Sí a la CIDH, pero antes mirémonos a los ojos

El domingo pasado, los alrededores del Hotel Tequendama en Bogotá se vistieron de pancartas tricolor que gritaban al unísono: “Duque pare la masacre. Bienvenida la CIDH”. Entre el amarillo, el azul y el rojo se asomaban mujeres, mayores, niños, indígenas y jóvenes, muchos jóvenes, todos esperando la llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), con la misma avidez que una madre espera abrazar a su hijo al regreso de una jornada de protesta, aún cuando sabe que no está a salvo. Aún cuando todos sabemos que la CIDH no es nuestra salvación. 

La expectativa ante la llegada de la CIDH es tan conmovedora como angustiante. La comisión observa, no salva; dialoga, no obliga; recomienda, no enmienda. Pero hemos llegado tan lejos que cercenamos la confianza y la capacidad de discernir, de escuchar, de ver más allá de nuestra sombra, de llegar a acuerdos y cumplirlos. Ese miedo al otro que se ensancha y se tergiversa cuando hay barbarie, nos impulsa a buscar la salvación afuera. Pretendemos delegar la paz a un redentor en vez de ponerla en marcha entre nosotros.

No quiero decir con esto que la visita de la CIDH no sea importante. Claro que lo es. Más aún cuando somos una sociedad desamparada, sin un Gobierno nacional que escuche plural y ampliamente; sin una Policía que cuide a todos sus ciudadanos; sin entes que controlen las atrocidades e ineptitudes de sus funcionarios o que defiendan a su pueblo. Una sociedad sin lo más básico, o peor aún, con amplios sectores institucionales que parecen hacer lo contrario a sus deberes constitucionales, mientras civiles disparan sin cesar y otro tanto aprovecha el río revuelto.

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Pero los caudales de sangre no los ve el presidente, quien tampoco condena enfática y públicamente los excesos de la fuerza pública y de civiles armados, como sí lo hace con el vandalismo y la violencia hacia la Policía y el Esmad. Todos actos repudiables que deben ser investigados. Todos. Porque un gobierno, por principio, no debe ser parcializado ni incendiario. No hay unas vidas que importan y otras que no; no hay unas violencias condenables y otras que no lo son; no hay unas movilizaciones “buenas” y otras “malas”.

Por supuesto que en medio de este desvarío es imperativa la visita de la CIDH. Otros ojos. Porque aquí a varios jóvenes se los han quitado y el resto estamos ciegos por una polarización que amplía el espiral de violencia. Necesitamos otra mirada que observe y evalúe con autonomía e independencia la situación de los derechos humanos, y que a la vez nos reconozca y nos escuche para desescalar la tensión, el dolor y la furia.

El punto respecto a la visita de la CIDH es que debemos comprender su alcance, de lo contrario, los niveles de frustración harán que explotemos en un país que no aguanta una detonación más. Debemos tener claro que esta es una visita “de trabajo” y no “in loco”. Esta última fue la modalidad solicitada por más de 650 organizaciones de la sociedad civil porque dura una semana, cuenta con el pleno de Comisionados de la CIDH (siete) y el resultado es un Informe Final sobre la situación de derechos humanos con amplias recomendaciones, que generalmente se presenta ante el Consejo Permanente y la Asamblea General de la OEA.

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En cambio, la visita de trabajo que se adelanta en nuestro país, dura tres días, asisten algunos comisionados (en este caso tres), y el resultado es una serie de recomendaciones generales que contribuyan a la protección de los derechos humanos, que los Estados están llamados a cumplir por el principio de buena fe. Recordemos que la comisión no es un órgano judicial (como sí lo es la Corte Interamericana de Derechos Humanos) y, por lo tanto, no emite órdenes judiciales.

Así que se deben enmarcar todas nuestras expectativas frente a la visita de la CIDH en las justas proporciones de su alcance: su observancia con confianza, sus ojos puestos en nosotros que a la vez refuerzan la mirada del mundo a nuestra crítica situación. Ojos que nos cuidan mientras recobramos la vista.

Pero no esperemos que la CIDH nos traiga de vuelta el respeto por el otro, el valor por la vida y el cumplimiento del derecho a que todos vivamos dignamente. No endosemos nuestras responsabilidades ni las del Gobierno a la comisión. Esto sucede con frecuencia en escenarios profundamente fracturados donde la deshumanización, la desesperación social y la falta de credibilidad institucional nos hacen creer que no hay salida, ni capacidad de agencia y que debe venir alguien de otros cielos a salvarnos.

Pero no hay cielo que valga, ni CIDH que aguante, ni caudillo mesiánico que haga posible nuestra propia transformación. Salvarnos nos corresponde a los miembros de esta sociedad dolida y jodida. Todos tenemos una deuda histórica con nosotros mismos, con los que pasaron por aquí y los que pasarán: mirarnos de frente, reconocernos en la diferencia y superar la desigualdad profunda y estructural que nos condena. Con palabras sin fusiles, con acuerdos sin más muertos, con justicia y sin venganza.

Un proceso que no tiene vuelta atrás. Menos en un momento tan sensible donde a diario hay cientos de duelos por muertes de covid-19, por la violencia descarriada, por la pobreza desbordada, por el hambre imperante, por el desempleo rampante, por las empresas cerradas, por el recrudecimiento de la guerra y el despojo de tierra. Pero en esto el Gobierno nacional debe dar el primer paso.

En medio de tanta vulnerabilidad, incertidumbre, fragilidad y dolor del pueblo colombiano, la respuesta no podía ser represión pura y dura. Lo mínimo es cambiar el camino de la sangre que este país se tatuó hace décadas, por una política del abrazo, de la escucha y del cuidado, donde se gobierne con la gente, con las y los jóvenes que son el futuro de esta nación que merece reinventarse.

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Así que recibamos el abrazo con el que nos saluda la CIDH, esperando que el Gobierno siga sus pasos, y que nosotros decidamos, finalmente, mirarnos a los ojos. Porque la rabia social no se resuelve con violencia radical. Los clamores del hambre y del alma no se responden con plomo y estigmatización. ¡Bienvenida la palabra!

* Camila Rivera González es politóloga con estudios de antropología, creación literaria y maestría en estudios culturales. Ha dedicado su vida a construir puentes entre los pueblos indígenas, afrocolombianos y raizales con otras comunidades, organizaciones y actores. Parte de esta labor se encuentra en su libro “Providencia: más allá de la etnicidad y la biodiversidad, una insularidad por asumir” (Editorial Javeriana, 2015). Se desempeña como asesora de asuntos étnicos y construcción de paz en entidades nacionales e internacionales.

12 Comentarios

  1. Me encantó su lúcido análisis con el que estoy completamente de acuerdo. La trasnochada polarización de nuestro presente tiene raíces en los albores de la independencia, Ya 200 años han pasado y seguimos igual.

  2. Maria Camila dura realidad, largo, tortuoso, dificil, oscuro camino, pero como tu dices debemos mirarnos a los ojos y comenzar a desmontar tanta violencia generada en la inequidades sin limite que nuestra gentes han soportado hasta que estallo y con consecuencias como las que hoy vivimos. Si no se empieza no se llega, miremonos a los ojos. Felicitaciones

  3. Muy bonito el artículo pero con este salvaje país es imposible de solucionar.la raíz de todos los males es la corrupcion , la politiquería ,el robo al estado ,la justicia corrupta e ineficiente.

  4. Excelente artículo. Expone claramente el alcance y objetivo de la visita de la CIDH, así como las expectativas y consecuencias de la misma. Explica el momento actual de forma conmovedora, siendo inevitable caer en la invitación a reflexionar, a “mirarnos a los ojos”. Gracias

  5. Excelente beste artículo, además pprque nos aclara la cual es la verdadera función bde la CIDH y que cada uno debemos de poner nuestro granito de arena para hacer de Colombia un mejor país.

  6. Martha Cecilia Muñoz Rúa

    Muy buen texto, sensible en su contenido apelando a la inteligencia y el diálogo tan necesario en nuestra sociedad. Nos corresponde tomar nuestra realidad en nuestras manos,
    es necesario ejercer nuestra ciudadanía en pleno.

  7. Henry Sandoval Naranjo

    Muy bonito muy poético, pero por fuera de la realidad. Se le pide a las madres y padres de los jóvenes asesinados que se abracen con sus verdugos, la clase política del centro demoniaco y sus partidos de gobierno, respaldados por la fuerza pública que toman el papel de sicarios con placa, para que los mantenga en el poder. Cómo utopía suena bien, pero es solo eso.

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