Símbolos patrios

Lo que se necesita, finalmente, es reinventar un país. Y que sus símbolos sean el reflejo de lo que somos y queremos ser.

Hace poco Humberto de la Calle pidió cambiar el lema de la policía Nacional –Dios y Patria– por uno más acorde con los tiempos que corren. Él propuso “Por el estado de derecho”. Yo diría, desde mi atalaya literaria: “Por la defensa de la vida y los derechos humanos”. Una policía con lemas de este tipo despertaría algo parecido a la esperanza ante la posibilidad de poder transformarla. Por supuesto, desde los extremos ideológicos se levantaron los reclamos por lo que escribió de La Calle y pusieron en sus mensajes un dios con mayúscula y resaltado y una patria ídem. Y, además, acompañaron sus alegatos con una bandera nacional repetida hasta el cansancio. 

Plantearse una Colombia nueva es algo propio de estos tiempos. Parece que mucha gente, por fin, ha despertado del letargo oficialista. De un lado y de otro se claman por los cambios. Las nuevas generaciones, por ejemplo, están manifestando su descontento hacia las estatuas. Piden que se desmonten, cuando no es que las tumban, y se revisen esos símbolos que hoy resultan si no caducos, al menos controversiales. Ya el Sebastián de Belalcázar de Popayán no volverá a ponerse en el terreno que él y sus hombres le usurparon a las comunidades indígenas. Supongo que el Gonzalo Jiménez de Quesada de Bogotá correrá similar suerte. 

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Con todo, las estatuas de los conquistadores y de muchos patriarcas de la colonia y la república no tienen porque tumbarse. Simplemente hay que desmontarlas, llevarlas a los museos, y ponerles allí la nueva explicación de su contexto. Hacerlo es un acto clarividente que evitaría actos supuestamente vandálicos. Y no hay salirse de las casillas porque ocurren tales transformaciones. Es un asunto cultural, normal como las metamorfosis de los seres vivos, que los tiempos humanos muten. Si cayeron las milenarias estatuas de las autoridades romanas y las de sus dioses, destruidas por los cristianos porque creían que todo eso era sinónimo de pecado y satanismo, ¿por qué no habrían de caer estatuas menos imponentes y longevas? 

Ninguno de esos hombres que se apropiaron de las tierras que no les pertenecía, que exterminaron a pueblos originarios y que, en nombre de valores bastante cuestionables (una lengua, una religión, un rey, un código civil), fundaron un nuevo orden social a punta de sangre y fuego, es digno de una efigie más en un espacio público. Es suficiente con los más de doscientos años, a lo largo de los cuales los vástagos de sus señoríos los han celebrado. Tales personajes ya no encarnan los valores y los modos de comprender el mundo de las nuevas generaciones. Y cómo negar que la renovación de una sociedad siempre va apuntalada por los jóvenes. Si se hace lo contrario, estaríamos destinados a la conservación beata de símbolos marchitos. 

“Las estatuas de los conquistadores y de muchos patriarcas de la colonia y la república no tienen porque tumbarse. Simplemente hay que desmontarlas, llevarlas a los museos, y ponerles allí la nueva explicación de su contexto”.

Hay personas en Colombia, sin embargo, que siguen con la idea de que hay conservar a como dé lugar lo que ya no nos define. ¿Qué es Colombia ahora? Hace unos años, un niño le contestó al poeta Javier Naranjo que Colombia era un partido de fútbol. Otros, más sensibles, dirán que es una mezcla de sabores, olores y colores. Los más retóricos, una forma inolvidable de comprender el universo. Para otros, los minimalistas, sería un paisaje, un baile, la familia, el amante, la amada, los amigos. Una historia de calamidades sazonadas con resentimiento y nostalgia, para los vencidos. Para quienes creen en la política, un manojo de instituciones que intentan enderezar la torcedura permanente que ha sido este país. 

Colombia, sin duda, es todo eso. Y es todavía más que una bandera cuyos colores representan coyunturas discutibles. Un amarillo del oro y las riquezas naturales que nunca ha pertenecido a la mayor parte de los colombianos, sino a unos pocos y a los consorcios capitalistas de afuera. Un azul de aguas no limpias ni transparentes, sino contaminadas hasta el descaro. Y un rojo de la sangre de los que pelearon sin saber muy bien por qué lo hacían. Pues si hay una manipulación de eso que llaman Libertad y Orden, Dios y Patria, Prosperidad Para Todos es la que impera en los símbolos patrios.

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Y ni qué decir del himno nacional con que se celebra un país muy distinto al que le cantó el ya desueto Rafael Núñez y ese músico italiano, Sindici, tan ensordecido por la artillería. Todos esos emblemas resultan cada vez más problemáticos porque ya no son capaces de definir las expectativas del país real. Y ese es, entre otras cosas, el drama de esta nación: que una cosa es lo que pasa en la realidad y otra la que expresan sus insignias gubernamentales. Y para muestra un botón más, asomémonos a la constitución política de 1991. Nada más utópico que ese texto (Víctor Hugo volvería a celebrar lo angelicales que son los políticos y gramáticos colombianos), y nada más calamitoso que la violencia y la desigualdad social afincadas en el país de todos los días. 

Supongo que muchos saben que el nombre del nuestro viene de Colón y no de Colombe. Colombia no homenajea a una paloma, ni mucho menos a la de la paz, sino a un marinero que no supo dónde había llegado y trajo a estos parajes la civilización. Por supuesto que, con sus compañeros, la trajo y la instaló a un precio de arbitrariedades execrables. García Márquez decía que Colón tenía tanta pava que cortaba la leche cuando la tomaba y oxidaba el oro de los anillos que se ponía.

“Todos esos emblemas resultan cada vez más problemáticos porque ya no son capaces de definir las expectativas del país real. Y ese es, entre otras cosas, el drama de esta nación”.

Carpentier, por su parte, se burló con ingenio del proceso de beatificación que Pío Nono quiso hacerle al descubridor descubierto. Aquel que fue más ladrón que honrado, más esclavista que filántropo y más mujeriego que casto. Pero a las únicas élites de América que se les ocurrió agasajar a un personaje de esta índole fue a las colombianas. ¿No había otra circunstancia más distinguida?  ¿Un árbol, un río, una selva, una cordillera, una flor? Cuando soplan los vientos frescos de lo decolonial, cuando se cuestiona y se derriba a ese exponente de la dominación y la brutalidad, Colombia sigue siendo el núcleo mismo de su homenaje.   

No solo es anacrónico el lema de una policía descompuesta, y en la que muchos no creen, lo que debe cambiarse. Sino muchas cosas más para que podamos entrar, de una vez por todas, a una modernidad más civilista y menos militar, más sensata y menos belicosa. Lo que se necesita, finalmente, es reinventar un país. Y que sus símbolos sean el reflejo de lo que somos y queremos ser.

Foto: Edgar Jiménez - Creative Commons 

3 Comentarios

  1. Elizabeth MORALES

    La patria no existe. Puedes tu pedirle a un Kurdo o a un otro grupo de hombres que no tienen nacion o estado definir su Patria.
    Cuando tu te alejas del lugar donde naciste, lo que te llevas son los recuerdos de la familia, de los amigos, o de las personas que cruzaron por tu vida. Y ese recuerdo te acompana hasta la muerte. Eso es la Patria.

    Los simbolos Patrios colombianos son eso, solo simbolos de un periodo de la existencia de todos aquellos que participaron à la independencia del imperio espanol.

    Puedes tu decirme que simbolos de la Patria representan à los indios de ayer y de hoy, de un pais que comienza a contar su historia apartir de la llegada de los espanoles.

    Lo unico cierto, es que los Derechos Humanos son la concepcion moderna de el respeto à la vida. Cosa que no se ha cumplido nunca! en nuestra tragicomica Colombia.

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