Caballero

Sus dardos iban dirigidos a la clase dirigente, que por lo general era de su clase social.

Mucho se ha dicho de la impecable manera como Antonio Caballero escribía, de su maestría para dibujar, de su contundencia y su gran habilidad para argumentar.

Yo quisiera aprovechar estas líneas para reconocer públicamente lo importante que fue para mí a lo largo de mi vida, al menos desde mis tres últimos años de colegio.

Para mí era un deleite encontrar de pronto al emperador Ciro II el Grande de Persia en una columna que analizaba un proceso electoral que se avecinaba o el absurdo de la guerra contra las drogas.

No era mi amigo. Nunca trabajé directamente con él. Con Antonio Caballero hablé en pocas oportunidades. Sin embargo, la sombra… o mejor, la luz de Antonio Caballero marcó buena parte de lo que ha sido mi carrera como humorista y como comunicador.

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Para comenzar, yo descubrí la sátira política cuando estaba en cuarto, quinto de bachillerato, gracias a Alternativa, una revista en la que Antonio Caballero fue gran protagonista. Los textos de las secciones Qué hay de nuevo en Macondo y El zancudo (el único contra quien el gringo nada pudo) me mostraron un camino desconocido para mí. Por primera vez veía que en un medio de comunicación pasaban por encima de la prosopopeya y la genuflexión propias de las informaciones periodísticas dedicadas a quienes detentaban el poder en aquellos años agrios del Frente Nacional.

Ya en la universidad, en plena era del turbayato, me volví asiduo seguidor de la tira cómica El señor agente, que también publicaba Alternativa. En 1986, cuando el Fondo Editorial CEREC publicó el libro Reflexioné-monos, una antología de caricaturas de Caballero, vine a saber que ese prodigioso personaje había salido de su pluma.

Dos años antes, cuando se publicó, había leído su novela Sin remedio y allí encontré nuevas maneras de acercarme a Bogotá, ciudad que ha estado presente en mi labor como cronista, redactor y humorista.

Algo notable era su sentido del humor. Es humor cachaco, sin duda, con ese ingenio que le es característico. Pero, a diferencia de mucho cachaco que anda suelto por ahí, Caballero era cosmopolita, en el sentido literal de término: ciudadano del Cosmos. El humor de Caballero no era racista, clasista ni parroquial. Por el contrario. Sus dardos iban dirigidos a la clase dirigente, que por lo general era de su clase social. Además, su humor era sutil, muy inteligente además de ingenioso (que no necesariamente es lo mismo) y no siempre era tan fácil de captar.

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Hacia 1990, cuando tuve la oportunidad de escribir columnas de opinión para el diario El Espectador, Caballero fue el modelo que intenté seguir. Yo quería tener esa capacidad de encontrarle un ángulo inesperado a un tema del que todo el mundo estaba hablando. Sobra decir que jamás logré acercarme ni poquito a su contundencia y mucho menos a su maestría para utilizar el lenguaje, .

Además, casi siempre estaba de acuerdo con él. O al menos eso pensaba mientras lo leía.

Otra característica que admiro de sus columnas y de sus crónicas era la manera como utilizaba su erudición. Caballero echaba mano de sus conocimientos  en diversos campos (literatura, historia, geografía, economía, tantos otros) para darle peso a sus argumentos. Y lo hacía cuando sentía que era estrictamente necesario hacerlo, no para darse ínfulas o descrestar a sus lectores.

Lo que no compartí jamás con él fue su afición por los toros. Pero aún así debo confesar que también leí varios de esos textos sobre las corridas. Eso sí, en ellos jamás me dejé convencer por su canto de sirena.

Para mí era un deleite encontrar de pronto al emperador Ciro II el Grande de Persia en una columna que analizaba un proceso electoral que se avecinaba o el absurdo de la guerra contra las drogas. Esos mal llamados “conocimientos inútiles” por amplios sectores de la sociedad a Caballero le servían para darle aún más vuelo, rigor y contundencia a sus argumentos.

Lo que no compartí jamás con él fue su afición por los toros. Pero aún así debo confesar que también leí varios de esos textos sobre las corridas. Eso sí, en ellos jamás me dejé convencer por su canto de sirena.

La última vez que lo vi fue el 25 de noviembre pasado, en la sede de Villegas Editores. Él y yo estábamos invitados para participar en una charla con motivo del lanzamiento del libro Historia de la Caricatura en Colombia, de Beatriz González.

En síntesis, sólo pasaba por aquí para agradecerle a Antonio Caballero todo lo que hizo por la literatura y el periodismo escrito y dibujado de este país Y también por todo lo bueno que hizo por mí.

Foto: Hay Festival

3 Comentarios

  1. Buen homenaje y humildad del columnista al reconocer a este gran escritor y periodista de verdad independiente y coherente con su forma de pensar. Alienta ver y tener periodistas que siguen sus pasos. Esto lo necesita el pais y hace pensar que sobrevivira el periodista con criterio e independiente. Los medios arrodillados y comprados desapareceran junto a la mediocridad de esa legion de periodistas mercenarios sin nimguna coherencia y solvencia de criterio.

  2. Buen homenaje y humildad del columnista al reconocer a este gran escritor y periodista de verdad independiente y coherente con su forma de pensar. Alienta ver y tener periodistas que siguen sus pasos. Esto lo necesita el pais y hace pensar que sobrevivira el periodista con criterio e independiente. Los medios arrodillados y comprados desapareceran junto a la mediocridad de esa legion de periodistas mercenarios sin nimguna coherencia y solvencia de criterio. Periodistas se creen muchos, pero mas parecen anunciadores de shampus

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