Petro, más gentleman que el propio Duque

Ningún imaginativo observador, por mucho que lo fuera, se hubiera atrevido hace unos meses a pensar que Gustavo Petro, oriundo de Zipaquirá, político de origen montaraz y guerrillero, resultaría, al final de cuentas, más gentleman y cortés caballero que Iván Duque, bogotano, este sí de alguna prosapia y con antecedentes de roce y burocracia en elevados e internacionales organismos.

Por sus anécdotas los conoceréis, por lo menos así lo he deducido de algunas de mis lecturas sobre aquellos altos personajes merecedores de ser biografiados. Y de ellos me han llamado la atención ciertos pasajes que no solo lo son de elegancia, de juego limpio, sino también de cortesía y hasta de generosidad para con el adversario.

Petro gestionó y se reunió con Álvaro Uribe, en su condición de candidato electo y triunfador, y ello no obstante los durísimos encuentros de palabra y escrito cruzados entre estos dos personajes. También invitó al Palacio de Nariño a la senadora María Fernanda Cabal, opositora al ciento por ciento y quien casi que no le perdona ni un respiro al primer mandatario. Igual con la procuradora general, Margarita Cabello.

Gustavo Petro y Margarita Cabello
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Encuentros con los cuales dio a entender que las buenas maneras no son obstáculo para que personajes antagónicos en política, libren sus batallas como dos gladiadores en la arena de la controversia pacífica y democrática. Todo ello sin excluir el diálogo sereno.

Duque, por su parte, no escatimó la descortesía para con el nuevo y entrante presidente. En mis numerosos recuerdos de las transiciones presidenciales, siempre había visto cómo el saliente se replegaba en una respetuosa y autoimpuesta interinidad; se advertía cómo le abría sus experiencias al venidero mandatario y, si acaso, para contribuirle a sus gestiones, le deslizaba algunas sutiles, confidenciales y amables sugerencias. Cesaban los nombramientos y las licitaciones en curso se posponían o se le consultaba al próximo presidente si se adjudicaban o no.

El comportamiento de Iván Duque significó todo lo contrario. Hasta tratar de extenderle el tiempo a la junta de Ecopetrol, con sus amigotes inútiles adentro. Pero la cúspide de la descortesía, sin embargo, fue la negativa de mostrarle a la nueva primera dama, Verónica Alcocer, las instalaciones de la Casa Privada, para que ella, como nueva “mandataria” dispusiera según su gusto sobre las mejoras y los cambios allí.

Definen al caballero, al gentleman, como aquel “que se comporta con distinción, nobleza y generosidad”, algo que podrá ser una virtud menor en el hombre común, pero que debería considerarse como una obligación ética exigible al encumbrado servidor público. Y a cada presidente en especial. Porque el comportamiento de este último, si fuere así, servirá como ejemplo para apaciguar los ánimos, crear concordia y eso que llaman confianza o capital social. De lo contrario, exhibirá ante sus connacionales un mal ejemplo.

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Por ello considero que la cortesía es una obligación que se impone para todo alto cargo. Y la descortesía será un abuso del poder por parte de quien lo ejerce, la cual multiplicará sus efectos negativos; entre otros no contribuirá a la sumatoria de voluntades a su alrededor, algo que debe buscar quien ostenta dicho poder.

Nosotros, los mortales en esta tierra, mientras más frustrados más descorteses. En sentido inverso, mientras más humanos más corteses; mientras más seguros más corteses; mientras más comprensivos más corteses. He advertido que muchos niños son descorteses. Por lo elementales, elemental es decirlo. Pero ya vendrá la educación y los corregirá. No así Duque, quien con la mediana soberbia de un berrinchoso repitió: “a mí me eligieron hasta el siete de agosto”. Iván Duque pasó cuatro años por la Presidencia, y con sus reacciones infantiles, al final demostró la causticidad cierta de aquel refrán español, según el cual muchos entran en la Corte, pero la Corte no entra en ellos. En esto un pequeño imitador de Donald Trump. 

Nuestra historia nacional contiene muchas anécdotas de elevados personajes que se comportaron con gallardía en las lides políticas. Manuel Murillo Toro, presidente en dos ocasiones, jefe del olimpo radical, conlleva varios de esos pequeños episodios. Al general José María Melo, el dictador, su paisano también chaparraluno, a quien había contribuido a derrocar, le pagó, mediante la adquisición de un crédito, la fianza de $8.000 que se le había impuesto después de haber sido juzgado. A don Carlos Holguín, jefe conservador, que le neutralizó a Murillo un enroque importante, se lo encontró en una de las calles de Bogotá, y en vez de recriminarlo lo abrazó, lo felicitó y le dijo: “esta parada si me la ganó usted”.

Álvaro Uribe y Gustavo Petro

Cuando le comentaron que en Pasto un obispo al que le había colaborado, y quien desde el púlpito y en sus escritos se dirigía a él con los calificativos más insultantes, y cuando se le insinuó que lo deberían suspender, respondió: “más bien protéjanlo, para que por sus palabras nadie lo vaya a agredir”.  Y quizás lo más recordado sería aquella carta que le dirigió al periódico El Independiente, feroz crítico de su presidencia, adjuntándole el pago de una suscripción, y en la que le consignó: “…cuando el gobierno tiene la calma para leer sin preocuparse de lo que le afecta a su persona, lastimando su vanidad o su amor propio, los periódicos que lo atacan o censuran más frecuentemente quizá le sirvan mejor que aquellos que lo aplauden o sostienen”.  

Tal vez la rivalidad más enconada, personal, familiar y política de toda nuestra historia fue aquella entre Tomás Cipriano de Mosquera y José María Obando. Se reconciliaron y este último murió combatiendo a órdenes del primero, que se había “revolucionado” contra el presidente Ospina Rodríguez. Cuando feneció Murillo Toro, Rafael Núñez, presidente, pronunció la oración fúnebre, exaltando a quien fuera su más enconado rival, y quien en varias ocasiones y con anterioridad le había obstaculizado la llegada a la presidencia.

No entendió Duque que en ese cargo hay que tener muy clara aquella insinuación tan sabia de los cuatro acuerdos: no tomes nada como personal. No comprendió que la crítica es necesaria y la exige la democracia. La conocida frase de Santayana –que me convence solo a medias- asegura que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. A mi vez, comparando la de antaño con la de hoy y en este punto concreto, sostengo que quien no conoce la historia corre el peligro de degradarla. De irrespetarla. Tal Iván Duque, en relación con su sucesor. Degradó aquellos gestos magnánimos, generosos y patrióticos de aquellos sus antecesores.

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5 Comentarios

  1. Lo menos que podríamos esperar de Iván Duque de salida de la Casa de Nariño es cortesía. No la tuvo nunca con sus opositores, le montaron un paro histórico, un estallido social y ni así fue capaz de hablar con sus opositores. Duque se movió entre el miedo y la soberbia – comiendo compulsivamente y a hurtadillas – mientras se robaban al país. Miserablemente. Las noticias de los desfalcos y los abusos del gobierno Duque nos atormentarán por años. Fueron su huella, su legado.

  2. Pedro Luis Barco Diaz

    Eso puede ser resultado de que a Duque, el expresidente Uribe le regaló inmerecidamente la presidencia, por petición postuma de Fabio Echeverry Correa, que la hizo por peticion de su hijo rejoneador. Petro, en cambio, es un luchador, un estudioso que no es ni montaraz ni nació en Zipaquirá. Es un hombre bien criado. Buena reflexión sobre la estética y las buenas costumbres en la política. Felicitaciones.

  3. Manuel Caballero

    No bien había llegado a la Casa de Nariño el Señor Presidente electo se refirió así:”… porque el poder, hace soberbio y ciego al inculto”

  4. Alvaro Castellanos

    Duque no tiene en su condición humana la gallardia que debe tener un mandatario, por que el no fue un mandatario, el fue el empleado de un partido que sumo lo mas abyecto de la corrupción en años, que penso que seguiria en el poder, con su amigo Fico y sencillamente la sociedad colombian no solo no le importa, si no que la ultrajo quedando como un canalla ante el pueblo y no como un mandarario para recordar amablemente.

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