hacer trizas todo.

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En un país tan necesitado de diálogo y de verdad, en lugar de intentar negarlo todo, de borrarlo, de callarlo, de seguir excluyendo al otro, el camino es abrir espacios, escuchar, tener empatía con la gente. Reconocer a los jóvenes, su liderazgo colectivo, sus formas de expresión estética, sus propuestas, sus “juntanzas” y nuevas formas más orgánicas y horizontales de ser comunidad solidaria, su derecho a ser ciudadanía activa. 

Lo más probable es que continúen haciéndose los sordos, los ciegos, los miopes. Invocarán la autoridad, seguirán criminalizando la protesta, continuarán sin entender el clamor de una sociedad que pide justicia social, democracia y el derecho a una vida digna y en paz.

 Otros quizá simplemente no querrán ver la realidad por incómoda, o no querrán sentir dolor y buscarán paliativos o sedantes. Continuarán indiferentes.

 Mientras tanto, las paredes seguirán hablando.

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4 Comentarios

  1. Muy bien Iván, sigamos aportando desde todos nuestros espacios a la explosión social cultural que venimos viendo y viviendo desde que la pandemia apareció en todos los ámbitos sociales y territoriales que la gobernabilidad local quiso aprovechar para atropellarnos indiscriminadamente. Los chinos tienen toda la palabra y el derecho, los que somos ya grandecitos debemos estar agradecidos por su empuje y los logros alcanzados en las calles y en las redes, sus conquistas han aplazado Reformas de toda pelambre, ¡esto es histórico y seguimos con ellos!

  2. Con tristeza y desastrosas consecuencias, la exclusión es exactamente lo que se vive desde hace siglos en éste país. Pero ahora, la “gente de bien”, compuesta por bandidos de toda laya, tiene el beneplácito del estamento gubernamental (gente de bien) para cometer todo tipo de atrocidades y continuar impunes, contribuyendo agravar aún más, el dolor del pueblo.
    Hasta cuándo seguiremos aguantando?