En las nubes

No me interesa defender las propuestas económico-sociales de un gobierno que ni siquiera se ha posesionado ni aventurarme a si Gustavo Petro logrará, esta vez, una gestión eficaz. Lo que me interesa analizar son algunos supuestos de la columna de Nohra.

En días pasados, Sebastián Nohra escribió una columna titulada ‘Ocampo los bajó de la nube’. En esta empezaba por celebrar todos los pergaminos del recién designado ministro, así como la ventaja de que “descrea de las ideas más exóticas y estatistas de la izquierda”. El riguroso economista, según Nohra, meterá en cintura al nuevo gobierno de Petro, conteniendo los presuntos vuelos fantasiosos e irrealistas de este.

Considero, sin duda, un gran acierto el nombramiento de Ocampo y, en general, de todas las ministras y ministros que hasta ahora han sido designados. De hecho, en esta columna no me interesa defender las propuestas económico-sociales de un gobierno que ni siquiera se ha posesionado ni aventurarme a si Petro logrará, esta vez, una gestión eficaz. Lo que me interesa analizar son algunos supuestos de la columna de Nohra y los efectos que apunta desencadenar en el lector.

Lo primero que es destacable es el caballito de batalla que construye Sebastián Nohra y que nombra con los desdeñosos calificativos de “vieja izquierda”, “ineficiente” y “parasitaria”. Esta es, por supuesto, una caricatura que apunta a prevenir al lector respecto del peligro para la productividad y la estabilidad económica que podría representar el nuevo gobierno; y, una vez más, asociar con el miedo “al abismo” su apuesta de transformación.

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De lo que no nos habla la columna es del país que recibe la nueva administración: una economía no solo muy maltratada, con altas tasas de desempleo y pobreza, sino basada en intervenciones que han adelgazado los marcos públicos y vaciado por completo los derechos sociales. Por supuesto que para que estos derechos dejen de ser promesas aplazadas, el Estado debe robustecerse para poderlos garantizar, y esto trae enormes retos por considerar.

Pero insistir en el dogma del Estado delgado que puede ser eficiente, por su austeridad, es naturalizar las formas de “violencia lenta” que ese adelgazamiento produce: una pauperización programada de personas cada vez más precarizadas, cuyos cuerpos, deseos y capacidades se van extenuando, en pos de mantener un crecimiento que no redunda en el mejoramiento de sus vidas.

Porque lo que cuenta, claro está, para Nohra y todas las voces hegemónicas que él representa, como pauta de madurez y estabilidad económica, es no “morderle puntos al PIB”. Un índice que mide la relación entre crecimiento económico y distribución de ingreso, establecido por Simon Kuznets en 1937, quien ya advertía que no hay que perder de vista “las diferencias entre cantidad y calidad del crecimiento”; los límites y los objetivos de este; y las brechas que se dan entre crecimiento y calidad de vida.

Pero Nohra y la élite que él encarna asumen como obvio el mandato del crecimiento, sin advertir siquiera que este mandato se ha demostrado ecológicamente insostenible, dejando cuerpos y territorios igualmente agotados.

Más aún, como lo ha argumentado Jason Hickel, experto en economía ecológica, el crecimiento de las economías del Norte global “depende de una apropiación neta de recursos y mano de obra del Sur, obtenida a través de diferenciales de precios en el comercio internacional”. De modo que la riqueza acumulada en grandes capitales sigue dependiendo de una relación colonial centro-periferia y, en último término, del “expolio” del sur global.

De hecho, la economía de Colombia responde hoy a ese patrón colonial, pues se trata de una economía extractivista (dedicada, sobre todo, a la explotación de combustibles fósiles) que ha traído efectos de desindustrialización, pérdida de empleos nacionales y soberanía alimentaria, además de daños medioambientales enormes que han experimentado, en particular, las personas racializadas y más marginalizadas del país, muchas veces, además, masacradas o desplazadas de sus tierras para destinarlas luego a proyectos extractivos.

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Frente a tal desastre, Petro anuncia medidas que apuntan a transformar a Colombia de una economía extractiva a una que le apueste, poco a poco, a la transición energética, y que logre producir riqueza basada en la reindustrialización del país, sobre todo, a través de producción agraria con el fin de lograr una redistribución mayor y soberanía alimentaria. Son retos complejos que requieren diálogos desde los territorios, conocimientos expertos y saberes locales, esfuerzos conjugados para lograr cambios de fondo.

Darse cuenta de que continuar por el camino establecido es seguirle apostando a la devastación es tener los pies en la tierra; es buscar salidas para reparar y construir alternativas en medio de lo arruinado mientras que Nohra y las voces que reproduce siguen en las nubes, abstrayéndose de la devastación.

Porque, retomando palabras de un campesino del Putumayo, recogidas en el precioso libro de Kristina Lyons ‘Descomposición vital’ –que he leído estos días como descubriendo un tesoro–: “hay muchos que no saben dónde están parados”, porque se aíslan “de la multiplicidad de relaciones que componen y descomponen …el mundo del cual forman parte”.

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