Roma y la literatura colombiana

Pocos escritores colombianos se han atrevido a poner en sus novelas, cuentos y poemas, aspectos de la Roma antigua. Fueron los modernistas y, en particular, Guillermo Valencia, quienes lograron hacer una literatura cargada de referentes grecolatinos. Las viñetas neoclásicas del bardo de Popayán sobre la antigüedad romana fueron casi que canonizados por un establecimiento conservador que vieron en esta impronta un motivo de inteligencia, equilibrio poético y buen gusto.

A inicios del siglo XX se publicó Phineés, de Emilio Cuervo. Una historia de un judío de gustos refinados, en tiempos de Jesús, que lee a Horacio, seduce a romanas prestigiosas y se contagia de lepra y cristianismo. Pero, a pesar de que está excelentemente escrita, la novela de Cuervo pasó un poco desapercibida en aquellos años. 

Más de Pablo Montoya: ‘Los Idus de marzo’

Curiosa situación teniendo en cuenta el poder que tenían los gramáticos colombianos, tipo Miguel Antonio Caro, cuyas traducciones de Virgilio fueron consideradas como las mejores en las coordenadas hispánicas. Pero lo más importante entonces parecía ser el costumbrismo, el romanticismo y las literaturas regionales que Manuela de Eugenio Díaz, María de Jorge Isaacs y Frutos de mi tierra de Tomás Carrasquilla señalaban como el rumbo a seguir. 

Es en la segunda mitad del siglo XX, sin embargo, cuando aparecen obras más interesantes impregnadas de lo romano. Ahí está El signo del pez de Germán Espinosa, que hace poco reeditó Alfaguara. La novela relata, a veces con acierto, a veces aquejada de la retórica rimbombante del modernismo, las maneras en que Pablo de Tarso ideó un cristianismo cosmopolita, insuflado de conceptos estoicos, platónicos y gnósticos, y no clausurado en el judaísmo puritano de los apóstoles. 

Germán Espinosa
Germán Espinosa

También está el bello cuento de Álvaro Mutis, La muerte del estratega, en la cual se cuentan las aventuras –con el gran sentido poético que el escritor supo darle al abrazo de amor sensual y fracaso que conlleva toda empresa humana– de un militar romano en tiempos de la Bizancio iconoclasta. 

De esa tradición modernista, que se expandió por toda Hispanoamérica a lo largo del siglo XX para darle espacio no solo a Roma, sino a los imaginarios estéticos orientales, árabes y escandinavos (mírense los casos de Jorge Luis Borges y Octavio Paz, para hablar de los más relevantes), han surgido en Colombia algunas narraciones dignas de mencionar en los últimos años. 

Y es como si ellas, así sean poquísimas, expresaran soterradamente, en medio de un ámbito dominado por las urgencias de lo local, que lo acontecido en Roma hace siglos es también patrimonio de este país que parece haber sido saqueado literariamente por la violencia de los narcos, los guerrilleros y los paramilitares. 

Puede interesarle: Samuel Vásquez o el magisterio

El cuento de Enrique Serrano, El día de la partida, sobre el suicidio de Séneca, fue elogiado en su momento y es uno de los cuentos, junto al del estratega de Mutis, más entrañables de nuestra narrativa. Algo similar ocurre con la novela de Orlando Mejía, El médico de Pérgamo, donde la voz sabia e irónica de Galeno cuenta sus avatares científicos y sus concepciones humanistas durante los reinados de Marco Aurelio, Cómodo y Caracalla. 

Al lado de esta novela, y de las que Enrique Serrano ha dedicado a Orígenes (El hombre de diamante) y a Livia (La diosa mortal), se sitúa Lejos de Roma. En ella trato el exilio de Ovidio para ponerlo en consonancia con los millones de exiliados que el mundo actual ha dejado en la geografía del planeta. 

Pero ¿quién lee estas obras en Colombia donde, según algunos, la presencia de Roma es una muestra de la pedantería y el escapismo intelectual de algunos de sus escritores? La respuesta es más que evidente: un pequeño círculo que, en vez de ampliarse, se torna cada vez más pequeño.

El médico de Pérgamo

Lo llamativo del fenómeno es reconocer que, pese a esa insularidad, la literatura latinoamericana y colombiana, en estos casos, ha querido romper con las ataduras impuestas por los respectivos regionalismos artísticos. Es como si, frente a proclamas nacionalistas, que hoy resultan siendo más que cuestionables inadmisibles, hubiese una tendencia estrecha, aunque contundente, que se separa del camino de lo que desde hace años es política y culturalmente correcto. 

Si hablamos y escribimos en español, esa forma del latín contemporáneo; si tantos hábitos, desde la conformación de los mercados hasta la construcción de las casas y edificios, de los coliseos y las fuentes; si el código civil y el diseño de la justicia y la abierta fraternidad del cristianismo y los burdeles y los teatros vienen de Roma; y nuestro imaginario cotidiano, atravesado de chistes y sueños, se anclan en esa civilización, que fue espléndida en su literatura y su filosofía y brutal en sus hábitos guerreros; si, en fin, una buena parte de nuestra historia social pasa por Roma hasta llegar a nuestros días, ¿por qué resultaría ajeno ocuparnos de ella?

Siga con: ‘El entenado’, grandísima novela

6 Comentarios

  1. HERMOGENES MEJIA POSADA

    REITERO, INSISTI, QUE ESTAS BREVES REFLEXIONES, ESCRITAS DE MANERA CONCISA Y PRECISA, NO SOBRAN A LA HORA DE PENSAR Y DE ESCRIBIR SOBRE LO QUE LA ROMA ANTIGUA HA REPRESENTADO, REPRESENTA Y REPRESENTARA , PARA NOSOTROS LOS COLOMBIANOS, HABLANDO Y PENSANDO OS DESDE LA HISTORIA SOCIAL Y LA HISTORIA CULTURAL…..

Deja un comentario

Diario Criterio