Rüdiger y la tarea de hacer larga la cobija

La teoría la expuso alguna vez Elba De Padua Lima “Tim”, si no estoy mal cuando dirigía a San Lorenzo de Almagro, y aquella sentencia se convirtió en un lugar común a la hora de citar el desequilibrio de un equipo, pero también es una de esas frases tan sabias que todavía llama la atención que no se la hayan adjudicado a Winston Churchill o a William Shakespeare: “El fútbol es una manta corta: si te tapas los pies te descubres la cabeza, y si te tapas la cabeza te descubres los pies”.

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Y el Real Madrid de Ancelotti supo padecer mucho por cuenta del chiflón que entró en su zaga durante esta campaña, más allá de ser el ganador de Liga y Champions: Entre Alaba, Militao, Carvajal, Nacho, Vallejo, Mendy y compañía buscaron por lo general apilar la mayor cantidad de ladrillos para no ser agredidos por sus adversarios, aunque con poco éxito: los adobes a veces parecían fichas de Estralandia que eran superados por los atacantes rivales, hasta que se encontraban con un inspiradísimo Thibaut Courtois, que volaba por los aires con su físico larguirucho y su rostro de Torombolo -aquel personaje de tiras cómicas que tocaba la batería en la historieta de Archie y sus amigos-, apagando llamaradas por doquier.

Por eso aparece Antonio Rüdiger en el camino. Seleccionado alemán que encontró su mejor forma futbolística en el Chelsea, para ayudar a cubrir con algo más fuerte que masilla epóxica esos profundos orificios de los blancos. Y ahí está el reto: saber si Rüdiger -de comienzos auspiciosos con Stuttgart y con rendimientos desnivelados como una taquicardia en el AS Roma- sabrá asumir ese rol tan complejo de los equipos gigantes: defender lejos del arco y saber cubrir con tiempo y espacio las hectáreas de césped que lo separan de su arquero.

Antonio Rüdiger
Antonio Rüdiger fue presentado hace dos semanas como el nuevo jugador del Real Madrid.

Hubo casos famosos que sucumbieron frente a la cobija corta del Real Madrid: El espía Spasic, que llegó a reemplazar a Óscar Ruggeri y que se destacó al lado de Vulic, Jozic y Hadzibegic en aquella Yugoslavia del noventa, no encontró una totuma lo suficientemente grande para sacar el agua del Titanic que él mismo creó. Su historia trágica en defensa culminó aquella tarde-noche en el Camp Nou, cuando en el clásico más importante del fútbol español marcó un gol en propia puerta.

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Hubo más nombres: Walter Samuel, impasable con la Roma, fue retazos en la zaga blanca, igual que Johnatan Woodgate, famoso por aquella magnífica dupla que hizo en Leeds United con Río Ferdinand. Entre lesiones y enfermerías poco y nada jugó y el día que pudo hacer pie marcó -al estilo Spasic- un autogolazo contra Athletic Bilbao.

O Metzelder, indiscutible internacional con Alemania y que de pronto miró hacia todas partes como preguntándose por qué estaba jugando contra Alcorcón y perdiendo 4-0. Incluso Gabriel Heinze, en su origen lateral, pero que a veces se ubicó en ese puesto. O Pepe, que, aunque terminó bien, tuvo bastantes crisis por la manta corta de “Tim”.

Ahí está el reto de Rüdiger.

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