Realismo mágico: la verdad del patriarca

Más solo que la mano izquierda en esta patria que no escogí por mi voluntad, sino que me la dieron hecha como usted la ha visto que es como ha sido desde siempre. Con este sentimiento de irrealidad, con este olor a mierda, con esta gente sin historia que no cree en nada más que en la vida. Ésta es la patria que me impusieron sin preguntarme, padre (…) respirando polvo, atormentado por la perfidia de la potra que hacía un tenue silbido de cafetera en las audiencias, sin nadie con quien perder una partida de dominó, ni nadie a quien creerle la verdad, padre, métase en mi pellejo. (El otoño del patriarca, 1975).

Primer acto

En ese entonces y el pasado lunes, el libreto, la intención y la escenografía dispuesta por el patriarca eran completamente predecibles. La mesa que intenta magnificar al “prócer” y su pose de mártir de la patria “hija”. El mantel de “hogar del campo” con orillas bordadas seguramente en algún convento. La tela de ese blanco impoluto que solo se mancha por el color sangre de las flores, de los trazos otoñales de las hojas y de los puntitos celeste del tamaño de confetis que intentan hacer festivo un escenario sombrío, pero fértil.

Una escenografía clerical impuesta, donde el patrón oficia su sermón desde el altar de su templo, en compañía de su biblia: la carpeta con los sesenta y dos puntos de su monólogo ante la Comisión de la Verdad. Al lado, una tablet erguida cual espejito-espejito que le reafirma lo guapo e inteligente que se siente.

Su tono grave, con el que repite cada dos palabras “padre”, y que de tanto en tanto decora con un “su reverencia”, confunde a la audiencia sobre cuál será el cura, y crea la duda de si estamos ante una conversación, una confesión o el eterno discurso del patriarca.

No se pierda esta denuncia exclusiva: De Barranquilla a Bogotá, así se conectan el escándalo de MinTIC y el carrusel de la contratación
El padre Francisco de Roux con el expresidente Álvaro Uribe Vélez.
El padre Francisco de Roux con el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Empieza entonces a llover y la voz del gamonal se atenúa entre el sonido de las gotas que parecieran arengar: ¡más verdades, menos vanidades! Como una protesta de la naturaleza a quien también ha cercenado esta guerra. Como un ritual en donde el agua marca la transición de esa gloria que ya hace un tiempo ha empezado a despedazarse, mientras se abre paso el creciente repudio a su figura.

Es claro que él quiere aprovechar ese espacio para su propia imagen porque sabe, muy bien lo sabe, que está en un desplome sin precedentes y necesita recobrarla. Su síndrome de abstinencia a la droga del poder absoluto empieza a darle temblores en lo que llamó alguna vez su mano firme y corazón grande. Temblores que se expanden en su cuerpo por estos tiempos electorales y de tantas verdades que salen a flote.

En todo caso, aunque las nubes detuvieron sus caudales, la lluvia se hizo eterna y la humedad empezó a abrir grietas en la memoria (El general en su laberinto, 1989). Una atmósfera que se fue colando en el escenario del lunes, bajo una memoria desvencijada que el cacique construyó entre la batalla de sus voces internas: la del general en un laberinto insoportable, la del coronel a quien cada vez menos le escriben (y le copian), y la del patriarca en la previa otoñal de su ocaso.

Puede leer: El tesón de las mujeres negras y las demencias ajenas

En medio de ese cuadro psicótico, no puede hacer más que hablar, hablar y hablar. Tal vez para acallar las voces de adentro. Primero, la descripción rimbombante de un acto heroico (para él), luego una justificación, seguido un autorreconocimiento, al instante otra reafirmación de lo hecho y, finalmente, el énfasis perentorio de su sacrificio por la patria. Así una y otra vez, como si tratara de reconstruir el esplendor de antaño con las cenizas de sus nostalgias, como lo diría nuestro nobel de literatura en la obra recién citada.

En medio de ese soporífero monólogo, el verdadero padre Francisco de Roux escucha con humildad, la comisionada Lucía González lo hace con atención, al igual que el comisionado Leyner Palacios. Porque para esclarecer hay que reconocer la existencia del otro y escucharlo. Sin interrumpir, sin juzgar, sin acomodar preguntas para oír respuestas que respondan a nuestras propias verdades.

Escuchar, por más tedioso que parezca, por más distinto que sea el otro, por más violento que se enuncie. De lo contrario, seguiríamos repitiendo lo que el patriarca no se cansa de hacer: oír solo a sus sí mismos para alimentar su insaciable ego, mientras su servidumbre lo aplaude a la espera de alguna orden.

Aparece en el plano una de sus “empleadas” llevando una bandeja a una mesa trasera para no interrumpir. Recordemos que el único que tiene a bien interrumpir es el patriarca con ínfulas de cura. Pero, repentinamente, la señora “debidamente” uniformada cambia el rumbo para esquivar la cámara porque el único que puede salir en ella es el patrón. Tanto así, que a regañadientes permitió que el verdadero padre también quedara en el encuadre, pues se esperaba que fuera una conversación.

Sigue explayándose, pasa las páginas del libreto bíblico escrito por él, enuncia el punto 16, se devuelve al punto 2, salta al 24, luego al 48, y así, repetidamente. Pocas veces se olvida de algo, pero cuando sucede, fija su mirada encima de la cámara y le pregunta a un invisible.

Narra el atentado que sufrió en el municipio de San Francisco, en el cual murió el párroco a quien tanto apreciaba. Un relato que evidencia su delirio de héroe que, a salvo en el helicóptero, tomó una metralla y ordenó cubrir la aeronave de la Gobernación para proteger a los funcionarios de su equipo.

Pero él no es redentor aunque no quiera entenderlo. Es humano, y no hay duda de su dolor. Él también ha sufrido pérdidas irreparables como la de su padre en medio de este conflicto armado que insiste en desconocer. Un dolor que si bien no podemos sentir, ni tampoco lo exime de sus responsabilidades, debemos escuchar junto a su testimonio, así muchos de nosotros estemos en profundo desacuerdo con su pensamiento, con sus acciones y con tantos horrores.

También le puede interesar: Providencia: entre el despojo, el huracán inmarcesible y la dignidad de un pueblo insular

Una de las grandes misiones de la Comisión de la Verdad es escuchar pluralmente para esclarecer, entender, reconocer, reflexionar individual y colectivamente sobre las atrocidades ocurridas, y para desanestesiarnos de la normalización de la barbarie. Solo entonces se abrirá el camino a la reparación, a la reconciliación y a la no repetición. Y esto se hace con todos. Con los de un lado, con los del otro, con los de más allá y con los de más acá. Poniendo siempre en el centro a las víctimas de todas esas partes. De lo contrario, estaremos construyendo una narrativa sesgada y perversa que empeorará la enfermedad de esta sociedad.

Pero el testimonio que se escucha no es en sí mismo una verdad. Es una contribución, una versión que luego se contrasta con otras para zurcir el tejido del esclarecimiento. Para adelantar este ejercicio se deben aceptar las condiciones de quien va a hablar. No solo porque es un acto voluntario y extrajudicial, sino porque es fundamental que la persona se sienta segura, tranquila y cómoda para ofrecer su relato. De ahí que los delegados de la Comisión se sienten a la orilla de un río a escuchar al otro, o se trasladen a su casa como ha sucedido en tantas ocasiones, incluso en el caso del expresidente Gaviria y en los encuentros preparatorios con Santos.

En últimas, asociar la aceptación de condiciones para el testimonio a “debilidad”, a “rebajarse”, o a “falta de entereza”, es reproducir un discurso polarizador de bandos, de ganadores y perdedores, lo cual es nocivo e irrelevante frente a la trascendencia histórica del esclarecimiento.

Segundo acto

Luego de una pausa a modo de eucaristía en la que el patrón ha ofrecido jugo y pandeyucas, la cámara se enciende y todos vuelven a sentarse en los mismos lugares. El presidente de la Comisión, Francisco de Roux, toma la palabra porque ha llegado el turno de preguntar sobre algunos temas centrales.

La voz suave con la que el padre expone, se acompaña de variados cantos de pájaros, cacareos de gallos, latidos caninos y relinchos de caballos. Abruptamente comienzan a ladrar improperios los dos perros de sangre del patriarca. Olieron el miedo de su amo a las preguntas, y atacaron a la comisionada, luego de que su padre la tildara de sesgada.

Llama la atención que el patriarca hable tanto de la autoridad para llevar las riendas del país, cuando en su propia finca no es capaz de controlar la malcriadez de sus hijos.

Se incrementa la tensión y el gamonal se despacha diciendo que pareciera que no lo oyeran. Increíble semejante reclamo luego de que los comisionados lo escucharon sin musitar palabra durante una hora y cuarenta minutos en que no paró de hablar.

Aunque no es de extrañar el reclamo si se tiene en cuenta que, todo gran feudal, al inicio del ocaso imperial, necesita, permanentemente, ser reconocido. Sed propia de quien tiene tantas carencias en el alma. Lo compadezco.

Pero la frenética demanda de reconocimiento no sólo se expresa en esa escena. También se evidencia en su discurso que recalca, sin cesar, el reconocimiento de otros: “han estado tan agradecidos”; “incluso Serpa reconoció mis esfuerzos”, “me reconocieron públicamente”; “me dieron un merecido reconocimiento“, etc. El verbo reconocer en todas sus conjugaciones a lo largo del sermón.

Pero el reclamo en este caso también tiene que ver con el truco preferido del mago, tan obvio y tan repetitivo. Primero: hablo, hablo y hablo. Segundo: cuando el otro tiene la palabra, interrumpo, me victimizo, reclamo y me enojo. Tercero: si con lo anterior no logro sacar de casillas al otro y que se pare de la mesa (para que quede como el intolerante que se fue), empiezo a provocarlo para lograr el cierre y no tener que responder con precisión.

Lea también: El dueño de la finca

Pero es tal la paciencia, el respeto, la coherencia y el compromiso del padre y de los comisionados, que el truquillo mágico no le funciona. Así que vuelve a poner el disco rayado de defensa a su gestión como congresista, gobernador y presidente, extraviado (intencionalmente por supuesto) del norte del esclarecimiento. Pero como dice el general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, déjeme como estoy. La desesperación es la salud de los perdidos (El general en su laberinto, 1989).

Continuamente se alborotan los movimientos de sus manos y sus dedos índices se empinan, señalando (señalando mucho) y recogiéndose. Sube los decibeles de su voz, abre su mano, la pone en el centro de su pecho y declama: “no hay un policía en Colombia que yo le haya dado mal ejemplo de palabra u obra”. Le faltó “y omisión”, porque jamás completará esa oración católica que continúa “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Difícilmente reconocerá responsabilidad alguna y pedirá perdón. Aún espero con ansias, porque eso es esperanza.

En medio de su perorata insinúa que para ciertos casos de falsos positivos fue inducido a error y hasta engañado por militares. Lo cual hace eco con las palabras del protagonista de El general en su laberinto: siempre será así mientras los subalternos sigan mintiéndonos para complacernos (1989). Tan antiguo y tan vigente, tan canalla e indolente.

El patriarca dirige su mano al bolsillo y saca el pañuelo blanco cual caballero que, con valentía, se entrega al reto de la paz. Pero no, lo usa para limpiarse la nariz y, por supuesto, las manos. Intenta ordenarle al padre y a los comisionados lo que deben hacer en adelante: “falta el componente del narcotráfico en la investigación”; “quiero que se investigue una cosa, padre”; “yo si quiero que miren eso de los encasillamientos”. Así, sin más, sin un ápice de sonrojo. Como si de repente se exacerbara su alucinación presidencial. Tal vez fruto de su perpetua negación a que su mandato, hace más de una década, acabó.

El patetismo de la esclavitud al poder es, definitivamente, el peor de los finales.

Pero insisto, la atmósfera lúgubre no hace infértil el encuentro. Al contrario, ya sabemos que la mayor contribución del patriarca al esclarecimiento es que no aclarará. Sabemos también de la potencia simbólica de ese espacio, pues la paradoja de desconocer las instituciones del Acuerdo de La Habana y a la vez reconocer al padre, a los comisionados y toda la puesta en escena (que él mismo dispuso), no solo se supera con su afirmación de querer contribuir a la verdad, sino que da cuenta de que necesita ese aparente “contrario” (como le conviene hacer ver a la Comisión), para subsistir en el tiempo. Su mayor temor, el olvido, se lo ahuyenta la Comisión. Y lo mejor, su intento de sabotaje vuelve a poner en primer plano de la discusión nacional el tema de la paz.

Así que aquí no hubo lo que algunos han llamado inferioridad simbólica o sacrificio a la dignidad. La grandeza de las víctimas no está en juego. Quien se juega el recuerdo, porque ya no tendrá júbilo inmortal, es el patriarca. Y si se queda con la carga inmerecida de la verdad (El otoño del patriarca, 1975), se avizora el final de esta obra con el siguiente parlamento:

– Dime qué comeremos.
El Coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explicito, invencible, en el momento de responder:

– Mierda
(El coronel no tiene quien le escriba, 1961).

Siga leyendo: 

42 Comentarios

  1. Katherine Saavedra

    Camila, me ha gustado mucho leerte. Ojalá no muera nunca ese deseo en las personas de hacer visible tantas situaciones que, aunque con todas las redes sociales y medios que tenemos(aunque algunos nublados) no llega a tantas partes como se quisiera o que simplemente son ignorados por creencias ciegas. Gracias.

    1. Excelente el artículo, que básicamente es un ensayo. La radiografía de una entrevista que buscaba la verdad y desnudó la patética familia Uribe Moreno, educados en la pataneria y la prepotencia. Gracias por poderla leer.

      1. Juan Gregorio Velez

        Gracias Camila.
        Buenísimo el escrito con tu estilo propio. Lástima que el personaje no dé para más. Todos, con lo que somos, sabemos y tenemos, hacemos lo que podemos. Con su ética no se puede esperar más.

  2. Felicitaciones, Camila. Excelente. Muy apropiada la analogía con el Otoño del Patriarca. Comparto la opinión de que fue acertado ir y la gallardía compostura del Padre De Roux.

  3. Increíble las descripciones que haces de las escenas del encuentro. Es como si estuviera allí viéndolo pasar en una película. Muy buen análisis, que nos pone a pensar en nuestro pasado, presente y el futuro que nos espera en este país que sigue repitiendo una y otra vez su historia.
    Éxitos!!

  4. Ramón Elías Sánchez

    Felicitaciones, Camila Rivera González. Pocas veces se encuentran páginas periodísticas que a la vez se constituyen en piezas literarias obligadas de referencia para el estudio de nuestra historia. Deliciosa lectura, provocadora pero respetuosa y serena, desde tu definida y lúcida perspectiva.

  5. Saludos Camila. Gracias por tu lucidez y talento literario tan asertivo para poner el dedo exacto en la infamia y mostrarla en toda su magnitud. Si el Matarife tuviera alma o dignidad, al igual que su mujer (intelectual asintomática. la que nunca ha dicho ni mu ante los desafueros de su esposo) y su prole, si tuvieran real empatía con este pueblo al que han victimizado; con este texto tendrían que morirse de pena, de vergüenza.

  6. Luis Miguel Tamayo Gaviria

    Agradable y profundo análisis. Mientras leía, recordé una frase que decía el expresidente López Michelsen sobre lo mucho que le gusta a Uribe esa emotiva controversia de gamonal y politiquero : “A Uribe le gusta tanto pelear que compra fincas con tigre pa´cazar el animal” El paralelo que hace en su artículo con las obras de García Márquez , magistral !! Disfruté mucho su lectura, gracias Camila. Seguiré atento a CRITERIO a ver si hay más joyas suyas.

    1. Me parece que es el más profundo análisis que se ha hecho de esta situación, enmarcado en un documento literario digno del título “realismo mágico”. Mil gracias por tan buen escrito.

  7. Quizá la mejor pieza literaria sobre esa circunstancia. Quizá la mejor pieza periodística sobre esa circunstancia: un texto literario-periodístico impecable. Felicitaciones. (Una opinión personal desde la ignorancia).

  8. Qué capacidad de describir con precisión cada gesto, cada palabra, cada moviendo. La verdad, me sentí presenciando el acto… estar al lado del padre Roux

  9. Qué capacidad de describir con precisión cada gesto, cada palabra, cada movimiento. La verdad, me sentí presenciando el momento… estar al lado del padre Roux escuchando al patriarca.

    1. Qué artículo tan extraordinariamente bien escrito, toda una pieza literaria, que claridad para percibir todos los lenguajes que se dan en un momento tan cargado de emociones y contradicciones como este. Mil gracias

  10. Disfruté mucho leer este artículo. Y de ahora en adelante me suscribo para continuar leyendo tan interesante contenido.

  11. Juan Felipe González Mejía

    Crónica de una fatalidad anunciada, del destino nuestro que busca el mar, receptáculo inexorable de la lluvia y todo lo que se reclame humano. Pero mientras alcanza el río, primera etapa de su peregrinaje, nuestra historia va revuelta en la cloaca con toda la mierda y el desecho de la barbarie. ¿Habrá luz al final del tubo?

  12. Muy buen artículo…una joya. Desde la descripción de la puesta en escena, tan propia de Uribe, hasta la narración entrelazada con las citas de Gabo.
    Pero entre todo, tan bueno, me quedo con tu visión de la importancia que tiene escucharnos, en silencio, sin interrumpir, no como gesto de derrota sino como acto reflexivo. Para que de todo, lo.bueno y lo malo, lo que compartimos y lo que no, pueda construirse el “qué” y el “por qué” nos pasó todo esto. Gracias. No los conocía. Seguiré desde hoy Criterio, leyondolos y leyéndote.

  13. Gracias Camila, por la urdimbre de esta narrativa, esa es la memoria que solo esta en el corazón de las lectoras despiertas.
    como nos gustaría ( a los lectores) que hicieras un retrato de doña Lina de Uribe, a partir de uno de los personajes de Shakespeare.
    en espera de esa poética, seguire soñando que aun estoy vivo

    1. Excelente idea la de una semblanza de la mosquita muerta cómplice beneficiaria de todos los abusos políticos y económicos, que posa de intelectual y cita a Ciorán para darse pedigrée.

    2. Por su eterno silencio, por su taimada presencia, por su connivencia con le mal, además de beneficiaria como accionista de múltiples corporaciones beneficiadas con las políticas económicas de su esposo, esa señora también merece el escarnio.

  14. Claro y contundente, uno de los mayores victimarios del país tanto por acción como por omision, de manera directa o indirecta, aparece o pretende aparecer como la víctima, pero el tiempo ya no le alcanza su lúgubre otoño llego y para quedarce, aceptarlo y reconocer sus culpas y responsabilidades seria lo menos que debería hacer, quizá con ello logre por lo menos que su prole y cercanos algo le crean y su soledad y aislamiento no le sean tan amargos.

  15. Aún queda en nuestra patria la verdad periodística y literaria que retrata fiel y críticamente ka maldad colombiana encarnada en los mismos hace TANTOS años, y más en esa carnita dañina y esos huesitos porosos. Gracias por su cátedra de luz y disciplina.
    Jericó Antioquia

  16. Súper y maravillosa descripción de un acto,necesario per sé,pero desafortunadamente malogrado,por quién intenta maquillar a su gusto su sed de reconocimiento,con la solicitud de lo que no tiene derecho

  17. federico Restrepo S.

    A propósito de la presencia de los Comisionados de la Verdad en la catedral del ungido y el magnifico encuadre que hace la escritora Camila Rivera González sobre la disposición del escenario en una mesa de conversación tratando de encontrar las razones de víctimas y ofensores/ras históricas de lo que nos ha pasado como sociedad para decir los menos, durante los últimos doscientos once años de luchas fratricidas, sería bueno que los herederos injustos de éstas empezáramos a narrar y visibilizar como lo ha hecho bellamente Camila la tragedia personal de quien paradójicamente fue elegido entre el 26 de enero y el 4 de febrero del 2013 como el Gran Colombiano por votación de más de un millón de personas con el 33.3 % de los votos en el concurso auspiciado a través de la página web del canal History Channel. ¿Qué tipo de sociedad elige como tal a un ser humano que se arropa en el trapo tricolor y en palabras vacías como “la patria” para librar su venganza personal por las oscuras causas de la muerte de su padre con los recursos de todos en contra del enemigo ideal para atornillarse directamente o por interpuesta persona durante 20 años en el poder? No solo es culpa de él, el dedo acusador de todos los males del país antes radicaba en el ex-grupo insurgente FARC – EP, hoy en Uribe Vélez. En donde nos perdimos como sociedad cuando se deifica por amplios sectores de la sociedad a un ser de carnitas y huesitos tan humanos? Lo único que reflejó la conversación con los Comisionados de la Verdad a pesar de las plumas afiladas de uno y otro bando es la naturaleza falible de ese ser: Su miedo, su temor. No en vano lanza la propuesta de una amnistía general que lo acoja precisamente a él. Gracias a Camila por iluminar el camino de los desesperanzados.

  18. Yenny Mayorquín

    Que maravilla de columna… La analogía es perfecta, tranquila, Suavemente nos va llevando… Siempre pensaba en el coronel como un señor bajito, uniformado, algo gordo.. pero no, no es el que siempre tuve en mi mente, es el que tú dices

  19. Creo que estamos en presencia de una talentosa escritora y analista. Me quito el sombrero, muy bien escrito. Y escrito con finura ética y conceptual. Felicitaciones, Camila.
    Un saludo.

  20. Excelente presentación de un encuentro que, se sabía, no aportaria elementos diferentes, al ya conocido delirio de reconocimiento del “todo poderoso” y gamonal perenne de la historia colombiana. Excelente y magistral descripción, es una genialidad literaria la analogía con el realismo mágico. Gracias Camila, por no destilar odio, rencor y gritos desaforados al relatar este encuentro.

Deja un comentario

Diario Criterio