La prohibición de las drogas es la madre de la mafia del narcotráfico

Llevamos medio siglo soportando la más abyecta de las maldiciones: vivimos, o, mejor dicho, sobrevivimos en un país al que una política imperial contra las drogas lo arrojó a las fauces del dinero fácil, la extravagancia, el sicariato y la guerra eterna.

Las guerrillas y el paramilitarismo se pusieron a órdenes del narcotráfico y no se salvaron ni instituciones como la judicial, la eclesiástica o la presidencial. Las mafias de la cocaína y de las drogas en general solamente florecen gracias a la prohibición.

Claro que tenemos nuestras propias culpas atávicas, pues otros países latinoamericanos, con idéntica o mayor capacidad para producir alcaloides, no presentaron este vergonzoso frenesí criminal. 

Se sabe que tres mil años antes de que las sandalias de Cristo recorrieran Galilea, los antiguos incas mascaban coca como alimento y para contrarrestar las maluquerías que producía el escaso aire de las cúspides andinas. Aun hoy, para estos pueblos originarios, la coca es considerada como una mata sagrada.

A mediados del siglo XIX el farmacéutico y químico Albert Niemann —en nombre de la ciencia— aisló el alcaloide de la coca (cocaína) que fue rápidamente utilizado como inocente medicamento para el dolor de muelas de los niños y para el tratamiento de la gota de los veteranos. Se vendía en pastillas o jarabes y se anunciaba como panacea para innumerables dolencias.

El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, fue —por algún tiempo— consumidor habitual de cocaína, la prescribió por muchos años para tratar “la melancolía” y la impotencia sexual, así como la adicción a la morfina y al alcohol. 

También la promocionaron inventores como Thomas Alba Edison, escritores como Verne, Dumas y Conan Doyle; actrices como Sarah Bernhardt, santidades como los papas Pio X y León XIII; y reinas como Victoria de Inglaterra y Sissi de Austria, última que la consumía para “controlar el ánimo y los problemas menstruales”.

Desde la segunda mitad del siglo XIX hasta 1914, cuando Inglaterra logró que se incorporara el Tratado Internacional Sobre Control de Drogas de La Haya al Tratado de Versalles, la coca se cultivó de manera legal y la cocaína se usó para fines médicos y en bebidas estimulantes sin control alguno. 

Además de que uno de los efectos más agobiantes por el consumo prolongado de cocaína es la anhedonia, o incapacidad de experimentar placer en actividades cotidianas —vía franca a la depresión y al suicidio—, ya se conocía que el uso continuo y prolongado de la cocaína desata un infierno, pues literalmente devora el cerebro. También, que las sobredosis pueden causar convulsiones, alucinaciones, comportamiento sicótico, insuficiencia respiratoria o cardíaca; isquemia o hemorragia cerebral; y pueden llegar a ser mortales. 

Puede leer, de Pedro Luis Barco: La Buenaventura rural, desconocida y peor que la urbana

Colombia estuvo al margen del comercio internacional de la cocaína por muchos años. A lo sumo, fuimos importadores en pequeñas cantidades de cocaína alemana legal, la cual era robada en el país y contrabandeada al primer mundo por Panamá y Cuba. 

En la década de los sesenta, los prohibicionistas apretaron las tuercas e hicieron tomar medidas a la ONU para la erradicación total del cultivo de plantas como la amapola, la coca y la marihuana. Por otro lado, los niveles de adicción en los países desarrollados crecían mientras en USA se desbordaban por la guerra del Vietnam, por el movimiento hippie y por los “vacíos y las soledades”. 

Al inicio de la década de los setenta, el entonces presidente Nixon declaró una guerra contra el suministro de drogas que estaba destinada al fracaso. Dicha guerra era básicamente contra la oferta representada por los incipientes carteles latinoamericanos, especialmente de Colombia; sin hacer énfasis en la demanda que requería de educación preventiva y de ayudas terapéuticas, es decir, sin que se abordara el consumo de drogas como un caso de salud pública. 

Como era de esperarse, la represión a la oferta produjo un incremento de precios que elevó a cifras astronómicas las utilidades de los narcotraficantes. Estados Unidos no logró reducir el consumo y el encarcelamiento masivo afectó desproporcionalmente y de manera francamente racista a la población afro estadounidense. 

En Colombia, delincuentes y contrabandistas que tenían montados sus sistemas de transporte, de caletas y de sobornos arrancaron en firme la producción y la comercialización, primero de la marihuana y después de la cocaína. 

Nunca volvimos a ser los mismos desde que fue aceptada por el mundo entero la declaratoria de que las drogas eran “el enemigo público número uno de Estados Unidos”. Hoy en día, cincuenta años después, el fracaso es tan estruendoso que Colombia produce el 80 por ciento de la cocaína del planeta y Estados unidos consume la tercera parte de dicha producción.

Aunque también hay que reconocer que el mundo ha cambiado: el uso de la marihuana con fines medicinales y recreativos está regulado desde hace años en casi todo Estados Unidos y en varios países de Europa. Nosotros mismos hemos avanzado, pues ya está permitida para usos medicinales y hay avances en el Congreso para permitir su uso recreativo.

El presidente Petro, durante su corto mandato, ha tenido el valor de plantear, en los foros internacionales, la necesidad de revisar la política contra las drogas; porque los anteriores gobernantes, a excepción de Santos, fueron mudos, temerosos y sumisos.

El programa de Gobierno Colombia, potencia mundial de la vida es enfático en reconocer el fracaso de la actual política contra las drogas, por lo que plantea la necesidad de concertar una nueva agenda, un nuevo paradigma, a partir de un consenso latinoamericano que concite la voluntad global. 

También plantea que la nueva agenda debe priorizar la construcción de paz, los derechos humanos, la protección de la naturaleza, la no criminalización de los cultivadores, el sometimiento de las organizaciones criminales, la investigación de nuevos usos para el cannabis y la hoja de la coca; la prohibición de la aspersión aérea con exfoliantes como el glifosato, y el abordaje del consumo como un tema de salud pública.

Petro no ha planteado la legalización de la cocaína, pues para esto se requiere de un consenso global, pero no hay ninguna duda de que para allá nos llevará el río de la historia. 

Más temprano que tarde habrá que asir el toro por los cachos y reconocer que las drogas están ligadas al ser humano desde los albores de la humanidad; que la prohibición es la madre de la mafia del narcotráfico y que la mafia del narcotráfico es la principal enemiga de la Paz Total y el vivir sabroso.  

8 Comentarios

  1. Gracias Pedro Luis, como siempre muy juiciosa columna: clara y reflexiva, No será fácil …ojalá América Latina empodere la politica de eliminar la prohibición de este flagelo

    1. Muy completo y juicioso tu recuento histórico, así como el análisis, por demás muy bien expuesto. La posición y actitud del Presidente es loable y valiente, aunque no comparto tu optimismo acerca de la posible legalización en un futuro no muy lejano. En muchas ocasiones, el propio Petro reitera que el daño más grande que la cadena de gobiernos neoliberales le ha causado a Colombia, en lo económico, es haber propiciado la desagriculturización y desindustrialización del país, para dar paso al extractivismo de hidrocarburos y a la producción de cocaína. En cuanto a lo segundo, sin embargo Petro ha sido ambiguo, quizá porque no tiene otra opción, al menos por el momento. Pero en este tema se necesitan planteamientos más agresivos.

      Así como el negocio petrolero tiene unos propietarios ultra poderosos y muy reconocidos, el negocio de la coca también tiene dueños igual de fuertes pero mucho más discretos. Según Petro, en ese negocio quienes están en los campos de cultivo y los laboratorios son meros operadores, que ponen los muertos y los presos, pero solo reciben las migajas, mientras los verdaderos propietarios, criminales de cuello blanco y “mafias políticas” internacionales, se quedan con todas las utilidades.
      Hasta aquí, todo es cierto. Pero lo que nadie dice, en concreto, es dónde están los cuellos blancos, por la simple razón de que son intocables.
      La dirección del narcotráfico en nuestros días ya no está a cargo de aquellos capos de las series de televisión, estilo Pablo Escobar, rodeados de lujos y gatilleros, sino a cargo de equipos muy bien estructurados de jóvenes profesionales políglotas, financieros, economistas y abogados, con maestrías y hasta doctorados, que despachan desde lujosas oficinas en Wall Street y demás centros financieros del mundo.
      ¿No has notado que hace ya muchos años no hay capturas ni se dan de baja capos renombrados? Pues, ¡porque ¡no los hay! Los muertos y los presos son, si mucho, cabecillas de ese proletariado del narcotráfico a que alude Petro. También, desaparecieron las famosas “caletas” repletas de dólares cuyo descubrimiento antaño se publicaba a diario por los medios de comunicación. ¡Se esfumaron porque ya no se necesitan! La plata del pago por el embarque ya no viaja en los mismos aviones y barcos que llevaban la coca y que vienen de regreso. Y ya tampoco se necesita el famoso “lavado de activos” en los países productores, pues el pago se hace por depósito directo. Es decir, el lavado se hace desde el país receptor de coca; al productor los fondos le llegan ya limpios a sus cuentas.
      Hoy en día, las redes de micro tráfico en los países receptores (y también de manera creciente en los productores) acumulan pequeñas cantidades de efectivo, que con la complicidad y protección de autoridades locales a sueldo (baratas, por el poco monto) entran por la puerta trasera a las arcas de ciertas instituciones bancarias, donde son “legalizadas”. ¡Y yá! ¡Transparente! ¿Cómo se controla eso? ¿Cómo se puede combatir eso? Pero, además, ¿a quién le importa? Si es un negocio donde la perinola siempre cae por el lado donde “todos ganan.” Y la pregunta es, finalmente, ¿Quienes son los más grandes beneficiarios del trillonario negocio, que además está blindado y no paga impuestos? ¿De qué otro “cliente” podrían captar tan astronómicas cantidades de dinero? La respuesta es tan fácil como el negocio mismo: toda la banca internacional se beneficia: ¡Los verdaderos dueños del mundo, de los gobiernos y de los Congresos! ¿Quién querría matar semejante gallina de los huevos del oro, mediante la legalización de la coca? Nunca, mi apreciado Pedro ¡nunca!

  2. Pascual Guerrero

    Una vez más tu prodigiosa pluma e inteligencia analítica nos mete en el laberinto de las decisiones actuales más complejas.
    Legitimar el uso de sustancias psicoactivas de gran consumo, no es algo fácil de decidir o promover… a pesar de que las sustancias médicas con efectos similares aceptadas, son igualmente peligrosas (mammas’ little helpers) como las definió el movimiento pop inglésde los años 70.
    Sin embargo el daño colateral que corrompe y masacra a nuestra población más vulnerable, amerita correr los riesgos de una legalización de las drogas menos dañinas como la mariguana y la cocina, que se pueden equipara al no menos dañino consumo del alcohol.

  3. Ernmesto Díaz Ruiz

    Gracias Pedroluis.
    Quien no ha sufrido en nuestra adolorida patria, las consecuencias del tráfico y también del consumo de las drogas ilícitas.
    La verdad (más evidente en nuestra atribulada Cali), es que una gran parte de la sociedad de todos los estratos se ha beneficiado con el negocio. Desde los más humildes “lavaperros”, hasta dediparados miembros de la élite caleña se han lucrado. Los unos sobreviviendo y los otros llenándose de “verdes” los bolsillos y de paso los de los gobernantes y autoridades de turno.
    Hasta las señoras de las chazas de dulces han vendido “papeletas” de alguna de esas drogas, a veces en las puertas de los colegios. El negocio del menudeo, del microtráfico.
    Petro no ha hecho otra cosa que hablar de frente del asunto y decirles a los países consumidores que les llegó la hora de poner su parte, dentro de sus fronteras. Que nosotros hemos puesto los muertos y la degradación social y que ellos no han hecho otra cosa que alentar el otro negocio, el de la guerra, de pronto más lucrativo que el de las drogas.
    El río de la historia nos va a llevar a la legalización, pero también habrá que buscar el muerto río arriba y destapar la podredumbre que ha medrado en esa historia.

    Abrazo Pedroluis.

    Sigo extrañando las tertulias.

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