Lo que hay detrás de la guerra mafiosa de Tuluá

Detrás del desmembramiento y decapitación de personas en este municipio estarían herederos de las temidas bandas criminales San Francisco y La Inmaculada, que nacieron durante la guerra entre Porrón y Picante.

Cuando delincuentes arrojaron la cabeza cercenada del joven Santiago Ochoa, el pasado 20 de junio, en una de las calles de la vereda Aguaclara, de inmediato los tulueños recordaron las macabras escenas que padecieron en 2012, en medio de la guerra territorial a muerte que había entre dos reconocidos bandidos: alias Porrón y Picante.

Aunque esos temidos criminales ya fueron capturados y están tras las rejas, el bajo mundo criminal de Tuluá heredó la horrenda práctica de impartir terror y sevicia hacia sus rivales, tal como lo impusieron Porrón y Picante al decapitar o descuartizar a sus víctimas y esparcirlas por varios sectores de la ciudad, en señal de poder, imitando a los capos de carteles mexicanos.

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Lo doloroso para los tulueños es que esa sevicia criminal pareciera retornar. Tan solo tres días después del hallazgo de la cabeza del joven Ochoa (su cuerpo nunca apareció) encontraron a otro joven sin vida flotando en las aguas del río Tuluá. Se trataba de Hernán David Ramírez, de 23 años, quien había sido reportado como desaparecido desde el 10 de junio. Y una semana después encontraron en un cañaduzal el cuerpo sin vida, y con señales de tortura, del joven Jimmy Hernández.

Santiago Ochoa, Hernán David Ramírez y Jimmy Hernandez.

Los tres tenían dos cosas en común; eran de Tuluá y vivían o socializaban en el corregimiento San Francisco, que es un caserío vulnerable donde confluyen todos los problemas sociales, tal como lo reconoció el alcalde Jhon Jairo Gómez Aguirre. “Es un sector muy difícil de Tuluá, donde se tienen identificados varios móviles criminales”, aseguró durante una entrevista radial.

De ahí que la Policía tiene como tesis que hasta ese caserío llegaron los tentáculos de las disidencias de las Farc, concretamente la columna móvil Adán Izquierdo que tiene influencia criminal en zona rural de Tuluá, Buga y Bugalagrande y pertenece a la estructura del Comando Occidente que tiene nexos con Gentil Duarte, el disidente que se rearmó desde las selvas del Caquetá. Y en medio de ese coctel también aparece el Clan del Golfo.

La importancia del corregimiento San Francisco es que sería el caldo de cultivo perfecto para reclutar jóvenes mediante engaños o dádivas. Lo de fondo es que esa zona de Tuluá se convirtió en un territorio de anarquía donde pareciera no hacer presencia la institucionalidad.

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Cuando Diario Criterio consultó sobre el problema a una curtida fiscal que investigó y llevó tras las rejas a decenas de integrantes de la banda La Inmaculada, otra de las temidas organizaciones que impuso su régimen de terror en Tuluá, no dudó en señalar como origen del fenómeno a las bandas herederas del fortín de La Inmaculada.

Uno de esos herederos, y que ya está tras las rejas, es Andrés Felipe Marín Silva, alias Pipe, quien reconoció haber asesinado a 49 personas. Su sevicia criminal se hizo conocer no solo en Tuluá, Buga y Trujillo en el Valle, sino que la exportó al Quindío y Cauca.

Andrés Felipe Marín Silva, alias Pipe, en su celda de reclusión

Tanto alias Pipe, Porrón y Picante integran esa larga lista de baby narcos que heredaron la estructura mafiosa que habían construido capos de la talla como Wílber Varela, los hermanos Luis Enrique y Javier Antonio Calle Serna y Diego Pérez Henao, alias Diego Rastrojo.

Los investigadores creen que en el centro del Valle la tranquilidad se rompió cuando retornaron a Colombia los viejos capos, entre ellos el tulueño Carlos Alberto Rentería, alias Beto Rentería, asesinado en septiembre de 2020. La otra puja mafiosa entre narcos jubilados, pero retornados, se estaría librando en Buga, antiguo fortín del narcotraficante Ramón Quintero Sanclemente, alias RQ, cuyo sobrino conocido con el alias de Waltercito, capturado desde 2017, estaría detrás de la retoma violenta.

Precisamente, el pasado 25 de julio, el coronel Jorge Urquijo, comandante de la policía en el Valle del Cauca, reportó el hallazgo de otro cuerpo desmembrado, sin identificar, pero esta vez en un barrio del municipio de Andalucía, ubicado en el centro del departamento. Casi en todos los casos, las autoridades ofrecen recompensas para dar con los autores, pero hasta ahora se desconocen púbicamente hipótesis al respecto, más allá de presuntos ajustes de cuentas por microtráfico, que luego los familiares de las víctimas desmienten.

Para la experimentada fiscal que combatió a esas bandas criminales en Tuluá, no hay duda de que el panorama actual es el reciclaje del mismo modus operandi de los sucesores de la primera, segunda y tercera generación de los capos, pero enfocado en el negocio criminal local, es decir, el microtráfico.

En medio de esa ausencia de jefes visibles fue que aparecieron en Tuluá en 2012, dos nacientes narcos que ascendieron dentro de la organización: Porrón y Picante. El primero identificado como Óscar Darío Restrepo Rosero, un sicario que escaló dentro de la banda a punto de terror y sangre fría. El segundo es identificado por las autoridades como el expolicía Nelson Mauricio Taborda Rudas.

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Lo cierto es que ambos eran considerados temidos delincuentes con cuentas pendientes con la justicia, por presuntos delitos que van desde homicidio, extorsiones, concierto para delinquir, tráfico de armas y estupefacientes. Porrón aún continúa preso y respondiendo por varios delitos. De Picante se sabe que recuperó la libertad por vencimiento de términos, tras ser capturado en 2015.

Estos hombres se hicieron conocer porque en medio de la guerra no dudaron en enviar señales de terror y dominio, decapitando a sus rivales y esparciendo sus restos por varios puntos de la ciudad valluna, muy al estilo de los carteles mexicanos como los Zetas, Juárez y Sinaloa. Tal cual sucede ahora.

El exfutbolista Faustino Asprilla fue quien los sacó del anonimato, tras hacer pública la extorsión de la que era víctima por parte de Porrón, quien le dejó una nota con un número pin, exigiéndole el pago de 200 millones de pesos. Gracias al ruido que hizo Asprilla, se supo que casi todos los empresarios y comerciantes de Tuluá, eran vacunados por el temido criminal, a quien capturaron en febrero de 2015 e incautaron propiedades por valor de 60.000 millones de pesos.

Irónicamente, en 2019 volvieron a aparecer las decapitaciones en Tuluá. Para entonces la comunidad reportó el hallazgo de dos cabezas en bolsas negras, abandonadas en distintas zonas de la ciudad y ahora se repite la historia, con nuevos actores criminales, pero la misma maldad y sevicia, muy a la mexicana.

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