Quien sirve mejor no siempre comprende

Amor

El amor significa aprender a mirarte
como se miran las cosas distantes,
porque solo eres una cosa entre las cosas.
Y quien sea que se ve de esta manera sana su corazón, 
sin saberlo, de varios males.
Un pájaro y un árbol le dicen: amigo.
Luego quiere usarse y usar las cosas
para que se sostengan en el brillo de la plenitud.
Poco importa si sabe para qué sirve:
quien sirve mejor no siempre lo comprende. 

He querido muchas veces compartir este poema de Czeslaw Milosz aunque no tenga nada que añadir al compartirlo. Sin embrago intentaré decir algo, porque me parece un poema importante, más que bello, como muchos otros poemas de Milosz, y porque en verdad es lo que dice ser: una cura. 

La primera estrofa es como como el pan o como el agua. No ofrece ninguna resistencia en su absoluta transparencia. Es sabiduría verdadera y pura. 

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La segunda estrofa guarda en cambio un misterio, o no un misterio, ¿cómo llamarlo?, una especie de resistencia magnética, como la que ofrece una puerta que sentimos que está a punto de abrirse, y queremos que se abra, pero también nos fascina estar ahí, esperando que suceda algo y al mismo tiempo que no suceda nada. Esa fascinación reside, me parece, en las palabas “usar”, “usarse” y “servir”, que no esperamos y que en el poema resultan extrañas. Este magnetismo alcanza su grado más alto en el último verso: “quien sirve mejor no siempre lo comprende”.

Es un poema que combina entonces los dos más grandes poderes de la poesía: la transparencia y el enigma. Tiene esa transparencia enigmática de la poesía verdadera a la que siempre queremos volver.  

¿Qué quiere decir usar? Usamos las cosas todos los días, y ellas desaparecen en su uso. No vemos la cuchara con la que comemos, olvidamos la jarra que se llena y se vacía cuando regamos las matas. Tampoco vemos realmente a la persona que saludamos en las mañanas. Y si por error pasamos frente a un espejo, desaparecemos creyendo que sabemos lo que significa esa imagen. Las cosas se ocultan en su utilidad. Las borramos. 

Giuseppe Penone, Savia y pensamiento
Ilustración: Giuseppe Penone, Savia y pensamiento

En el poema, quien vive en el amor, quien vive después de haber sanado su corazón “de varios males”, usa las cosas y se usa a sí mismo, siendo cosa entre las cosas, para sostenerse y sostenerlas “en el brillo de la plenitud”. Es decir, usa las cosas para que aparezcan, para que vuelvan del lugar opaco en el que estaban. 

Eso supone dejar de usar las cosas del modo en que solemos hacerlo. Significa aquietarlas y aquietarnos para solo ser con ellas. Verlas de nuevo aparecer, intocadas por el saber que creemos tener de ellas y por el uso que las deja caer en la oscuridad y la inexistencia. 

Ser y que las cosas sean significa sostenernos en una aparición flotante. El fin de las cosas es brillar, aparecer, surgir. ¡Aparecer es una cosa rara! Nada tiene un fin fuera de su aparición y de su luz, de su brillo. Es como el mundo, como la mente, o como sea que llamemos el lugar en el que las cosas nacen; las cosas despiertan sin hacer preguntas, despiertan y brotan para nada.

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¿Pero qué es una cosa? Una flor, una olla, una rama, un caldero, el hueco en el tronco de un árbol, la casa en la lluvia de la madrugada, el sol oculto tras una nube blanca. Las cosas son formas del aire o del agua, llenas de movimiento por dentro, de vacío, y sin embargo están ahí, extrañamente quietas, como apariciones momentáneas que nadan. Como el poema de Milosz, que sostenemos en nosotros al leer; como esa cosa vacía y plena que es la poesía, deslumbrante.

Sostener las cosas en el brillo de la plenitud es dejar que su vacío arda, que todo arda, que una jarra se llene y se vacíe, que una campana brille en su sonido sin decir nada, sin que comprendamos, sin significado. 

Entonces este mundo, maduro como un fruto, caerá mientras dormimos, o seguirá sosteniéndose, suspendido entre las ramas, y por él seguiremos ardiendo, sin ser nada distinto a ese brillo, como un fruto entre los frutos, como un pájaro entre los pájaros. 

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