‘Petite Maman’, de Céline Sciamma: queridísimos fantasmas

La más reciente película de la francesa Céline Sciamma llega desde hoy a las +salas colombianas. Es una obra pequeña, filmada en plena pandemia y por completo ajena a las estridencias de buena parte del cine actual,  pero también una de las películas sobre la infancia –esa patria que todas y todos hemos perdido– más hermosas de los últimos tiempos.

El mayor milagro, entre tantos de una película que es toda ella un pequeño retablo de las maravillas, tiene lugar en la forma en que Petite Maman nos envuelve en una cálida membrana de afecto, en las corrientes de amor que son el origen de la vida. La francesa Céline Sciamma, que es una autora visionaria e inusual, dirige una película de poco más de una hora de duración, pero que se expande desde su engañosa sencillez hasta hacer palpable, táctil, el vínculo. Y uno muy concreto: el que entrelaza a tres mujeres de una misma familia –la abuela, la hija y la nieta– con sus rituales de herencias y transmisiones, duelos y despedidas, abandonos y reconocimientos.

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En julio de 2021, cuando se estrenó en Colombia Retrato de una mujer en llamas, la película anterior de Sciamma, escribí acerca de cómo, en medio de una película de cierto convencionalismo y pomposidad, emergía la incontrolable electricidad de dos cuerpos que se atraen: dos mujeres en la Francia del siglo XVIII. Petite Maman continúa esa observación atenta del mundo femenino que vemos siempre en el cine de Sciamma, pero esta vez saca a la superficie fílmica una relación entre cuerpos que, sin ser erótica, está permeada por la proximidad de las sensaciones físicas: caminar, estar juntas, ver y recorrer espacios y dejarse atravesar por ellos.

La  película muestra el arraigo del vínculo, su fuerza gravitacional, pero también que el afecto es plástico y se desplaza en incesantes metamorfosis, como si estuviéramos en El viaje de Chihiro o cualquier otra película de Miyazaki. Al comienzo del filme una niña está en lo que parece ser un hogar geriátrico, filmado en un plano secuencia que lleva a la pequeña por distintas estancias, en cada una de las cuales le dice adiós a una mujer adulta. Luego vemos el viaje de una madre y una hija (la misma niña de las despedidas) a la casa de la abuela, que es necesario desocupar pues esta última ha muerto hace poco.

Los lugares donde ocurren las acciones de la película están cubiertos por una sutil capa de incertidumbre e inestabilidad, la parquedad de los diálogos y la repetición de algunos gestos van quebrando poco a poco el código realista para que aparezca lo fantástico. El bosque alrededor de la casa de la abuela que es necesario vaciar se convierte entonces en un lugar encantado donde suceden las apariciones y las revelaciones. En ese bosque, la pequeña Nelly, que se llama como su abuela, encontrará a otra niña, Marión, que tiene el mismo nombre de su madre. 

En la repetición de esos nombres, en su intercambialidad, tal vez haya un enigma que resolver, pero tranquilas y tranquilos, no se trata del significado de la palabra Rosebud o una cosa parecida, como en las películas del trauma a la manera norteamericana. Sciamma no es un Orson Welles sacando trucos de su mano de maga sino una artista inmensamiente hábil para el pequeño detalle, la elipsis y la sugerencia. 

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Pocas veces se ha visto en el cine a una niñez tan seria y perceptiva, tan abierta a plegarse orgánicamente al misterio del mundo. En el bosque encantado la película se convierte en una historia de fantasmas y un cuento de hadas en que los más terribles aprendizajes (en este caso los de lo inevitabe de las pérdida y las herencias familiares) son posibles sin grandes aspavientos. La maestría del cine de Sciamma pasa por hacernos ver estas transformaciones y estos ritos de paso sin gestos enfáticos o subrayados, como si fueran la materia misma de la realidad. 

Petite Maman muestra que el cine y lo fantástico están indisolublemente unidos. El cine en sí mismo es una espléndida fantasmagoría, y esta película lo único que hace, y lo hace magníficamente, es utilizar los recursos más simples del medio (la luz, esa reverberación de la luz) para que lo improbable ocurra ante nuestros ojos maravillados, y sobre todo agradecidos.

Petite Maman, película Céline Sciamma
En el bosque encantado la película se convierte en una historia de fantasmas y un cuento de hadas en que los más terribles aprendizajes (…) son posibles sin grandes aspavientos.

En la casa de la infancia, un espacio densamente cargado de experiencias y memorias, siempre ocurre aquello que decide el rumbo de nuestras vidas. Somos las niñas y los niños que fuimos. Nuestra verdadera patria es la infancia, dijo Rilke. Y es un lugar del que todas y todos estamos de una u otra manera exiliados. Esta película de Céline Sciamma nos permite, por un breve instante de 72 minutos –de extraordinaria precisión simbólica–, volver a esa patria imaginaria de la que venimos, y que es nuestra debilidad y nuestra fuerza. 

En la casa de la abuela muerta, la madre y la hija conversan, una noche. Hablan de miedos. La madre le dice a la hija que son cosas de niños. Por eso, cuéntame, soy una niña y me interesa, responde la hija. Entonces la madre le transmite a la hija un secreto, o varios: hablan de la pantera negra que aparece en las noches si esperan y se acostumbran a la oscuridad, y de darse cuenta de que todo cuanto respira en el mundo, como la pantera negra, respira dentro de nosotras y nosotros.

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