Sainetes de Estado (1)

Ciertos humanos, desde allá, desde el poder mismo, en muchas ocasiones no se escapan del peligro de convertir a sus escenarios en claros sainetes. Tan risibles, si no rimaran a veces con lo trágico.

Hace unos días recordé el golpe de Estado que dieron algunos coroneles argentinos el 4 de junio de 1943. Bueno, antes que golpe, sainete. Sainete, género inventado en España y reinventado por los bonaerenses con el nombre de Sainete Criollo, pero con ribetes de circo, situaciones encontradas y con desenlaces, a veces muy impensados.

Ejercía la presidencia Roberto Marcelino Ortiz (los argentinos, como lo antioqueños, combinan nombres), desahuciado con enfermedad mortal. Tras su renuncia asumió el vice, Ramón Antonio Castillo, político mediocre, quien se empecinó en propiciar como sucesor suyo en la elecciones a don Robustiano Patrón Costas (nombre como de revolucionario mexicano), muy impopular, muy adinerado, dueño del azúcar, de quien se aseguró que no tenía inconveniente en quemar uno de sus ingenios con el fin de elevar el precio del artículo cuando este se encontraba muy deprimido.  Siempre, corrupción adelante y atrás. Marasmo e indiferencia en todos los sectores, menos en el militar, concretamente en algunos coroneles que se dispusieron a derrocar al presidente Castillo.

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De ese episodio hay un relato hablado de Juan Domingo Perón, narración llana, con la simpleza original de lo conversado, que evoca ciertos pasajes del diálogo popular, auténticos de Rulfo:

En la madrugada de ese día, salen algunas tropas del Campo de Mayo, con la intención de tomarse la presidencia. Encuentran una tímida resistencia en los de la Escuela de Mecánica; los rebeldes los invitan a unirse; contestan “no”; reciben disparos de artillería; nueva invitación; responden “sí.” Avanzan los golpistas y se informan que, sabedor el presidente Castillo de lo que se le avecinaba, abandonó la oficina y se dirigió a tomar un barco, que se varó. ¡Qué encarte!

Los complotados, al saber esto reflexionan: “Necesitamos un candidato”. Tuercen el rumbo y se dirigen a la residencia del general Edelmiro Julián Farrell (otro nombre para antioqueños), para colocarlo al frente del nuevo gobierno. El agraciado está dormido; lo despiertan; le informan:

“Mi general, hay una revolución”.

“¿Cuál?”, inquiere semidormido;

“La suya; vamos para la Casa Rosada, a tomarnos la presidencia”.

“Me visto enseguida”.

Un intermedio. Parecido al diálogo de Rulfo en Pedro Páramo. Los revolucionarios no saben qué buscan al levantarse en armas. Uno de ellos responde: ”Nos hemos rebelado contra el gobierno y contra ustedes porque ya estamos aburridos de soportarlos. Al gobierno por rastrero y a ustedes porque no son más que unos móndrigos bandidos y mantecosos ladrones. Y del señor gobierno no digo nada porque le vamos a decir a balazos lo que le queremos decir”.  

Continúo: Informado el general Arturo Franklin Rawson (otro nombre antioqueño) de lo que se desarrollaba, se puso una capa a lo mosquetero. De prisa se dirigió a la Casa Rosada y se sentó, como el primero, en el desocupado sillón presidencial. Cuando llegaron los coroneles, encontraron que ya había un nuevo presidente. Se retiraron. Rawson alcanzó a nombrar dos ministros pero ni se posesionó ni se juramentó. A los tres días los coroneles fueron a su despacho:

“¿Para qué lo necesitan?”.

“Pues, se lo diremos a él mismo”. Y entraron.

“Usted es un colado, se va de aquí ahora mismo, renuncie”.

– “Déjenme pensarlo, muchachos”.

– “No, ya; este sillón de presidente nos pertenece y, ya veremos quién va a sentarse ahí”.

– “¿Y qué pasa si no lo hago?”.

– “Lo tiramos por esta ventana”.

– “Muy bien, así lo haré, pero ¿para dónde me voy?”.

– “Para  el Brasil”. Rawson presentó su renuncia sin haberse posesionado. (Hasta aquí la narrativa de Juan Domingo Perón).

Allí mismo ocurrió que pasaba por ese despacho el general Juan Pablo Ramírez, ministro de Guerra. Ese es el hombre,  se dialogaron… y lo posesionaron como presidente.  Débil, indeciso, nada de político, tomaba una decisión en la mañana y al conversar con cualquiera la derogaba por la tarde.

Unos meses después, se repitió la escena. Los coroneles: “General Ramírez,  usted debe renunciar”; “esperemos”, les responde; “No, usted ha perdido el apoyo de las guarniciones”; “está bien, procedo.”  Y adiós. “¿Quién será –se preguntan los coroneles- el que debe ocupar ese cargo?” Perón, la voz cantante, resuelve: el general Farrell.

Este sí que era otro sainete. Exótico general que tocaba la guitarra con el uniforme puesto y que cantaba muy desafinado, parecía funcionar como la letra h, ya que si esta no emite si no es con la c puesta antes, Farrell no carburaba si no con la p de Perón. Además, lo situaban aquí y allá, sin afectar para nada lo político y gubernamental, así como la h, que colocada en cualquier diferente lugar de un vocablo, tampoco influye sobre el significado hablado de la palabra.

Veamos un resumen de este sainete de Estado. No fue uno sino tres los sucesivos golpes de Estado y cinco presidentes desfilantes en el escenario. Los coroneles les dan órdenes a los generales, y estos obedecen como cualquier recluta. Todo transcurre en calma y sin ningún herido. Los presidentes-generales son despedidos como cualquier ganapán de circunstancias, pues así es como se comportan estos “valientes” militares. Y la opinión no existe.

¡Ah! ¡Cuántos de nosotros nos sentimos fascinados, respetuosos, obnubilados, amilanados, encandilados ante el poder, al cual lo suponemos siempre, siempre, como una majestad solemne, alta, intocable, misteriosa, manejada por supremos titiriteros previsores y muy inteligentes!

Con todo y ello, ciertos humanos, desde allá, desde el poder mismo, en muchas ocasiones no se escapan del peligro de convertir a sus escenarios en claros sainetes. Tan risibles, si no rimaran a veces con lo trágico.

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4 Comentarios

  1. Sainete, risible, donde el pueblo se entera cuales son las cadenas de poder, sucede en Colombia.
    Un Bandido protegido por los jueces, espera sentarse como presidente.
    La Compra de títulos ( ya no nobiliarios) en universidades americanas. Vuelven Docto a un jumento.

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