Privilegios

Trastocar el sentido común colonial que se ha instalado en Colombia implica ir desincorporando algunos de estos nudos ciegos.

Sabemos que, en Colombia, han operado múltiples formas de privilegio. Mediante estas las élites han extendido y defendido sus propiedades, han ocupado cargos de poder, han subordinado la ley a sus intereses, han difundido y justificado una “cultura” desigualitaria, y han buscado mantener, como sea, el statu quo de sus prerrogativas, y posición excepcional. Son privilegios instalados desde la colonia, preservados mediante prácticas continuas -aunque reconfiguradas- de racialización, clasismo, sexismo, desposesión territorial.

Más de Laura Quintana: Ruido

Es brutal que todo esto parezca obvio y siga reproduciéndose, a través de una violencia que sigue alimentando la guerra en el país, y la ausencia de condiciones institucionales democráticas. Hay también nudos ciegos cotidianos que impiden transformaciones profundas, y que estas vayan calando paulatinamente. Ocuparía muchas páginas deteniéndome en ellos, pero quisiera dejar trazados algunos, instalados de manera poco consciente, incluso en personas que han desarrollado visiones igualitarias.

  1. Cuestiono ciertos privilegios pero no las estructuras que los reproducen. Esta actitud es común en personas que creen en la ampliación de derechos, cuestionan absolutos, se pretenden anti-rracistas y solidarias con las luchas feministas; compran verde cada vez que pueden, están considerando comer menos carne. Pero sospechan de toda crítica al capitalismo actual, la tildan de radical y polarizante, a veces con vehemencia dogmática; pierden de vista, así, cómo la acumulación del capital sigue siendo posible gracias a la reproducción de desigualdades, que desprecian la agencia de la mayoría de cuerpos.

  2. Reconozco los privilegios a distancia y pienso que ya no me condicionan. Es una actitud frecuente en personas que hemos gozado de privilegios sociales, pero podemos perderlo de vista cuando asumimos que nuestros logros ha sido solo por nuestro mérito (me incluyo no como una forma de autoinculpación, sino porque creo que es algo difícil de evitar por completo). Esto puede agudizarse en algunas ocasiones y dar lugar a lo que podríamos llamar el “síndrome Daniel Samper Pizano”. Una persona que, desde la autoridad que siente le confieren sus privilegios de élite, no sólo pretende dictarle a Francia Márquez en qué debe enfocarse y cómo ha de luchar por la igualdad, sino que tercamente se afirma como antirracista, mientras reproduce presupuestos claramente racistas. Por ejemplo, la idea de que “todos en este país somos coloreados”. Algo que borra la historia de los mestizajes forzados y su violencia racial, para hacerla pasar bajo una falsa idea de armonía social; y que además naturaliza la racialización, al asumir como evidente que alguien deba ser identificado por su pigmentación de piel, y además sentirse cómodo y tratado con cariño cuando se lo hace con un diminutivo inferiorizante.

  3. Asumo que si alguien ha gozado de ciertos privilegios no puede tomar conciencia de ellos y contrarrestarlos. Es algo frecuente en ciertos círculos de izquierda dogmática, que aparece cada vez que se apela a la noción de privilegio para desvalorizar lo que alguien -que se presume de antemano burgués- dice, como si las condiciones de existencia en las que nace fijarán un interés de clase del que nunca se podría desfijar. Esta captura identitaria y culpabilizadora, no solo niega la agencia de las personas y su capacidad de desidentificación, sino que impide reconocer alteraciones mutuas que pueden irse produciendo en el tejido social, difunde formas de sospecha poco productivas y refuerza los nudos ciegos. Pues ¿cómo pueden trastocarse los privilegios sociales, sin apelar a una justificación de la violencia revolucionaria (que, en todo caso, ha producido nuevos privilegios), si asumimos de entrada que, quienes más los han gozado, no pueden cuestionarlos y asumir una responsabilidad política?

  4. Reduzco el reconocimiento de los privilegios y las luchas por la igualdad al resentimiento. Es una salida fácil que los discursos regresivos han movilizado para deslegitimar las exigencias de justicia social, y para seguir reproduciendo el orden de cosas dado. El resentimiento es un afecto complejo pero tendencialmente emerge cuando un daño padecido se asume como una herida que queda grabada en el cuerpo, y lo ata a un pasado que vuelve, mientras le va cerrando a quien lo vive posibilidades de transformación. Quienes se esfuerzan por cambiar las condiciones de injusticia estructural que se han dado en el país, luchan también por modificar las condiciones del resentimiento, una emoción que en realidad movilizan quienes quieren dejar todo como está. Esto es algo que no hay que perder de vista, sobre todo en época electoral.
Puede leer: De sueños truncados

Trastocar el sentido común colonial que se ha instalado en Colombia implica ir desincorporando algunos de estos nudos ciegos, empezando por reconocerlos con la responsabilidad de quien piensa en la construcción de un país más común, no en la asignación de culpas.

2 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio