¡Orión: nunca más!

El 16 de octubre del 2002 cayó sobre la comuna 13, de Medellín, la estampida de una operación militar llamada Orión, nombre del mítico guerrero. La operación se presentó como una acción necesaria efectuada por los ejércitos estatales. Su objetivo era pacificar un sector popular de la ciudad que estaba en manos de las milicias populares. No era difícil concluir que este era un proyecto delincuencial sazonado con ideas marxistas, leninistas y trosquistas. Una red de bandas, varias de ellas integradas por sediciosos vinculados al narcotráfico, que había lanzado a Medellín a un atolladero social que debía resolverse con urgencia. La operación resultó victoriosa y fue aclamada por casi todos los estamentos de la ciudad, desde los militares y policivos, hasta los políticos y empresariales. Los medios de comunicación la aprobaron al unísono y sectores de la intelectualidad, el arte, la cultura y la educación manifestaron su apoyo.

Desde un comienzo, se habló por supuesto de la ejemplar brutalidad del operativo en el cual participaron más de mil quinientos hombres armados de la policía metropolitana y la cuarta brigada del ejército nacional. Sin embargo, una agresividad de tales proporciones, acometida sobre una población indefensa y apabullada por criminales de izquierda, era ampliamente justificable. 

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Luego nos dimos cuenta de que –parafraseando a Marcelo en la tragedia de Hamlet– algo podrido se respiraba en la atmósfera de la comuna 13, de Medellín y de Colombia. Esa podredumbre fue la que dejó tras de sí una política de seguridad democrática que tuvo en la Operación Orión un inicio implacable.

Supimos que Orión, esa suerte de apoteosis de varias operaciones militares lanzadas durante años sobre la comuna 13, se realizó en colaboración con paramilitares del Bloque Cacique Nutibara, y que esa confabulación sucia fue la garantía de su éxito. Supimos, además, que el blanco de los ataques no solo fueron los milicianos y sus estructuras delincuenciales, sino y sobre todo la sociedad civil.

Nos enteramos de pormenores aciagos: de los civiles heridos y asesinados, de los desplazamientos masivos, de las detenciones arbitrarias y de los desaparecidos. Quienes provocaron esos ataques, también lo dedujimos, desbarataron, a partir del terror, un tejido social de resistencia civil que llevaba años fraguándose, a través de las juntas de acción comunal y diferentes asociaciones culturales, en esos barrios desdeñados siempre por el Estado. También constatamos que la violencia armada disminuyó, pero que había aumentado, y a niveles demenciales, la desaparición forzada.

Por último, comprendimos, con el corazón apretujado y la mente espantada, que Medellín –urbe que ha querido mostrarse a sí misma y a los demás como paradigmática en sus conquistas financieras y en sus modelos cívicos–, se había llenado de miles de desaparecidos. Entonces, poco a poco, fuimos comprobando que el precio de esa pacificación había sido excesivo y que no estaba bien, desde el punto de vista de la ética y la moral que sustenta la defensa de la vida y los derechos humanos, justificar semejantes barbaries.

“Supimos, además, que el blanco de los ataques no solo fueron los milicianos y sus estructuras delincuenciales, sino y sobre todo la sociedad civil. Nos enteramos de pormenores aciagos: de los civiles heridos y asesinados, de los desplazamientos masivos, de las detenciones arbitrarias y de los desaparecidos”.

19 años después, Orión volvió a desbordarse y nos embistió durante las jornadas del paro nacional de abril y mayo. Esta vez sembró su orden turbio a partir de la violencia en diferentes lugares del país. De la Comuna 13, en Medellín, el guerrero se trasladó a Cali, a Bogotá, a Pereira. Y en otros lugares más la emprendió de nuevo, bajo el argumento de que un nuevo enemigo planeaba entre nosotros, contra los humillados, los ofendidos y los miserables del país.

Hoy, 19 años después, cuando los efectos de la operación continúan vivos –y cuando La escombrera, acaso la fosa común más grande de Colombia y América Latina, aun sigue sin ser intervenida adecuadamente para que se busquen los cuerpos de los desaparecidos que hay en ella– hemos vuelto a recordar los horrores de Orión. Una vez más pusimos las fotografías de quienes murieron y siguen habitando el limbo.

Rememoramos sus nombres y sus destinos desgarrados. Fuimos al metro y a las escaleras eléctricas –esa bofetada turística que le han obsequiado a la comuna 13– para expresar con firmeza un nunca más. Para decir que Medellín, con sus políticos decentes y sus empresarios limpios y su sociedad civil tan emprendedora, debe ser consciente de la profunda herida que tiene en su seno. Que es hora de que empecemos, no solo a reconocer nuestra complicidad con la ignominia, sino que señalemos y sancionemos a los responsables. Solo así podremos pedir perdón y hacer actos de reconciliación para pasar la página oscura de nuestros infortunios. Pero Medellín –urbe pujante como pocas, aunque causante como pocas de algunos de nuestros peores flagelos– ¿será capaz de permitir que en La escombrera o en el cementerio Universal, ahíto también de desaparecidos, se levante el gran memorial de la desaparición forzada que Colombia reclama?  

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7 Comentarios

  1. Desde ahí empezó el calvario de los falsos positivos, murió mucha Gente inocente y lo que más duele los gringos hp.(s) alcahueteando con la mal llamada ” seguridad democrática ” .
    Debemos con urgencia cambiar este estado de cosas y sobre todo la política fascista del CD

  2. Marta Alicia Montoya Campuzano

    Ojalá esté episodio de terror no se repita en nuestro país, que dejó una cicatriz difícil de borrar.
    La sombra de Orión, es una obra que detalla de manera estremecedora la realidad de los desaparecidos en la macabra operación militar.
    No más Orión.

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