¿Y qué hacemos con ‘Seinfeld’ y la cultura de la cancelación?

George Costanza (Jason Alexander) es el personaje que encarna de manera más visceral la esencia de Seinfeld (1989-1998), la popular telecomedia de situación de los años noventa. En George, los creadores de la serie (Larry David y Jerry Seinfeld) canalizaron al máximo el nihilismo que la caracteriza. “Es un show sobre nada”, asegura George en el episodio The Pitch, cuando intenta vender junto con Jerry (Jerry Seinfeld) una serie a los ejecutivos de NBC. Ese programa “sobre nada” es el émulo de Seinfeld, el verdadero show sobre nada, en donde sus personajes reivindican que ni el amor, la familia o la muerte importan demasiado.

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Jerry, George, Elaine (Julia Louis-Dreyfus) y Kramer (Michael Richards), los cuatro amigos protagonistas, van y vienen por Nueva York, prestando poca atención a lo que le pasa a los demás. Solo les importa conseguir lo que quieren: una entrada al cine, comida gratis, el trabajo de sus sueños. En el camino mienten, hacen trampas, patalean. Son egoístas, cínicos, malas personas. En cada línea de guion están cincelados con maldad y pesimismo.

Lo interesante es que, a pesar de ser los vehículos de cada episodio, nunca son premiados por su ambición desinteresada. Seinfeld transgrede la teoría narrativa que impone que los personajes sigan un arco que los transforme, que les enseñe una lección. Es decir, que los protagonistas no sean los mismos de cuando comenzó su historia. Sin embargo, en Seinfeld los cuatro de Nueva York nunca aprenden nada. En cada episodio son la misma mala gente de siempre, y nunca consiguen lo que quieren siendo así.

Incluso, el final de la serie (exento aquí de cualquier revelación puntual) los castiga por comportarse así. Por cosificar a decenas de mujeres, por hacerse pasar por personas con discapacidad, por menospreciar a sus vecinos extranjeros, por maltratar a y asaltar a adultos mayores. Si alguna moraleja deja Seinfeld (además de que no hay que lanzar pelotas de golf al océano), es que el egoísmo no tiene recompensa.

¡Vivimos en una sociedad… y se supone que debemos actuar de manera civilizada!” (“¡You know, we’re living in a society… we’re supposed to act in a civilized way!“), se queja George en The Chinese Restaurant, episodio 12 de la segunda temporada de la serie. Atrapados en la recepción del restaurante chino, George y amigos ceden ante la paranoia de ser maltratados por el resto del mundo (en un entorno extranjero, por cierto).

Si alguien no sabe vivir en sociedad, si alguien es desadaptado, son ellos, los discípulos de Antístenes y Diógenes. Entonces, si Seinfeld sancionó durante una década entera el mal comportamiento ¿por qué hay quienes la “cancelan” tras 30 años de su estreno?

Seinfeld llega a Netflix

Tras el desembolso de 500 millones de dólares por parte de Netflix en 2019, Seinfeld llega finalmente en octubre a esta plataforma de streaming. En medio de una pandemia que redujo a la anacronía a la parrilla de programación y la sala de cine, el mercado del streaming implosionó definitivamente. Decenas de depósitos audiovisuales emergieron en los últimos meses, la mayoría compitiendo por el gran público (y despreciando, en definitiva, al nicho).

En esta carrera por llamar la atención, y según la lógica empresarial predominante desde los años 80, una marca (en forma de franquicia o, al menos, probable estampado de camiseta) puede determinar el éxito o fracaso de una empresa. Netflix tomó ventaja durante un lustro, y cuenta, según sus propias estimaciones, con más de 200 millones de suscriptores en todo el mundo. Lanzó en los últimos años contenidos propios con éxito, y con iconicidad fácil de mercantilizar. Pero toda la historia del audiovisual anterior a enero de 2012 (cuando estrenó su primer contenido original, Lilyhammer), es territorio con desventaja para Netflix, en donde debe comprar derechos para hacerse con cualquier contenido.

Elaine, Jerry y George en el episodio The Contest..
Netflix pagó 500 millones de dólares en 2019 para que Seinfeld fuera parte de su catálogo.

Mientras tanto, en las series y películas que financia se encuentra con otros problemas. Es evidente que las producciones de Netflix han gozado de libertad creativa para sus realizadores, muchas veces amparada en que la plataforma de streaming solo se garantiza los derechos de distribución. Sin embargo, ha priorizado las producciones progresistas y en línea con los reclamos sociales de la actualidad, como la igualdad de género, el aborto, la multiculturalidad.

Por eso a Netflix le llueven los reclamos ante cualquier decisión fuera de los estándares de lo correcto, aunque no sea en principio malintencionada ni cargada de base en la conciencia ideológica. Le pasó con Bojack Horseman (2014-2020), la serie animada acusada de utilizar actores blancos en roles que no les pertenecen. En consecuencia, Alison Brie se disculpó por haber dado voz a Diane Nguye, un personaje vietnamita-estadounidense. Según los nuevos estándares, Diane debió ser doblada por una actriz vietnamita-estadounidense. Diferente es el caso de Bojack, el caballo que protagoniza la serie, a quien interpreta el caucásico Will Arnett.

Alison Brie se disculpó por haber dado voz a Diane Nguye, un personaje vietnamita-estadounidense. Foto: AFP / Netflix

La intervención en aras de un mejor mundo es, en casos concretos, plausible. Como sucedió con la serie Por trece razones (13 Reasons Why, 2017-2020), que en el episodio 13 de su primera temporada (Tape 7, Side A) recreaba un suicido sin otro recurso cinematográfico que la contemplación. Tras las advertencias de que la escena podía llevar a jóvenes en estado vulnerable a recrear la situación, Netflix la editó dos años después.

Estandarizar el streaming

La repentina llegada de más competidores al territorio del streaming los ha confrontado con preguntas de este estilo. La mayoría intenta llegar al mayor público posible, por lo que sus contenidos se desligan de la coyuntura política, o de simplemente herir susceptibilidades. HBO Max, por ejemplo, modificó el póster de El despertar del diablo (The Evil Dead, 1981), en el que una mujer intenta escapar de un brazo en carne viva que la ahorca desde las profundidades de la tierra. Los ejecutivos de la plataforma aseguran que es una decisión que busca crear conciencia sobre la violencia contra la mujer. Sin embargo, y como suele suceder con el menospreciado género del terror, pasan por alto que la película de Sam Reimi ya reflexiona sobre este tema. Recrea la amenaza conservadora a la liberación sexual de los jóvenes, quienes simplemente quieren pasar un fin de semana en una cabaña abandonada.

Pósters de El despertar del diablo (The Evil Dead, 1981). A la izquierda, la imagen modificada de la película para HBO Max.

La propia HBO Max retiró temporalmente en mayo Lo que el viento se llevó (Gone With the Wind, 1939) luego de que el director afroamericano John Ridley en The Los Angeles Times acusara a la película de tener “dolorosos estereotipos sobre las personas de color”. Atada a su época, críticos consideran que es un error evitar el acceso a estos contenidos controversiales. Sobre todo, teniendo en cuenta que en su momento ya recibió sendas críticas por incluir calumnias racistas y recrear al Ku Klux Klan como una “necesidad trágica”. Los reclamos lograron que el productor, David O. Selznick, redujera el “tono racista” de la película, e incluso tuvieron a un consultor para el tratamiento de los personajes negros en el largometraje. Un triunfo (si bien insuficiente) para la época.

Mientras tanto Ridley, 80 años después del estreno de Lo que el viento se llevó, ganó un Óscar por 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, 2013), el ejemplo absoluto del cine afroamericano de prestigio de los últimos años, hecho a la medida para que la predominantemente blanca academia se aplauda a sí misma por premiar historias que recuerdan que la esclavitud es mala (y en donde Brad Pitt interpreta a un blanco cuyo único propósito es enseñarle el camino del bien al languideciente protagonista negro, interpretado por Chiwetel Ejiofor).

Seinfeld, en el ojo del huracán

La duda será qué pasará con Seinfeld cuando generaciones que no la han visto se encuentren con sus egoístas y poco correctos personajes. El algoritmo de sugerencias en las plataformas de streaming, así como las tendencias y el lobby en redes sociales, han impedido que incluso el mayor éxito televisivo de los noventa llegue a millones de nuevos televidentes. Solo ahora estará en una plataforma que lo pondrá en el ojo del huracán. E incluso ya hay artículos que se ceban con episodios de Seinfeld que deberían ser “cancelados”.

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En The Jimmy (temporada 6, episodio 19), a Kramer lo confunden con un paciente con enfermedad mental, y Michael Richards no escatima en su interpretación. En The Outing (temporada 4, episodio 17), Jerry y George se avergüenzan de que una periodista crea que son pareja, en insisten en que, a pesar de sus reservas, “no hay nada malo con eso” (“not that there’s anything wrong with that…”). En The Cafe (temporada 3, episodio 7) aparece Babu Bhatt (Brian George), un sumamente ingenuo pakistaní que terminará deportado sin mayor razón. O en The Limo (temporada 3, episodio 19), a Jerry y George los confunden con nazis solo tras subirse a una limosina para no pagar un taxi desde el aeropuerto.

En sus mejores momentos, las circunstancias en las que se ven envueltos los personajes de Seinfeld involucran situaciones límite. Por norma, reaccionan de la peor manera, pisotean a todos a su alrededor y, finalmente, pierden. ¿Qué será más ofensivo: la incorrección política de los personajes de Seinfeld o ver la serie, de formato cuadrado, recortada en la pantalla rectangular del celular?

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