‘Todo en todas partes al mismo tiempo’:  el disparate de los mundos

Se estrenó la semana pasada en Colombia ‘Todo en todas partes al mismo tiempo’, una película que poco a poco ha ido creando un culto en torno a sí misma con una propuesta que tiene, en realidad, más cálculo que disparate.

En dos palabras –multiverso y reciclaje– simplificaría para algún apurado espectador o lector la experiencia de la película Todo en todas partes al mismo tiempo. Suele pasar que, como una reacción instintiva de la mente, las películas muy complejas o atiborradas (y esta de la que hablaré quiere parecer lo primero, pero termina siendo, sobre todo, lo segundo) nos piden ese ejercicio arbitrario de síntesis. Así, intentamos meter en un sistema de clasificación aquello que exhibe una deliberada ambición o voluntad de desbordamiento.

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La película de Dan Kwan y Daniel Scheinert (he leído que en algunos lados se refieren a ellos como “los Danieles”) es una perfecta ilustración de un tópico, el del multiverso, que ha pasado muy pronto del idiolecto científico-técnico o filosófico a la cultura de masas, en gran parte gracias a la vulgata audiovisual (desde Matrix pasando por Her, Black Mirror o Doctor Strange en el multiverso de la locura, para que midamos la amplitud del espectro).

Cuando digo ilustración pienso ante todo en cálculo, y hay que empezar por decir entonces que Todo en todas partes al mismo tiempo es una máquina narrativa que, aunque quiera lucir disfuncional o disparatada está sobrediseñada para servir de soporte a discusiones de moda que garanticen su sintonía con nuestro tiempo. “Será locura, pero tiene método”, diría el Polonio de Hamlet. Así, en la película de los Danieles hay más premeditación que feliz disparate.

Vea el trailer de ‘Todo en todas partes al mismo tiempo’:

Qué mejor para obtener el favor del público que aterrizar las sutilezas del multiverso en las domésticas minucias de Evelyn, una mujer mayor de ascendencia oriental y que vive en Estados Unidos, es propietaria de una lavandería de ropa al borde del fracaso y se encuentra emproblemada en sus trámites con una versión norteamericana de la Dian; además, su esposo quiere divorciarse de ella y una hija conflictiva la desafía, pues exige ser reconocida –en muchos aspectos, incluida su elección sexual no normativa–. 

Son demasiados asuntos que están a la orden del día como para no notar detrás la mano de un malabarista, o de un entrenado productor (los créditos en este punto corresponden a los experimentados hermanos Russo, muy conocidos por su trabajo en series y en las películas de Marvel) que procede a hacer check-list de lo que un producto debe contener para hacer que todos hablemos de aquello de lo que ya todos estamos hablando, en una espiral agobiante de autorreferencialidad.

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Como correlato a esa ansiedad must have, aparecen las decisiones narrativas y estéticas de la película. Aquí salta entonces mi segunda palabra cristalizadora para entrar en cintura la película: reciclaje. Todo en todas partes al mismo tiempo es un batiburrillo de guiños y una mezcolanza de géneros que van desde la ciencia ficción, la comedia, las películas de acción pura y las artes marciales.

En un gesto muy tarantinesco (hay que tener presente que fue el director de Pulp Fiction quien elevó el pastiche a la categoría de arte cinematográfico), los Danieles se sacan de bajo la manga a dos estrellas muy populares, las desubican y las ponen a interactuar en los avatares de una película que busca afanosamente entrar en las economías del prestigio del cine independiente o de autor.

Todo en todas partes al mismo tiempo película
“Son demasiados asuntos que están a la orden del día como para no notar detrás la mano de un malabarista, o de un entrenado productor que procede a hacer check-list de lo que un producto debe contener para hacer que todos hablemos de aquello de lo que ya todos estamos hablando, en una espiral agobiante de autorreferencialidad”

De un lado está Michelle Yeoh, actriz de origen chino y heroína de filmes de artes marciales que tuvo su consagración en la respetable El tigre y el dragón. De otro, Jamie Lee Curtis, un ícono del género del terror convertida por la película en cuestión en una terrorífica funcionaria que pueda aniquilar con su decisión burocrática el ya de por si precario mundo de Evelyn. El encuentro entre ambas es ígneo y todo puede explotar.

A partir de ahí el asunto de fondo de la película no parece ser otro que aceitar la promesa –muy capitalista– de reinventarse y, para el caso, ir de mundo en mundo probando versiones –mejoradas o al menos inesperadas– de sí misma. Cualquiera puede ser la heroína de una o múltiples historias, de uno o múltiples mundos. La salvación de todos los mundos puede depender de la dueña de una lavandería. Un giro harto conocido como para tener que fingir sorpresa.

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Todo en todas partes al mismo tiempo se desdobla ad infinitum. En ese gesto plástico, exhibe, pese al cálculo que se pueda sentir detrás, su dosis de libertad, juego y poesía. Lástima que todas esas realidades paralelas que la película quiere imaginar –sin lograrlo del todo– terminen siendo tan reconocibles o tan circunscritas a los límites de la realidad convencionalmente admitida. Quizá, entre tantos materiales reciclados, faltó en la mezcla una auténtica imaginación moral y creadora de mundos nuevos y posibles, y no simplemente una reproducción de los ya existentes, a pesar de que se les busque presentar con apariencias de novedad.

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