‘Spencer’ de Pablo Larraín: fragmentos de un relato roto

Se estrena hoy una nueva película del chileno Pablo Larraín filmada fuera de su país. ‘Spencer’ no es un biopic tradicional sobre la princesa de Gales; es un intento de juntar fragmentos que recompongan algo de la identidad rota de una mujer encerrada.

Una película –o cualquier narrativa en cualquier medio– sobre Diana Spencer, la famosa y trágica princesa de Gales, se debe enfrentar siempre a un primer escollo: cómo maniobrar entre las expectativas y los prejuicios alrededor de una figura de culto. ¿Por dónde encarar un personaje sepultado por los flashes de los paparazzi que la convirtieron en un rostro y un símbolo al que le intentaron robar su voz propia, como si se tratara de una especie de estrella del cine mudo?

El director chileno Pablo Larraín, que es un maestro del desvío –y de lo retorcido–, decide en efecto abordar el mito de manera oblicua. Pasa por alto los clímax o picos mediáticos del personaje (el matrimonio con Carlos o el accidente en el que murió, por ejemplo) y se detiene en un fin de semana de apariencia trivial en que la familia real está reunida. Es Navidad, aunque una en la que, en medio de rituales puntillosos hasta el absurdo, nada nuevo podría nacer.

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Dije en la primera línea que la de Larraín es una película sobre Diana Spencer. Hay que precisar que ella es su objeto más evidente. Pero cualquier artista sabe que al hablar de alguien o algo, siempre se está hablando también de otras cosas.

En este caso, del teatro de las apariencias, de la vida aprisionada en formas exteriores, del miedo a perderse a sí misma y de la determinación para reencontrarse, de ir al pasado no para hallar en ese pozo oscuro justificación para la repetición vacía de pantomimas heredadas, sino para buscar las fuentes de una vida anhelada, propia. Es lo que intenta Diana: una pequeña fuga que –sabemos– terminó en un túnel (recuerden: la princesa murió debido a heridas causadas por un accidente en un sitio de París llamado el túnel del Alma).

En una conversación con su estilista Maggie, interpretada por Sally Hawkins, Diana se pregunta cómo la recordarán en mil años. Sospecha que será reducida a un mote, y que de esa forma el sentido de su existencia quedará empequeñecido y calcificado (en la entrada de Wikipedia dedicada a Diana, la definen con la palabra activista), como ocurrió con otros nobles de los cuales solo se recuerda una característica de su vida. La princesa menciona a William  ‘El conquistador’ e Isabel I ‘La virgen’, pero con quien dialoga a lo largo de la película es con Ana Bolena, ‘La mártir’, una presencia fantasmal que, desde el pasado, le anticipa su destino.

Sé que Spencer no ha cosechado entusiasmos mayores de parte de la crítica, y no ignoro la resistencia que produce el nombre de Larraín, acusado de mórbido y efectista. De esta película, sin embargo, me interesa justamente lo que muchos desechan como accesorio o trivial. El desfile de vestidos como si estuviéramos asistiendo a la tras escena de un espectáculo teatral, las obviedades que se expresan sobre la monarquía, el tráfico tosco de ideas acerca de estas vidas encerradas, listas para ser reducidas a moneda de cambio o efigie.

Y me interesa por el contraste significativo entre la puerilidad de lo que se dice y lo seductor de lo que se muestra. ¿Y si lo que muestra es aquello que quería decir?

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En la década de 1960 Jean-Luc Godard le preguntó a Michelangelo Antonioni, maestro en la conversión de los abismos sentimentales en formas narrativas y lenguajes nuevos, si el drama había dejado de ser psicológico para volverse plástico. “¡Es lo mismo!”, respondió Antonioni, quien ya había hecho El eclipse y El desierto rojo, películas donde encontró una manera fascinante –seca y escueta a veces– de revelar la conciencia rota de sus personajes. Pascal Bonitzer escribió, por ejemplo, que el uso de los colores en Antonioni no es solo ornamental, atmosférico o emocional. Dijo que allí había verdaderas ideas, que absorben a los personajes y a los acontecimientos.

Spencer, película de Pablo Larraín (1)
El desfile de vestidos como si estuviéramos asistiendo a la tras escena de un espectáculo teatral, las obviedades que se expresan sobre la monarquía, el tráfico tosco de ideas acerca de estas vidas encerradas, listas para ser reducidas a moneda de cambio o efigie.

Estoy lejos de comparar los logros de un genio como Antonioni con los de un cineasta dotado de ideas y talento pero irregular como Larraín. Lo que busco decir es que hay cierta coherencia entre la porosa situación emocional de Diana a lo largo de la película y la manera de resolver ese tránsito de la protagonista en un relato que también está roto, dislocado, que no puede llegar al fondo de nada sino derivar en un juego inestable de pistas inciertas y espejos deformantes. Y aprecio que la película termine con un acto de liberación y no con un cadáver.

Unas últimas líneas sobre Kristen Stewart, la actriz que interpreta a Diana. Habría que estar muerto para no reconocer su magnetismo, carisma y atractivo; pero con frecuencia la actriz se autosabotea en fallidos intentos de imitar poses de la Diana real que conocimos, icónica y algo monumental.  Sí, como muchas actrices del cine mudo que querían transmitir con mohines exagerados lo que no podían decir con palabras: un repertorio de gestos codificados que aspiraban ser un lenguaje convencional. O tal vez se trata de todas las dianas del mundo pidiendo esa ayuda que tarda en llegar, o no llega nunca.

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