Pacifistas

Hay un personaje que llama la atención en la obra de Tácito. Cuando el escritor romano se refiere a los años del reinado de Galba, en Historias, menciona de paso a Musonio Rufo. Un filósofo estoico que se introdujo en las legiones romanas a hablar sobre las virtudes de la paz y los infortunios de la guerra. Tácito dice que Rufo fue silbado, estrujado y casi que linchado por la soldadesca. 

Convengamos en que el cristianismo se encargó de difundir un mensaje de paz. En medio de la ley del talión y las conquistas desaforadas del imperio romano, Jesús aconseja, cuando te golpean una mejilla, poner la otra y amar al enemigo. Aunque sabiendo que los Evangelios apuntan a la concordia, estos se institucionalizaron y las enseñanzas pacíficas del vagabundo de Galilea no demoraron en ser defendidas por militares bendecidos.

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El budismo, mucho antes, se dio cuenta de que negando las soberbias del yo y explicando lo ilusorio del mundo, el ser humano podía protegerse de la intemperancia que lo rodea. Pero ciertas tendencias budistas también terminaron apoyándose en guerreros para defender sus ideas.   

Erasmo de Rotterdam escribió una Lamentación por la paz en un siglo XVI ahíto de batallas sangrientas. Cristianos de un bando y otro se mataron ejemplarmente por principios teológicos que hoy nos parecen risibles y, claro está, por el dominio de las tierras europeas. Pero si Erasmo se indignaba por los sacerdotes de su tiempo, que actuaron como antorchas del conflicto, no vaciló en recomendar la que consideró como única guerra válida para los cristianos: contra los musulmanes. 

Como Erasmo, los pacifistas del Renacimiento, intoxicados de religión, son ambiguos y no es recomendable confiar en ellos. Habrá que esperar hasta el siglo XIX para que, en el panorama de las guerras provocadas por Napoleón y sus contrincantes, surjan los verdaderos pacifistas. Es decir, aquellos que no vacilaron en ir hasta el límite de sus exigencias. 

Erasmo de Rotterdam
. Pero si Erasmo se indignaba por los sacerdotes de su tiempo, que actuaron como antorchas del conflicto, no vaciló en recomendar la que consideró como única guerra válida para los cristianos: contra los musulmanes. 

Uno de los más llamativos es Tolstoi. Desde su retiro en Yásnaia Poliana, el conde ruso lanzó un no rotundo a la guerra. Lo de justificar contiendas justas, o humanizar los mataderos de jóvenes decretados por los políticos que son las guerras, le pareció a Tolstoi tan calamitoso como el real campo de batalla.

Por tal razón, entre otras, es manipulación de su figura y su obra lo que hicieron Lenin y sus seguidores con un Tolstoi que fue un anarquista cristiano y un pacifista ajeno a las revoluciones del proletariado. Tolstoi no podía ser más tajante en su consejo: eliminar el militarismo y su relación con los nacionalismos estatales y las religiones hegemónicas. Todos ellos, decía, son los grandes insufladores de la guerra.

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De Tolstoi, que le debe tanto a Thoreau, aquel ejemplar disidente de toda política de guerra y sus impuestos, vendrán los pacifistas emblemáticos del siglo XX. Gandhi, Hesse, Zweig, Martin Luther King, hicieron todo lo posible por instalar en sus entornos comportamientos de paz y no estimularon, a través de sus escritos, los arrestos de los guerreros. Su posición fue la resistencia, la desobediencia civil, la práctica activa de la no violencia.  

Ahora una tercera guerra mundial se vislumbra con el conflicto entre rusos y ucranianos y los países miembros de la Otan. De nuevo se han inflamado las mentes y los cuerpos de los militares. Y no solo de ellos, sino de los editoriales de los periódicos y sus columnistas, de los intelectuales y los políticos y de todo aquel que, atribuyéndose la palabra incendiaria, se manifiestan en las redes sociales.

Es la actitud esperada en tiempos de discordia. En vez de calmar los ánimos y abstenerse de participar en la cadena imparable de las animadversiones, se lanzan a defender a un bando o al otro. Y, paralelos a la explosión de la opinión pública, surgen los análisis de los geopolíticos para que sepamos que la Otan debe reaccionar con fuerza, Ucrania también y Rusia lo mismo

León Tolstoi
Uno de los más llamativos es Tolstoi. Desde su retiro en Yásnaia Poliana, el conde ruso lanzó un no rotundo a la guerra.

Los pacifistas, muy al contrario, se oponen radicalmente a las maniobras de los insensatos. No aprobarían a Putin y su autoritarismo demente; ni a Zelenski que hace un llamado tan delirante como irresponsable a los ciudadanos ucranianos para que den su vida por la patria; ni tampoco apoyarían a la Otan, que pregonan la defensa de un sistema político y económico, como es el neoliberalismo, agresivo e insostenible. Los pacifistas rechazan todo este alud de disparates hostiles porque lo indispensable para ellos es la defensa de la vida. 

Ya lo decía Céline, ese pacifista excesivo. Ante la locura de la Primera Guerra Mundial y su aparato publicitario basado en la defensa de la patria, la nación, la raza, la libertad y el género humano, el protagonista de El viaje al fin de la noche dice: “Yo rechazo la guerra y todo lo que hay dentro de ella. No la deploro, no me resigno a ella, no lloriqueo por ella, la rechazo completamente, con todos los hombres que contiene, no quiero tener nada con ella ni con ellos. Así fueran 980 millones contra mí solamente, serían ellos los equivocados y yo quien tendría la razón. Porque soy el único en saber lo que quiero. No quiero morir”. 

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Pero si los pacifistas, en el pasado, no fueron muy visibles porque la historia oficial poco se ocupaba de ellos, ahora somos muchos. Somos pueblos enteros, sociedades enteras que solo deseamos la paz. Nuestro deber, en este sentido, es expresar el rechazo a las armas. Decir que estamos cansados de los atropellos militares. Afirmar un categórico y universal: ¡No a la guerra! 

Quizá suene ingenuo, pero es nuestra única opción. Mientras tanto guardemos la esperanza de que todo esto que llamamos humanidad y cultura no quede reducido a un relieve habitado por las cucarachas, las ratas y un puñado de homínidos que, como lo muestran las primeras imágenes de la película de Kubrick, se peleen por un pedazo de escombros, un charco de agua y un hueso que, una vez más, se vuelve arma en sus manos.   

Foto: Elvert Barnes

8 Comentarios

  1. Celine no es el mejor ejemplo al abordar el tema de pacifista. De hecho, en Francia está prohibido: se sabe muy bien que él fué simpatizante y coloboracionista del régimen de Vichy, aliado de los alemanes. Fue un autor antisemita que escribió tres panfletos en contra de los judíos.

  2. Carlos Luis Torres

    Si señor, estoy de acuerdo, debemos gritar ‘ponerle un alto a la guerra’. Pero lo primero que pienso es que definitivamente hay una gran enfermedad en la raza humana que es la ‘insensatez’. Recuerdo esa imagen de un grupo de hombres adustos que juegan a no dejar caer una botella que lanzan al aire, y todos buscan agarrarla, pero, esta vez, la botella está llena de U8. Qué fragil todo, dependemos, como siempre, de unos insensatos. Lo que me pregunto es si en medio de una dificultad escalada, como esta, ¿qué impacto tienen unas voces que se lanzan a gritar un no a la guerra? Claro, lo sé, con impacto o no, hay que hacerlo, pero lo que también debemos hacer, es escribir a diario, un registro cotidiano de este mundo que nos rodea y de la pequeñéz del día, no solo nos libra, sino que el registro se convierte en la conciencia de un presente y un futuro. Escribir es el registro del imaginario, de lo objetual, de lo sueños y en últimas esta de la realidad.

  3. Es premeditado poner al colaboracionista Celine de ejemplo de pacifista? No puedo tomar en serio este artículo.
    NO A LA GUERRA

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