Pequeño homenaje a Johannes Brahms

En Hamburgo, busqué la casa natal de Brahms. Pero fue destruida, junto con casi toda la ciudad, por los bombardeos de los aliados, en julio de 1943. Hamburgo, sin embargo, renació de las cenizas.

Viejos edificios y casas están reconstruidos y el viajero observa, a veces con el corazón constreñido, a veces impresionado por la pujanza de los alemanes, el nuevo rostro de la urbe. Pero, en la medida en que camina por sus calles, ansía verla tal como fue en el pasado.

Encrucijada de canales y parques, con su vibrante puerto donde se comen las salchichas más deliciosas y se beben las cervezas más refrescantes, la sombra de Brahms me guio por Hamburgo. Y fue esta una guía evanescente –íntima, poblada de impresiones escurridizas– porque era de índole musical. Pero si no vi aquella casa alargada y alta y con trazas de inquilinato, me topé con el museo que la ciudad le ofrece a quien es su músico mayor.

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Pequeño y apaciblemente didáctico, el museo muestra objetos domésticos que usó Brahms (unos cubiertos, unos pocillos, unos platos), cartas y partituras y un bello piano Tafel que el músico tocó en varias ocasiones y en el cual el repertorio del siglo XIX suena con un más acendrado intimismo y ajeno a la brillantez y a la ampulosidad, en ocasiones empalagosa, de los pianos modernos.

Lo primero que escuché de Brahms, por indicación de mi madre, fueron las Danzas húngaras. Eso fue en la infancia y, desde entonces, no dejo de escucharlas, tanto en sus versiones orquestales, como en las de piano para cuatro manos. En el programa del primer concierto en que participé en una orquesta sinfónica, estaba La obertura del festival académico. Una composición fresca y vigorosa que Brahms hizo como un gesto de gratitud por el honoris causa que le otorgó la Universidad de Breslau. Música expansiva, como un abrazo entre la enseñanza, el aprendizaje y los sonidos.

Después toqué su Sinfonía en mi menor. Allí está, en su cuarto movimiento, el solo de flauta más sublime y misterioso que puede haber en la música sinfónica. Interpretando su cuarta sinfonía pude comprender cabalmente en qué consiste eso que llaman comunión orquestal. Yo tocaba la segunda flauta, pero me sentía tan importante como el director de orquesta, como el violín concertino, como los instrumentos solistas.

Siendo todavía niño, Johannes Brahms entró a la orquesta que tenía su padre. Con ella, el puerto de Hamburgo y sus tabernas lo escucharon tocar el piano, el violín, el violonchelo. Los marinos lo aplaudían. Las prostitutas lo cubrieron de cariño. Su padre y demás colegas creían poseer un tesoro. Más tarde, fue un joven rubio de ojos celestes que le gustaba caminar por los bosques y recorrer los lagos alemanes. Toda la hondura de esos paisajes del norte está, sin duda, condensada en la música que comenzó a componer.

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Una vez, atravesó medio país para llegar hasta la casa de los Schumann, en Düsseldorf. Se presentó con algunas partituras de su autoría. Robert, que estaba ya en el umbral de la demencia, lo escuchó y supo que tenía ante él a uno de los más grandes de la música. Clara intuyó, en cambio, que en ese joven de 20 años no solo habitaba la potencia de un compositor asombroso, sino también un hombre que habría de amarla hasta la muerte.

A Brahms le gustaba beber cerveza y comer salchichas y cuando se prendía hablaba duro y contaba chanzas subidas de tono. No fue un hombre letrado como Wagner, ni místico como Bruckner, ni sibarita como Liszt, ni amigo de las grandes fiestas como Strauss. Se dejó crecer una barba que en la vejez fue larga, blanca y venerable. Murió en Viena, de un cáncer de hígado. Su máscara mortuoria refleja la convicción de quien supo que hizo lo esencial en su arte: dejar una estela de sonidos capaz de acompañar a las generaciones futuras.

Hace años, Juan Carlos Arango, mi amigo oboísta, me aconsejó que me acercara, con más esmero, a la música de Brahms. A la sazón, cuando era músico en Bogotá, para mí Brahms era el de las sinfonías y las danzas, el de los conciertos para piano y violín. Sé que con este repertorio el oyente puede sentirse colmado. Pero Juan Carlos me recomendaba, especialmente, la música de cámara y su obra coral.

Entonces me sumergí en ella y fue como si me hundiera en un prodigio sonoro. Un río de luz y sombra que me envolvía con placidez, llenándome de revelaciones tan inquietantes como indefinibles. Una particular belleza ondea en esas piezas para piano, para violín y violonchelo, para clarinete, corno y voz humana, como una promesa inalcanzable y también como un hallazgo de fugaz plenitud.

En uno de mis poemas en prosa, dedicado a Brahms, me atreví a escribir: “Soy quien buscó durante años un regazo donde poder aceptar todas las aniquilaciones. Y pensé que no me sería permitido el descanso. Pero, como una dádiva inmerecida, apareció tu música en aquella casa abandonada. Y en ella entré como se entra en el olvido”.

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7 Comentarios

  1. Qué lindo Pablin que encontraste a un Brahms apasionado y a la vez sereno su música es un gran legado; gracias por compartir tus grandiosos escritos

  2. La ciudad está en ti, es la de tu imaginación. La del pasado ya no existe o nunca existió. La del futuro, todavía no. (Piensa en Cavafis.)

  3. Gonzalo Violinista

    Pablo, ¡qué hermoso todo!: tu escritura, tu pasión y sobre todo , el deseo que alientas en tus lectores de oír al gran hamburgués.

  4. Marlon Meza Teni

    Me gustó muchísimo escuchar la musicalidad que se desprende de tu texto y tu conocimiento de estos compositores, y en particular Brahms.

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