Sainetes de Estado (2)

La política en la Argentina es y ha sido un tango. A su doble e infausto compás, lo cantan y lo bailan sus dirigentes con su pueblo, los dos, cual piruéticas y pegadas parejas. Tanguistas ambos, Borges situó este género en la pura nostalgia. Los más elementales coincidimos en que es un drama, una tragedia y un amargo destino. Así, su política y su derivada, la economía. ‘Volver’ es quizás el tango que mejor las define. 

Volver. La década de 1990 fue una copia de lo que ocurriera en 1890. Despilfarro, corrupción, burbuja especulativa, crecimiento desaforado de la deuda pública (en ambas fechas se calculó que ascendía a más del 62 por ciento del PIB); suspensión de pagos de esa misma deuda pública, desplome bancario, inflación desbocada, hambre. ¡Ah, y lo más simpático! ¿Se acuerdan del corralito del ministro Cavallo, según el cual no se podía retirar sino una suma limitada de las cuentas bancarias? Pues 100 años antes, en 1890, ya se había decretado algo idéntico. Volver.

En 1890 renunció el presidente Juárez. Más o menos un siglo después, renunciaron los presidentes Alfonsín y luego De la Rúa. Repetición de aquello que la Escuela de Salamanca llamó rex inutilis. Rey inútil, incapaz. Presidentes así. Volver.

Por estas fechas, el 26 de julio de 1890, se inició en Buenos Aires un golpe de Estado, o más bien un sainete en el cual sus gestores aparentaban querer tumbar al presidente, pero realizando al mismo tiempo tantas maromas como para no lograrlo.

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Los personajes

Miguel Ángel Juárez Celman, presidente titular. Dignatario de fábula y de elementales procederes y decires. Frases suyas: el sufragio universal es una peste; el pueblo (que lo había elegido) solo tiene opiniones turbias; aquí solo existe nuestro partido; todas las gobernaciones son y serán nuestras. Por ello, a su período lo llamaron el unicato. Bien bautizado.

Alejo Julio Argentino Roca, expresidente, mentor del anterior y muy disgustado con este; el mandamás de la época, planificador del supuesto golpe.

Carlos Enrique José Pellegrini, vicepresidente, conchabado con el anterior para todos los efectos.

Manuel Jorge Campos, quien estaba en el ajo del simulacro, general a quien se le encomendó dirigir sobre el terreno el falso golpe.

Leandro Nicéforo Alem, político muy popular, a quien se le había prometido la presidencia después del golpe triunfante, pero fue solo el instrumento, el de fachada, a quien se le birlaría el ofrecimiento de la posible primera magistratura.

En esta comedia hubo un prolegómeno patético. En las elecciones locales de febrero 3 no votó nadie. Marca mundial histórica del abstencionismo democrático.

El 26 de julio de 1890, la pantomima se desarrolló en tres días.

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Día primero. Los conjurados se tomaron la Plaza de Artillería. El presidente Juárez abandonó la Casa Rosada, sede del gobierno, la cual quedó custodiada por solo cinco policías. Si en los golpes de Estado clásicos la toma de la sede física del gobierno indica que se ha triunfado, no obstante su indefensión y el encontrarse ella a menos de 900 metros de los insurrectos, el general Campos dio la orden de abstenerse. El ocupar esa sede, los obligaría a posesionar a Alem, el señalado no deseado.

Roca y Pellegrini convencieron al presidente Juárez y lo condujeron al Cuartel del Retiro. Lo inmovilizaron, desprotegido, a 500 metros de los sublevados. Los civiles que deberían aprehender al presidente no aparecieron. Esa demora les permitió a algunos oficiales leales  organizar por su cuenta la defensa del mandatario, sin que este lo supiese ni se interesase.

Segundo día. Se insistía en la toma de la Casa Rosada. Campos se negó. “Ustedes, abogados -arguyó- saben manejar sus pleitos. Yo sé dirigir a mis tropas”.

El ambiente era muy raro. Lento. Como que ningún bando quería definir el asunto. Un periódico tituló: “Esta revolución anda por las calles buscando quien la dirija”.

Un buque de guerra en manos de los complotados, que debería bombardear ciertos objetivos, al no recibir la señal debida a través de unos globos, lo hizo en varias direcciones; y además equivocadas. Un navío norteamericano, el Tilapoose lo conminó a abstenerse. Neutralizado. Días después el gobierno les entregó un pergamino de agradecimiento a esos gringos, los “salvadores”.

Día tercero. Los golpistas se rindieron y se entregaron. Un senador resumió todo este jaleo en diciente frase: “La revolución está vencida pero el gobierno está muerto”. Y en efecto, después del gran susto y ayuno de apoyos, Juárez renunció. Triste despedida. En silencio y soledad. Es decir, inceremoniosamente.

Como se advierte, los golpistas fueron derrotados pero al mismo tiempo vencieron; el gobierno sometió a sus enemigos pero al mismo tiempo fue sometido por ellos. Pura farsa que costó más de 300 muertos. Y lo único real fueron los disparos de las tropas, de lado y lado, ignorantes ambas del sainete de Estado organizado por esos epónimos dirigentes.

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