El mítico paro de 1977 y por qué lo están comparando con el actual

Tras una semana de protestas, que han dejado más de 30 muertos, cerca de 90 posibles desaparecidos, centenares de denuncias de excesos de la fuerza pública y un balance de daños y destrozos millonarios, muchos periodistas y analistas han dicho que estas jornadas superaron al paro cívico nacional de 1977. ¿En qué consistió?

En la madrugada del 14 de septiembre de 1977, los pocos conductores que se atrevieron a salir encontraron que las principales avenidas de Bogotá y otras ciudades del país estaba llenas de tachuelas que desconocidos habían regado durante la noche. Era el preámbulo del paro cívico, una de las jornadas de protesta más importantes de la segunda mitad del siglo XX que, según diversos historiadores, trajo consecuencias para la vida política y social durante los diez años siguientes.

El presidente Alfonso López Michelsen (1974-1977) estaba en su último año de gobierno y el país atravesaba una ola inflacionaria que había afectado los bolsillos de los colombianos y empobrecido a los sectores populares.

Según Luis Sandoval, exdirigente sindical, la inflación de la época alcanzó el 40 por ciento mientras que los salarios aumentaron solo el 18 por ciento. Como si fuera poco, y en una aparente desconexión con la cruda realidad que vivían millones de ciudadanos, López aumentó el IVA y eliminó los subsidios al trigo encareciendo el precio del pan. Esto, adobado por graves denuncias de corrupción pública y el aumento de la violencia en los campos.

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El autoritarismo y el recorte de libertades era la regla. Desde octubre de 1976, el presidente había declarado su tercer estado de sitio con la excusa de enfrentar a la guerrilla y la difícil situación de orden público en el territorio nacional, pero que sirvió para perseguir a la oposición y a los movimientos sociales y sindicales.

El origen del paro

Tras numerosas protestas durante mayo de 1977 y cansados de la situación, las principales centrales obreras de la época, junto al Partido Comunista y organizaciones de izquierda, urbanas y campesinas comenzaron a cocinar un paro general.

A mediados del año, el paro era una realidad y sus organizadores acordaron una larga lista de peticiones al gobierno, entre las que se destacaban: aumentar el salario mínimo por encima del 50 por ciento, congelar los precios de los productos de la canasta familiar y las tarifas de servicios públicos y levantar el estado de excepción.

El Gobierno hizo caso omiso al pliego de peticiones, arreció la persecución contra los sospechosos de organizar la movilización y llevó a cabo una campaña mediática para estigmatizar al paro, tildándolo de subversivo y de ser una estrategia para implantar el comunismo.

En la mañana del 17 septiembre, las capitales departamentales, así como numerosas ciudades intermedias estaban paralizadas. Pocas personas se atrevieron a salir a actividades distintas a las de protestar y la mayoría de los locales comerciales estaban cerrados.

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La capital, corazón del paro

El epicentro del paro cívico de 1977 fue Bogotá. Desde temprano las principales vías de la capital se encontraban taponadas por barricadas. Los enfrentamientos con la fuerza pública no se hicieron esperar y poco a poco la logística del paro se le salió de las manos a los organizadores, quienes se encontraba en la clandestinidad para evitar ser capturados.

Algunos manifestantes atacaron los buses que se atrevieron a prestar el servicio y saquearon almacenes de alimentos, ropa y ferreterías. La furia de los manifestantes también se dirigió hacia los bancos. El Ejército y la Policía, amparados por el Estado de Sitio y con la excusa de defender la democracia, respondieron con exceso de fuerza y reprimieron con violencia las protestas.

Trascurridos más de 40 años, todavía no se tiene certeza de los muertos de esa jornada. Se habla de entre 40 y 25 personas asesinadas durante la jornada, que en Bogotá duró 48 horas.

Allí, el alcalde, Bernardo Gaitán Mahecha, decretó toque de queda, con el objetivo de asfixiar en vano el paro. Los disturbios, los enfrentamientos y los bloqueos continuaron en la noche. Según un balance hecho por la revista Alternativa, la jornada en la capital dejó 23 muertos, un número de heridos difícil de calcular, “cerca de 3.800 detenidos, distribuidos en el Velódromo, el Coliseo de EL Campín, la Plaza de Toros y algunas comisarías”. El mismo medio dio a conocer el asesinato de varias personas, presuntamente perpetrados por los entonces organismos de inteligencia: F-2 y el DAS.

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Para entender

¿Cuál fue la lectura del paro? Historiadores y analistas, entre ellos el doctor en historia Medófilo Medina, coinciden en que, si bien la jornada de 1977 fue un hito en la historia del país por el impacto que tuvo sobre la vida de los ciudadanos, la lectura dada por el gobierno y las agrupaciones de izquierda fue sobredimensionada y trajo importantes consecuencias políticas y sociales.

Por una parte, el Estado asumió el paro como una muestra del poder de los movimientos sociales que podría poner en vilo al régimen. En respuesta, la persecución a los opositores arreció y los militares le solicitaron a López Michelsen imponer medias aún más restrictivas a las libertades y a la democracia. Propuesta que se consolidaron en el gobierno del también Liberal, Julio César Turbay (1978-1982) con su famoso y tenebroso Estatuto de Seguridad.

Por su parte, la izquierda y las guerrillas vieron en el paro una situación prerrevolucionaria. Para estos grupos, había que agudizar aún más el descontento social y el enfrentamiento con el Estado para logra la caída del régimen y creyeron que “La revolución estaba a la vuelta de la esquina”.

Por supuesto, nada de eso sucedió. El choque entre ambas posturas, condujo al recrudecimiento del conflicto colombiano y al aumento de la violación de los derechos humanos durante la década de los años 80.

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