Perú, un rival que adoramos

Su fútbol es romántico, lleno de toque y técnica.

La selección peruana enamoraba con su fútbol. Era sabido que entre sus once jugadores estaba prohibido meter un ‘bartolazo’ a la tribuna, una patada a la canilla del rival o, mucho peor, sacar un balonazo hacia la nada con los ojos cerrados.

Siempre la estética sobre el resultado. Paredes y cambios de frente que abrían cualquier rival, toques tan sutiles con el balón que parecía que en cada roce evitaban lastimarlo.

Muchas veces se dijo, aún sin confirmar, que el peruano prefería hablar de pelota (femenino) que de balón (masculino). Y por ello no había que golpearla y sí acariciarla.

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Muchas tardes y noches de fútbol de lírica sobre la gramilla; hasta podría imaginarse tribunas llenas con espectadores vestidos de gala.

El peruano nunca traicionó su fútbol: flojos arqueros, defensas poco confiables (exceptuando al gran capitán Héctor Chumpitaz y a un par más), pero de ahí en adelante todo era fiesta.

Y tal vez Cueto, Cubillas, Uribe o Barbadillo, entre tantos otros cracks, pensaban que era mejor no saber ni mirar qué pasaba atrás. Mejor no amargar la alegría.

Pero llegó el argentino Ricardo Gareca, curtido como jugador bajo las órdenes imperiales de Juan Carlos Lorenzo, Gabriel Ochoa o Carlos Bilardo, para darle un nuevo aire a un fútbol sin equilibrio y aletargado en el pasado.

Pero un día el fulgor pareció apagarse. Mucho tuvo que ver aquel oscuro partido del Mundial de Argentina 1978, el 21 de junio, cuando el local necesitaba cuatro goles frente a los peruanos.

Y llegaron en andanada, al minuto 50 ya los habían ajustado; luego, otros dos más.

Escándalo. Vergüenza. El relato siempre dirá que todo fue orquestado por la dictadura que regentaba Jorge Rafael Videla, y que los peruanos se habían vendido, comenzando por su arquero Ramón Quiroga, un argentino nacionalizado.

El nombre fue mancillado, pero el estilo de jugar no, el fútbol no pierde la memoria. Les alcanzaría para ir a otro Mundial, España 82, donde fueron eliminados en primera ronda.

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Era el adiós de una generación mágica, heredera de otros ilusionistas como Loayza, León, Lolo Fernández, Terry, o el muy recordado en Colombia, en Cali, Valeriano López, un excepcional cabeceador que se negó a jugar en Real Madrid (no quería estar lejos de sus amigos) y señor de un extraño gusto: armar cigarrillos con billetes de dólar.

Después vendría una selección peruana de altibajos, lejos de los mundiales y de las primeros lugares de la Copa América. Aún así, hubo momentos de resplandor y jugadores ingeniosos.

Pero llegó el argentino Ricardo Gareca, curtido como jugador bajo las órdenes imperiales de Juan Carlos Lorenzo, Gabriel Ochoa o Carlos Bilardo, para darle un nuevo aire a un fútbol sin equilibrio y aletargado en el pasado.

Con el entrenador argentino volvieron a un Mundial, Rusia 2018. Ya sin tanto caos en la defensa, con orden, pero manteniendo su esencia a la hora de tratar el balón, “dos cortas y una larga”. Con Paolo Guerrero como eje, el que todo lo descarga, el que todo lo mueve y el que mejor remata.

Sin ganarle, Gareca ya enfrentó en las pasadas Eliminatorias a Colombia. Y Perú tiene angustias en estas, de cuatro partidos, empató uno y perdió tres.

Esta noche, más que un partido para ir a un Mundial, los incas podrían jugarse un salto en el tiempo.

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