‘Parece que Dios hubiera muerto’, de Diana Ospina

La primera novela de la escritora colombiana ya va por su segunda edición y es, según el autor de este artículo, “una de las mejores novedades editoriales del año”.

En alguna página de Cuatro años a bordo de mí mismo, la novela de Eduardo Zalamea Borda, el protagonista, un joven bogotano que huye de su ciudad y se dirige a La Guajira, describe la noche que lo rodea de la siguiente manera: “El silencio es tan grande que parece que Dios hubiera muerto”. Años después, ojeada por casualidad, esa frase impacta a la narradora de Parece que Dios hubiera muerto (Seix Barral, 2021), la primera novela de la escritora Diana Ospina Obando. Frente al ataúd de su madre, la narradora adolescente la repite una y otra vez; se ha convertido, para ella, en un mantra, en una forma de resumir su situación: un día, poco después de salir a vacaciones de colegio, su madre se ha suicidado y ha dejado todo envuelto en un profundo silencio. 

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La ópera prima de Ospina, que acaba de llegar a una merecidísima segunda edición, es contada por una versión adulta de la narradora, que decide regresar al momento que quebró su vida en dos. En un tono sosegado, casi oral, relata el recorrido que emprendió de adolescente para recuperar las palabras que le arrebató el silencio de esa muerte. Al tiempo que reconstruye esas fechas, con sus rituales y emociones, con las miradas de los adultos y los trámites legales, la narradora se lanza en una búsqueda para entender la decisión de su madre. Escruta el pasado familiar, entrevista allegados, analiza la relación de sus padres, las causas de su divorcio, la manera en que, un día, la confianza abandonó a su madre hasta transformarla en un amasijo de nervios. “¿Había dormido ese ser asustadizo en su interior todo este tiempo -se pregunta- y ahora exigía recuperar su lugar?”.

Parece que Dios hubiera muerto no es una novela sentimentalista. No busca el final feliz, tampoco la superación personal. Ospina no pretende que su protagonista pueda alcanzar una sanación absoluta. “Las heridas que tengo abiertas en ese momento nunca sanarán por completo -dice la narradora-. Se aprende a vivir con ellas, es todo”. La escritora parece más interesada en indagar sobre el proceso del duelo, en traducir en palabras las sensaciones que despierta la muerte de un ser cercano. La búsqueda de la narradora es transparente, incompleta. Ella, de hecho, en algunos momentos duda de sus propios recuerdos, de la fiabilidad de su memoria. En esos instantes se hace visible, casi tangible, la honestidad de sus pesquisas; pero, también, sus limitaciones. Afirma: “Intenté, con muchos de sus amigos más cercanos, reconstruir su historia, y terminé encontrándome con la mía”

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Ospina demuestra una habilidad excepcional para comprimir en imágenes o recuerdos precisos la fuerza de su relato, como cuando la protagonista evoca el frío que debe sentir el cuerpo desnudo de su madre dentro del ataúd, o el momento en que se da cuenta que debe empezar a referirse a ella conjugando los verbos en pasado. La escritora, con poesía, sustrae de lo aparentemente pequeño las mejores frases del libro: “Vi mis manos, pensé en mi propia muerte, en ese momento en el que, inanimadas, carentes de energía, iniciarán su descomposición”

Parece que Dios hubiera muerte es, en últimas, una novela sobre transformaciones. Las que acarrea la muerte, pero también las que ocurren en vida. A pesar de su corta extensión, de apenas 124 páginas, la escritora refuerza la trama central indagando por otros cambios, como los que trae con sí el terreno incierto de la adolescencia, o los que afectan a los adultos que nos rodean durante la infancia. Y es en esa fluidez, en esa libertad que se enfrenta a lo estático, en la manera como Ospina le da vida a ese oleaje al que todos estamos sujetos, que su novela se eleva como una de las mejores novedades editoriales de este año

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