El Ñeñe, Marquitos, Pachito, la Caya y Manguito

Escribiendo el título de la columna, debo revelar, me sentí haciendo inventario de los personajes de un cuento infantil. No tengo claro estos moquetes qué categoría ocupan, si la de alias o la de apodo. El término alias tiene tendencias acusatorias, mientras que el apodo pertenece a otro régimen, el del cariño o burla, pero para evadir en este escrito los juicios a priori, me voy a proteger con la traducción exacta de la forma inglesa de señalar los sobrenombres AKA (Also known as, también conocido como), que, a diferencia de la castellana, es obvia. Refiere a que al personaje también se le conoce con otro nombre, no necesariamente ofensivo.

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Apodos como el Ñeñe me impulsan a pensar de inmediato en historias parientes del Chavo o el Chapulín:

“Y el Ñeñe, con su pesada barriga, se las arregló para llegar al árbol en el que vivía desde siempre Manguito, un gnomo condenado a las alturas porque les temía, y por eso la bruja Caya lo sentenció a elevarse del suelo, a donde le gustaba serpentear, para jugar con sus amigas las babosas y buscar agujeros con el ejército de gusanos que siempre lo acompañaba. El Ñeñe despertó a Manguito abanicándole con el sombrero que lo hacía visible a leguas y que, más que reforzar su imagen de gnomo, le daba un aspecto ridículo y de retraso mental que lo hacía poco atractivo para los Leprechaun que consideraban a Manguito una vergüenza para la estirpe.

—Oye, Manguito,— dijo el Ñeñe con esa voz carrasposa inconfundible —Marquitos ha desaparecido—. Marquitos le decían a un zorro que atemorizaba a todos los niños del bosque de la democracia, un extenso y árido territorio que alguna vez fue un paraíso, pero que desde que el Rey Pachito heredó el trono, había caído en estado de shock, sobre todo por los impactos de alto voltaje que el rey aplicaba a todo aquel que osara dudar de la inteligencia de sus mandatos.

—Tenemos que encontrar a Marquitos— urgió el Ñeñe a su amigo Manguito, que no prestaba la atención adecuada por estar tratando de acomodar su sombrero que lo hacía ver a veces ridículo, a veces retrasado mental. Pero él sentía que lo hacia ver singular, lo cual era cierto, lo hacía ver singularmente ridículo o singularmente tarado”.

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Fértil se vuelve la imaginación del narrador de cuentos infantiles con la inspiración causada por estos nombres.  Resulta extraño, por decir lo menos, que hasta la más respetable prensa nacional se haya solidarizado con el uso ligero de estos denominativos en personas que están cósmicamente alejadas de la inocencia de El Chavo del Ocho o la bondad de El Chapulín Colorado.

En nuestro caso, estos diminutivos o moquetes cariñosos refieren a corruptos algunos, asesinos otros, abusivos aquellos, narcotraficantes un par y no falta un tiranillo de pacotilla que otrora propusiera la “silla eléctrica exprés” para los jóvenes que protestan en la calle, y que ahora sale de nuevo lengua en ristre a ofender la poca inteligencia que le queda a este pueblo colombiano.

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Resulta que en esta ocasión Francisco Santos —¿alias Pachito?, o mejor AKA Pachito, dado el gusto por el inglés como lengua nacional que propone su hijo Gabriel en el Congreso— es señalado de haber llamado a la ministra TIC de apellido Abudinen para recomendar a una de las empresas licitantes en el proyecto que tiene embolatados 70.000 millones de pesos.

El nombre de Francisco Santos (¿alias Pachito?) aparece en la lista de los intrigantes que llamaron a la ministra en conexión con la licitación que una vez más señala a este gobierno de corrupción.  AKA Pachito, conocedor de la imbecilidad de sus electores, se adelanta a aclarar que él llamó a la ministra en “calidad de embajador” a interceder por una empresa gringa que, según él, era muy calificada para el objeto de la licitación. Santos, AKA Pachito, se escuda fervorosamente en un argumento que no aplica, pero que quizá, por cuenta de que lo dice un Pachito y no un Francisco Santos, suena inofensivo y tierno, “para que los niños tuvieran el mejor internet del mundo”, dice el mismo personaje que propuso electrocutar a los jóvenes que protestan en la calle.

Dice también este personajete de fábula AKA Pachito que los embajadores hacen eso; es decir, que llaman a ministros en medio de una licitación a recomendarles las empresas que por cuenta de la supuesta imbecilidad del ministro no van a ser reconocidas como las mejores para el contrato.

Y es que parece que en ese mundo de fantasía en donde a uno le dicen Marquitos y es señalado de avezado narco, o le dicen Ñeñe y es señalado de compra de votos, o le dicen Caya y tiene llamadas clandestinas con los Ñeñes, o le dicen Manguito y es un pelele, se vale llamarse Pachito y ofender la inteligencia de la prensa, que bien se deja, esgrimiendo como argumento legítimo el derecho de los embajadores a influir en las licitaciones del Estado.

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Eso contradice en esencia el espíritu de una licitación, cuyo objetivo nuclear es escoger técnicamente la mejor oferta a partir de una evaluación numérica de su propuesta. No se sabía hasta el momento que la llamada de un AKA Pachito, en calidad de embajador, tuviera alguna pertinencia en un proceso que, en su naturaleza, excluye la participación influyente para dejar todo a la calificación aritmética.

Enclenque nuestra prensa que ignora la sonoridad infantil de estos apelativos y los va asentando en el imaginario popular, sin desarmar el velo de inocencia que surte este lenguaje en la masa consumidora de información.

Francisco Santos Calderón, exvicepresidente de Colombia, en una de las más macabras etapas de la vida de este país, también conocido como Pachito Santos, sí llamó a la ministra a buscar influir en un contrato que se fue para otra parte, dice él que, en su calidad de embajador (y es precisamente eso lo más grave), pretendió afectar el rumbo de una licitación a favor de la empresa de su preferencia.

No sabremos nunca qué habría pasado si la ministra en cuestión hubiera oído las recomendaciones de AKA Pachito y le hubiera adjudicado el contrato a la consentida de AKA Pachito. Podemos fantasear con que de pronto estaría algún otro alto dignatario, probablemente también del Centro Democrático, explicando que su llamada a interceder por Centros Poblados obedecía a su afán por que lo niños de las zonas rurales de Colombia tuvieran “muy pronto el mejor internet el mundo”.

Se equivoca la prensa cuando permite la familiaridad lingüística con hechos criminales o personas nefastas a partir de eufemismos o de apodos. Prueba de ello es el mórbido concepto de los “falsos positivos”.

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3 Comentarios

  1. Genialidad de columna cargada de fino humor. Gran acierto de este portal periodistico independiente tener como colaboradores periodistas de gran calidad, mucho humor y excelente criterio.

  2. Coincido en la pregunta que hace y con su extrañeza. Siempre me había extrañado también, que la prensa cayera en el juego y también recurriera a presentar con apodos que connotan inocencia y ternura a personajes de todo punto de vista deleznables, criminales o cuando menos vividores, imbéciles vendidos desvergonzadamente. Señala el filósofo argentino Enrique Lacolla que “El tratamiento de la noticia en esos órganos tuerce el sentido de la información sin preocuparse ni poco ni mucho de la exactitud que deben tener sus dichos.”, afirmación que aplica en la manera despistada o subordinada con la que los medios compran apelativos y sus consiguientes correlatos en la manera de nombrar los exabruptos, las barbaries y los guantes de seda con los que tratan a esos figurines y figuretis del establecimiento e instauran otra visión menos grave o más banal de esas realidades.

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