Rodolfo y Maduro: almas gemelas

Hoy concluye uno de los procesos electorales más extenuantes, virulentos y disparatados de la historia del país. Aunque, en todo caso, diferente al proceso electoral de 1970, en el que se le robaron la presidencia a Gustavo Rojas Pinilla; o al de 1986 que ganó Virgilio Barco y asesinaron a Jaime Pardo Leal, o al de 1990 que ganó Cesar Gaviria y asesinaron a Carlos Pizarro y a Luis Carlos Galán. El proceso concluye sin que la Registraduría cumpliera la orden del Consejo Nacional Electoral de que se practicara una auditoría internacional a los softwares usados en las elecciones.

Arrancó con precandidatos para todos los gustos: desde connotados académicos y figuras públicas como Sergio Fajardo, Alejandro Gaviria y Juan Carlos Echeverry; congresistas en ejercicio como María Fernanda Cabal, Paloma Valencia, David Barguil, Juan Manuel Galán, Carlos Anaya o Gustavo Petro; hasta ilustres desconocidos en el plano nacional como Francia Márquez, Fico Gutiérrez, Rodolfo Hernández o Alirio Barrera.

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No hubo en las consultas presidenciales una sola confrontación intelectiva memorable, quizá porque Fajardo permaneció confundido y extraviado, o porque Enrique Gómez, arrancó desde muy abajo, o porque Vargas Lleras, el más preparado político de la derecha, se negó a participar en la contienda, lo que dejó sin antagonista de peso a Gustavo Petro, polemista experimentado y expositor brillante.

Aunque recuerdo con deleite el banquete que se dio Rodolfo Hernández cuando el debate de los “Pesos Pesados”, a costillas de Enrique Peñalosa, Federico Gutiérrez, David Barguil y Juan Carlos Echeverry. “Los neutralizó de entrada, los colocó a la defensiva con su discurso de choque, directo, elemental y provocador de curtido demagogo”.

Los resultados de las consultas presidenciales arrojaron pistas para que los analistas creyeran que la confrontación, en la primera vuelta, sería entre el petrismo y el uribismo, merced al ajedrez del expresidente Uribe, catapultando a Fico dentro de la coalición Equipo por Colombia.

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Pero la poderosa zaranda de la primera vuelta dejó en claro que las fuerzas del cambio eran más poderosas que las del continuismo. Las apetencias de cambio encarnadas tanto en Petro como en Rodolfo triunfaron con amplitud. Petro, aunque se consolidó, no logró el cambio en primera; por su parte, Rodolfo emergió como un ciclón, al mostrarse como un anciano bonachón, encantador y paladín de la anticorrupción. Aunque no parecía muy preparado para la contienda, su ropaje de antipolítico y antisistema lo convirtió en una magnífica opción.

Inicialmente los analistas trinaron que la suma matemática de los votos de Rodolfo Hernández con los de Federico Gutiérrez, le darían un holgado triunfo al hasta ese momento indescifrable exalcalde de Bucaramanga.

Pero, lo cierto era que, pese a su triunfo, Colombia aun no conocía suficientemente al Rodolfo que había cautivado a millones de votantes con una frase efectista y repetida como cantaleta: “acabar con la robadera”.

Y lo empezaría a conocer en la segunda vuelta, cuando apareció otro Rodolfo muy diferente al de la primera. Ahora los audios y videos develaban una personalidad extravagante, narcisista y manipuladora, que lo llevaba a mentir descaradamente. Ya no era el anciano bonachón sino un ser colérico, vengativo, amenazador e incapaz de sentir culpa. Además absolutamente soez e ignorante en las cosas atinentes al Estado.

Inicialmente pensé que los audios en los cuales Rodolfo decía cualquier cantidad de disparates y ofensas, era el trabajo de un genial imitador al servicio de la campaña de Petro que quería desprestigiarlo. Pero no. Era el mismo Rodolfo de la segunda vuelta el que se había dedicado, con la laboriosidad de un artesano, a destruir al Rodolfo de la primera vuelta. Todos los días se conocían nuevos pronunciamientos irrespetuosos e indignos, en los que hacía gala de su impulsividad y de su incontinencia verbal que develaban su condición de anciano adolescente malcriado.

Rodolfo Hernández propuestas
Rodolfo Hernández propuestas. Foto: AFP

Con dos agravantes: su discurso anticorrupción, que constituía su único baluarte, también fue destruido por la contundencia de los numerosos líos jurídicos que le precedían. No solo por el caso Vitalogic por el que ya está acusado, sino por otros de acoso laboral, y por más de una decena de casos disciplinarios. Por otra parte, todas las oficinas políticas, incluida la del uribismo, por las que se había votado en contra en la primera vuelta, se le metieron a su campaña por todos los orificios. Ahora, en la segunda vuelta, ya no representa ni la anticorrupción ni el cambio. Se convirtió en la única opción para darles respiración artificial a la vieja clase política.

Pero aún faltaban otras cosas por venir. A los diez días de las elecciones se conoció, por su propia boca, que estaba amenazado de muerte: “esa matada no es a plomo, será a cuchillo”, por lo que decidió cancelar todas sus apariciones públicas en el país y se refugió en Miami. Este hecho se interpretó como un acto de cobardía personal, lejana al espíritu santandereano, así como de desconfianza con las autoridades del país.

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Tampoco fue de buen recibo que el empresario-candidato se negara a asistir a un debate televisado con Petro, no obstante que los obligaba el fallo de tutela del Tribunal Superior de Bogotá, que ordenó a los candidatos, concretar de manera conjunta, un debate en un plazo de 48 horas. Rodolfo envió una insólita carta en la que consignaba sus condiciones para asistir a dicho debate: que fuera en Bucaramanga con temas lejanos al programa presidencial, con presentadoras de su agrado y que la campaña de Petro pagara los gastos. Petro sorprendió al país aceptando la totalidad de las condiciones, aunque al final Rodolfo escabulló el debate mostrando cobardía intelectual.

Rodolfo, entonces, no es un anciano bonachón y culto como Pepe Mujica, la realidad es que es muy parecido a Maduro. Ambos son hombres orgullosamente incultos, chabacanos, intolerantes y despiadados. Aunque, justo es reconocerlo, Maduro no es tan soez como el empresario santandereano

No quiero ni imaginarme el manejo que le darían, estos dos personajes, a los litigios de ambos países hermanos, en el hipotético caso de que el candidato santandereano fuera elegido. Si Rodolfo ha sido capaz de amenazar a sus enemigos con pegarles un tiro, ¿qué podría pasar en una disputa entre un Rodolfo y un Maduro? Las rencillas entre Duque y Maduro, que han hecho tanto daño a ambos países, serían solo juego de bebés, frente a lo que pudiera ocurrir entre dos descompensados con ejércitos propios. ¡Jesús Credo! decían Emeterio Y Felipe, Los Tolimenses. 

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