“Decir simplemente que la rabia es destructiva invisibiliza las condiciones que la crearon”

Laura Quintana, filósofa y columnista de Diario Criterio, presenta su libro ‘Rabia: afectos, violencia, inmunidad’, en el que reivindica este sentimiento, tan menospreciado y rechazado por muchos en la política y en la sociedad actual. 

En varios de sus textos, incluyendo algunas de las columnas que escribe cada 15 días en Diario Criterio, Laura Quintana ha reflexionado sobre la rabia y el resentimiento. Para la filósofa, profesora de la Universidad de los Andes, hay mucho más en este afecto (ella prefiere usar este término en vez de sentimiento) que la carga negativa y de rechazo que normalmente se le pone. 

La rabia y el resentimiento no solo nacen, según ella, de vivencias del pasado, de daños que las personas vivieron o padecieron y asumieron como una injusticia, en el contexto de un mundo desigual y con un sistema cruel. También dice que bien entendidos y manejados, se pueden convertir en una ‘digna rabia’, en una ‘rabia politizada’, que acaba siendo positiva porque termina buscando la forma de transformar el mundo y el sistema que generó el daño.

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Sus reflexiones son bastante pertinentes en un país que este año vivió el paro nacional más grande de su historia –lleno de manifestaciones de rabia y de indignación– y que se acerca a unas elecciones definitivas, Por eso, Diario Criterio habló con ella sobre su libro y cómo estas reflexiones se pueden aplicar al país. 

Diario Criterio: ¿Por qué su interés en reflexionar, investigar e indagar sobre la rabia y el resentimiento?

Laura Quintana: El interés surgió cuando me di cuenta de todos los réditos políticos que tenían las llamadas políticas del odio y del miedo. Lo que varios, incluyendo Katherine J. Cramer en el contexto norteamericano, denominaron políticas del resentimiento. Yo tenía de tiempo atrás un trabajo continuado con la obra de Nietzsche, quien exploró muchísimo el resentimiento como afecto, así que me empecé a interesar por explorar mucho más las zonas grises de esa afectividad, y allí me encontré muchas variaciones. Encontré, por ejemplo, que el resentimiento es una afectividad compleja, que es un tipo de rabia y que no todas las rabias son iguales. Y al mismo tiempo que estaba indagando eso, me encontré también con una reflexión feminista, sobre todo del feminismo negro norteamericano, sobre la politización de la rabia, particularmente con las reflexiones de Audre Lorde, que mostraba cómo la rabia podía volverse un afecto transformador. 

Rabia: afectos, violencia, inmunidad - libro de Laura Quintana

A mí me interesó entonces ocuparme de esos matices, de esos grises, para intentar sacar la discusión sobre el resentimiento de dos lugares comunes: el primero, la visión del resentimiento como un afecto de pobres que quieren salirse de su posición marginal de clase para subir en el estatus social, muy usual en algunas posiciones regresivas acá en Colombia. El segundo, la visión de la rabia como un afecto vengativo, que solo puede conducir a condiciones muy destructivas. En esa indagación, además, me di cuenta de que el resentimiento se puede vincular con condiciones que el capitalismo produce y allí empezó a nacer un poco la estructura del libro. 

Diario Criterio: Su libro gira en torno a varias ideas. La más importante es no ver la rabia como algo negativo, que hay que neutralizar, sino como “una posibilidad vital” de la que “pueden resultar transformaciones, que buscan hacer posibles otras formas de existencia“. Una idea un poco sui generis en esta época, en la que hay muchos llamados a controlar las emociones…

L.Q.: Sí, el libro tiene una orientación política muy distinta a aquellas visiones que son dominantes y que se han difundido mucho en Colombia, que responden al liberalismo político. Pero esas visiones, por un lado, tienen una comprensión muy poco emocional de la racionalidad y pretenden que la política se pueda modular siempre bajo la lógica del mejor argumento y desde una razón deliberativa, que no se deje afectar tanto por las emociones. Por el otro, le apuestan a un proyecto de desarrollo y modernización de país que pierde de vista por completo los efectos coloniales que ha tenido ese mismo proyecto en el pasado, como la forma en la que contribuye también a las formas de violencia y como ese progreso en el que creen siempre ha dejado a muchos atrás, a muchos que han sufrido daños muy duros, muy cruentos en sus cuerpos.

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Diario Criterio: Su visión va por el otro lado… 

L.Q.: Frente a esa visión yo le apuesto a pensar en cómo las formas de violencia en Colombia han producido marcas corporales que también se dejan sentir en las emociones, en los afectos. Y le apuesto a decir que toda razón, todo argumento, siempre está configurado emocionalmente y afectivamente, es decir, que no hay un punto cero de afectividad; que aquel que todo el tiempo se defiende contra lo que llama, por ejemplo, polarización afectiva, o contra los afectos tristes, ya está enunciando eso desde una posición afectiva. Y le apuesto a decir que negar esa posición afectiva contribuye a la exacerbación de daños sociales, porque muchos de esos afectos reactivos como el resentimiento, la rabia e incluso el odio se desencadenan por experiencias de daño que vivieron las personas. Se desencadenan porque la gente siente dolor, siente que algo se fracturó y percibe una injusticia en ese daño. 

Así que decir simplemente que esos sentimientos son negativos, inmorales o destructivos invisibiliza las condiciones del daño. La tesis central del texto, de hecho, es que hay que escuchar esos afectos reactivos, no solo la rabia politizada, sino también distintas formas de resentimiento, para ver cómo se pueden modular, desestructurar y volverlos afectos transformadores. 

Laura Quintana Foto César García Garzón
Laura Quintana – Foto: César García Garzón

Diario Criterio: ¿Qué pasa cuando las manifestaciones de esa rabia son violentas? Ese es un tema álgido, que se vio en Colombia en medio de la movilización social, con la quema de varios CAI, por ejemplo…

L.Q.: El libro se ocupa de pensar cómo la pretensión de absoluta no violencia no solamente es inviable, porque es imposible que eso suceda, sino que también es problemática, porque cuando buscamos eliminar por completo las condiciones de violencia podemos producir mucha más violencia. El texto parte de allí, pero también muestra cómo en contextos como el colombiano se han reproducido muchas condiciones de violencia estructural, que son violencias institucionales, violencias que ha reproducido el Estado en fusión con intereses de todo tipo, incluyendo informales, ilegales y privados, y cómo esas condiciones de violencia institucional se han ocultado para defender de una manera muy férrea un statu quo que ha pretendido mantener sus condiciones de exclusión. 

El libro le apuesta a mostrar cómo esas condiciones de violencia estructural tienen que ver también con efectos de una violencia económica que ha producido múltiples formas de precarización y que tiene raíces coloniales en la manera en que fija la frontera entre quienes son incluidos y quienes son excluidos, y eso tiene que ver con formas de racismo, clasismo y machismo que se han reproducido en Colombia. Y le apuesta a mostrar que allí están en juego lo que Rita Laura Segato llama “formas de pedagogía de la crueldad”, es decir, prácticas que nos han enseñado a odiar a otros, a despreciar la vida de otros, a cosificarlos. Y que tiene que ver con una visión militarizada de la sociedad, con visiones guerreristas del espacio compartido. 

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Frente a eso, yo digo que hay apuestas que reivindican la rabia, la rabia politizada, que quieren desestructurar esas prácticas de crueldad, de cosificación y esas visiones militarizadas. Por eso no son prácticas que apunten a dominar sobre otros, a apropiar al otro, a ganar su territorio y sus recursos materiales, sino que buscan desestructurar esa lógica de dominación. Para eso recurren a gestos que se pueden ver desde una lógica institucionalista muy higiénica como violentos, porque ponen en cuestión canales establecidos, pero lo que los mueve no es el principio de destruir la vida de otros, o dominarlos, sino hacer ver de una manera muy enfática un daño.

Diario Criterio: ¿Pero eso también implicaría violencia? En ese sentido, ¿hay algún tipo de límite entre esa rabia de la que habla y la violencia? 

L.Q.: Yo no niego que allí hay violencia, lo que pasa es que hay que distinguir entre tipos de violencia. Hay una violencia a la que yo llamo estética, porque quiere enunciar de otro modo, a veces con acciones directas que pueden afectar infraestructura física, pero que no están afanadas por imponer una visión de mundo, sino por desestructurar efectos mayores de violencia. Por eso tampoco le apuestan a destruir la vida de las personas porque sí. Si de algún modo hay un daño físico en el cuerpo de alguien, siempre tiene que ver con una violencia defensiva. 

Así que el límite tiene que ver con las apuestas, porque su apuesta no es transformar el mundo usando la misma lógica guerrerista y de dominación que ya existe en la violencia estructural, sino que quieren transformar las formas de relación para hacer valer más la codependencia de los cuerpos, otras dinámicas territoriales, otras formas de afectividad. Eso lo veo yo, sobre todo, en algunas apuestas del mundo campesino, con la práctica de la minga, o con apuestas feministas en muchos momentos en el paro. Y claro que son prácticas que a veces se pueden sentir transgresivas, porque no protestan por la calle y bloquean vías, pero en esas transgresiones hay algo constructivo, que quiere hacer las cosas de otro modo y desmantelar violencias más estructurales y sistémicas. 

Protestas en Colombia - Paro nacional
Protestas en Colombia – Paro nacional. Foto: Anadolu

Diario Criterio: En el libro, y en una de sus columnas para Diario Criterio, critica la posición no-polarizante que asumen en Colombia los políticos que se llaman a sí mismos de ‘centro’. ¿Por qué considera esa posición tan problemática? 

L.Q.: Porque esta posición contribuye a crear formas de odio que supuestamente se pretenden contener. El discurso de la polarización obviamente está muy vinculado con posiciones liberales, que en distintos momentos han querido situarse más allá de ciertos extremos. Y obviamente el cómo se configuran los extremos depende de la posición histórica. Pero en el contexto colombiano, que es el que me interesa a mí pensar hoy, lo que está en juego no son dos extremos como podrían ser, en otro momento, una extrema izquierda que quiere tomarse el poder por las armas y una extrema derecha que también usa todos los medios para apoderarse del poder y erosionar el Estado de derecho. Hoy las insurgencias son muy marginales y están más metidas con negocios de tráfico de drogas, y la izquierda dominante en Colombia es democrática y le apuesta a la participación por las vías legales. Por eso esa visión de los extremos enmascara el hecho de que hay un antagonismo más radical entre una visión fuerte de la democracia y una visión de la ultraderecha que quiere poner en cuestión y erosionar el Estado de derecho.

Diario Criterio: ¿Ese es el debate de fondo?

L.Q.: El conflicto realmente es ese: en qué medida algunas apuestas están cuestionando el modelo neoliberal y en qué medida hay otras que, por el contrario, lo apoyan. Y yo creo que quienes enfatizan hoy en la idea de polarización realmente siguen a ese modelo neoliberal que se basa en unas lógicas de privatización, que debilita los espacios y los marcos públicos, que está más interesado en la protección de los mercados y de las inversiones extranjeras, y que no pone en cuestión prácticas del extractivismo y de las economías a gran escala que están dañando los territorios. Por eso, aunque esas apuestas políticas se digan democráticas y liberales, en realidad contribuyen a las políticas más antiderechos y más regresivas. Porque el neoliberalismo exacerba desigualdades. Y en la medida en que lo hace crea una condición propicia para el odio. 

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Diario Criterio: En el país se dice mucho que el uribismo ha manipulado sensaciones como la rabia y el resentimiento para mantenerse en el poder o para ganar elecciones, como la del plebiscito por la paz, en la que uno de ellos confesó que querían que la gente “fuera a votar verraca“. ¿Cómo ve la rabia y su uso en este tipo de situaciones?

L.Q.: El uribismo ha sabido modular y movilizar mucho ese resentimiento que tiene que ver con sentir hacia adentro un daño que yo padecí y buscar culpables. Un resentimiento que tiene una tendencia muy persecutoria: “Tengo que encontrar un culpable a quién atribuirle todo el daño que padecí”. Ellos lo supieron mover identificando culpables que caricaturizaban y desfiguraban: el castrochavista, el degenerado de la ideología de género, el exguerrillero o el guerrillero, etcétera. El punto ahí es cómo se contrarresta esa producción de resentimiento que en realidad es una fuente de odio. Y no se contrarresta simplemente diciendo “está mal sentir resentimiento” o “el resentimiento es negativo”

Diario Criterio: ¿Entonces?

L.Q.: Se contrarresta pensando en cuáles son las condiciones que propician que el daño que yo padezco me lleve a buscar culpables. Una hipótesis del libro, de hecho, es que entre esas condiciones se encuentran el cierre de los espacios para la manifestación del descontento y el desacuerdo. En Colombia no ha habido espacios para la exposición de las divergencias políticas porque hay un espacio político muy clausurado en donde a la oposición siempre la han perseguido y los movimientos sociales han tenido que sufrir múltiples formas de persecución y de violencia. Entonces, el daño que no se ha podido exteriorizar o compartir con otros se interioriza y termina martillando al cuerpo y dejándolo encerrado en su dolor. Así que lo que hay que hacer es multiplicar los espacios públicos y permitir una vida política mucho más vital desde abajo, una democracia real del pueblo, porque en Colombia lo que ha habido es una democracia sin pueblo.

Se cumplen cinco años del plebiscito por la paz
En el plebiscito por la paz, en 2016, el uribismo movilizó emociones como la rabia y el resemtimiento. Eso fue clave en la victoria del ‘No’.

Diario Criterio:  ¿Cómo ve el tema para estas elecciones? ¿Cree que la rabia politizada puede cumplir un papel importante?

L.Q.: Yo espero que sí. Esa rabia politizada la vi movilizada en el paro reciente. De hecho, se hizo muy fuerte esta manifestación de ‘digna rabia’, que junta dos cosas que son la rabia, que es una indignación indócil, con la vida digna. Es la formulación de una posición que ya no quiere soportar más ciertas condiciones de daño y que no solamente quiere denunciar, sino que quiere cambiar y crear otras condiciones. Es muy difícil que eso se canalice inmediatamente por las vías electorales, porque realmente ningún candidato o candidata puede recoger por completo todo ese descontento que se manifestó en el paro, que en realidad fue muy heterogéneo, viene de muchos lugares y, sobre todo, de personas que no se sienten representadas. Pero también creo que sí hay apuestas de país mucho más redistributivas que están pensando en lograr condiciones de vida mucho más dignas, que tienen más conciencia de esos problemas de fondo de país y que de alguna manera atienden mucho más a esos reclamos de una digna rabia. 

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Diario Criterio: Al hablar de la rabia política, de la rabia transformativa, se detiene en el feminismo, ¿cree que las mujeres feministas están usando la rabia de forma activa y positiva?

L.Q.: Hay distintos tipos de feminismo, pero los feminismos que se dan cuenta de que el problema del patriarcado no es simplemente una cuestión de darles más puestos a las mujeres ni de establecer una igualdad meramente formal (que también ayuda aunque sea muy reductivo verlo solamente así), sino que también insisten en que está en juego formas de producción, usos de los cuerpos, sí le apuestan a una digna rabia, porque ven en ella un afecto transgresivo en donde la mujer se mueve de ese lugar de docilidad que le dan las sociedades patriarcales. Me interesa mostrar que en ese caso es una rabia experimentadora, de tejer otras relaciones y no vista simplemente como un afecto destructivo, vengativo o retaliativo. A mí me interesa destacar en esa digna rabia que he visto movilizar en colectivas feministas otras formas de solidaridad, de colaboración, prácticas del cuidado, que no dejan de ser indóciles, ni de usar prácticas de acción directa, que quienes las sufren pueden sentir agresivas, pero que en realidad también están conmoviendo estructuras de violencia más profundas. 

Foto: Luis Miguel Cepeda

3 Comentarios

  1. Me encantó la entrevista muestra un libro con el concepto de la Rabia muy interesante y necesaria para la sociedad y como deberíamos asumirla

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