¿Poder sin gobierno y gobierno sin poder?

Independientemente del próximo resultado electoral, el mapa político de Colombia cambió de manera notoria. En el lapso de unos pocos años, dejamos de ser, primero, un país dominado por el bipartidismo liberal-conservador y, ahora, nos apartamos del dominio casi absoluto que había logrado el uribismo en las dos últimas décadas.

Nadie aspira a ser presidente representando esos partidos o a ese exmandatario. Liberalismo, conservatismo y uribismo son ‘ismos’ que antes garantizaban el triunfo electoral. Hoy son una especie de estigma que ningún candidato quiere llevar. Todas y cada una de las candidaturas que recibieron el apoyo de ellos perdieron irremediablemente.

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¿Eso quiere decir que ellos ya perdieron el poder que tenían sobre la ciudadanía y que ahora sólo tienen puestos en el gobierno? Aún es temprano para saberlo. Pero hay dos hechos, relativamente recientes, que pueden mostrar que han perdido mucha capacidad de dominio y de doblegar la voluntad de las personas: la revelación pública de algunos crímenes cometidos como consecuencia de políticas Estatales y la movilización social, discontinua, pero siempre creciendo desde el 2011.

Recordemos, primero, que los crímenes de Estado han sido develados, pública y judicialmente, por víctimas y victimarios de delitos cometidos en el marco del conflicto armado. En esa actividad han sido acompañadas por líderes sociales, defensores de Derechos Humanos, congresistas, periodistas y abogados defensores de víctimas.

Una vez conocidos los delitos, éstos fueron juzgados por personas del poder judicial que profirieron autos y sentencias en contra de temidos dirigentes políticos con evidentes nexos con grupos delincuenciales y, además, pertenecientes a uno o varios de los “ismos” antes mencionados.

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La movilización social, por su parte, ha sido protagonizada por miles de personas, que no pertenecen a partidos políticos, para reclamar sus derechos y exigir el cumplimiento de los deberes del Estado. Durante meses las personas participantes fueron agredidas por fuerzas combinadas de policía, ejército y civiles armados, bien llamados paramilitares.

Aún en esas condiciones la gente siguió protestando y exigiendo. Nada la paralizó. Durante 42 días hubo reuniones en la calle, plantones, marchas cortes de carreteras, manifestaciones de arte callejero, etc.

Con los “ismos” en su contra, la movilización logró que el gobierno retirara el proyecto de reforma tributaria, que renunciaran el ministro que la había propuesto, la ministra de relaciones exteriores que había mentido internacionalmente acerca del origen y dinámica de la movilización y el comandante de la policía de Cali; también se logró que el gobierno aceptara y creara la matricula cero para estudiantes de estratos 1, 2 y 3 en las universidades públicas.

Con estos dos hechos quedaron claras varias cosas: una, que la estrategia de amedrentamiento con la que han gobernado esos “ismos”, ya no funciona eficazmente y la gente ha perdido el miedo. Dos: que la sociedad civil ya no se siente representada por ellos y más bien los percibe como causa de muchas de sus desgracias. Tres: que ellos pueden seguir incidiendo en las instituciones y en la política, pero cada vez tiene menos control de las personas. Cuatro, que la ciudadanía los puede enfrentar y derrotar.

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No han desaparecido, ahí están vivitos y coleando. Pero han sido derrotados en los tribunales y en las calles. Esas derrotas cambiaron el mapa político: ellos siguen siendo propietarios de las instituciones, pero ya no tienen el poder completo, y quienes cada día tienen más poder, aún no están en el gobierno.

Es necesario superar esta situación que puede tender a un empate negativo, a una especie de vacío de poder que despierte tentaciones golpistas. En estas elecciones. Los “ismos” apoyarán a quien les garantice que seguirán siendo dueños del gobierno y, desde ahí, recuperar el control de la población a punta de miedo; la gente, que ya los derroto dos veces, quizá apoye la propuesta que les garantice que pueden influir más y mejor en las decisiones de política pública y, desde ahí, acumular más fuerza y vivir sin amenazas.

Esta vez el país definirá si le da más poder a los “ismos” o le da el gobierno a la gente que ya los derrotó dos veces.

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