La Policía de la Memoria, la nueva novela de Yoko Ogawa

La más reciente novela de la galardonada escritora japonesa explora la memoria, el lenguaje y la opresión en una isla donde las cosas -y los conceptos- paulatinamente desaparecen.

Uno a uno, los objetos empiezan a desaparecer. Las campanas, las frutas, los moños, los pájaros. Los habitantes de la pequeña isla, aislada del resto del mundo, ya se han acostumbrado al extraño fenómeno. Sin resistirse, con apatía, la mayoría quema en su patio trasero o vierte en el río eso que las autoridades han decidido eliminar. Así, un día, las aguas del arroyo absorben el líquido de cientos de frascos de perfume, envenenando a los peces. Así, otro día, en el horizonte se elevan las columnas de humo de las fotografías incineradas. Nadie parece lamentar las contantes pérdidas: cuando algo desaparece, también se esfuma todo recuerdo y toda asociación. 

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Pero no todos están dispuestos a dejarse arrastrar hacia el fango del olvido. A la sombra de la metódica Policía de la Memoria, una especie de Gestapo encargada de erradicar todo rastro de lo desaparecido, opera una difusa red clandestina que busca salvaguardar la memoria. Sus miembros no solo esconden objetos, sino también a las personas que, por razones misteriosas, tienen la habilidad de recordar lo borrado. Entre ellos está el editor de una novelista que, preocupada por su amigo, decide esconderlo de las autoridades. Pero, ¿podrán los dos eludir a la implacable Policía de la Memoria? ¿Y podrá ella salvar a su editor al tiempo que, poco a poco, su memoria y su lugar en el mundo se esfuma cada vez más por culpa de las desapariciones? 

La campaña de promoción de La Policía de la Memoria, la más reciente novela de la premiada escritora japonesa Yoko Ogawa, ha querido enfatizar su carácter distópico. En la contraportada del libro aparece la palabra “orwelliano”, tanto en la edición en inglés como en la edición en español, a cargo del sello TusQuets. El adjetivo, sin embargo, puede resultar engañoso. Si bien existen paralelos entre la novela de Ogawa y clásicos como 1984 o Un mundo feliz, la de ella no desentraña los motivos -o el origen o la estructura- del estado opresor. El único punto de contacto con el mundo político es con los miembros de la Policía de la Memoria, una entidad que, justamente por ser tan enigmática, se abre, en su vaguedad, a las analogías y a la poesía. Sí, puede simbolizar el peligro del fascismo, pero también la vejez, el alzhéimer, el paso del tiempo, la soledad o el desapego. 

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Las oraciones de Ogawa son precisas, breves, limadas. La belleza de la novela brota, sobre todo, de la simpleza en la que es narrada. Una y otra vez, la escritora establece bellos paralelos entre la naturaleza y el crecientemente precario mundo interno de la novelista, su narradora. Al mismo tiempo, una sensación de extrañeza envuelve la trama: a medida que avanza la historia, los objetos que aún no han sido desaparecidos aparecen bajo una nueva luz: quizás pronto se esfumarán. De esa manera, la novela ilumina sin necesidad de nombrarlo la fragilidad del vínculo que existe entre sus protagonistas y todo lo que los rodea. Porque en La Policía de la Memoria los objetos no son solo objetos: son portales hacia el pasado; intermediarios que guardan la habilidad de detonar recuerdos y, así, permitirles a los personajes establecer un puente entre eso que son y eso que fueron.

La novela de Ogawa explora, también, el misterio del lenguaje y el del proceso creativo. Además de ofrecerle refugio a su editor, la protagonista se pasa los días escribiendo una nueva novela que, enigmáticamente, refleja su situación actual. Pero el ejercicio narrativo pronto se le convierte a ella en una carrera contra reloj. ¿Cómo puede concebir un mundo cuando cada vez más palabras han quedado huecas? ¿Cómo usarlas cuando, en vez de resonar, ellas han sido arrojadas al vacío? 

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