‘Una madre’, de Diógenes Cuevas: el afecto imposible

La ópera prima del director colombiano Diógenes Cuevas, que se estrenó en salas la semana anterior, acompaña la travesía de una madre y un hijo que huyen para encontrarse. Un viaje que bordea la locura, la esperanza y la desesperación. 

Un hijo y una madre huyen por el campo. Descrita así, sin más detalles, la imagen podría tener un valor arquetípico. Si esa imagen se asienta en Colombia, tendría además una alta carga histórica o referencial. Es la madre que escapa como puede, y con lo que puede, de un designio de violencia, de nuestra violencia. Pero lo que vemos en Una madre, la opera prima del realizador antioqueño Diógenes Cuevas, desafía los supuestos e instala otros sentidos.

Dora (la madre) y Alejandro (el hijo) no escapan con sus cuerpos enlazados en el abrazo del miedo. Van a distancia, sin encontrar los medios para restablecer un vínculo entre los dos que ha sido roto en el pasado. Madre e hijo cargan –en ese paisaje de montañas bajas y despejadas por el que transitan– con su historia a cuestas. Una historia de separaciones inducidas que llevó a la madre a un encierro involuntario en un hogar para personas con enfermedades mentales.  

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Es el hijo, entonces, quien debe cargar a la madre. Y lo hace incluso de manera literal, cuando la sube sobre sus hombros para atravesar junto con ella un río hacia una anhelada libertad o nuevo comienzo que, por el contrario, se revestirá de tintes siniestros. Una madre, que empieza como un drama psicológico, se transforma en película de carretera y deriva luego hacia los linderos del terror.

Vea acá el trailer de Una madre:

El viaje del hijo hacia la madre se inicia con dos rupturas: la muerte del padre y la separación del hermano. Ante la disolución de la familia, Alejandro toma el camino y va en busca de Dora, a quien quiere rescatar de la oscuridad y la locura. Es casi imposible no intentar una lectura simbólica y cargarla de un contexto nacional de familias disueltas, hermandades fracturadas y padres muertos o ausentes. 

En 2002, el crítico uruguayo Jorge Ruffinelli publicó un conocido ensayo titulado “Telémaco en América Latina. Notas sobre la búsqueda del padre en cine y literatura” en el que señaló que tal búsqueda era el motivo dominante en la narrativa latinoamericana de la década de 1990. Esa matriz cultural que fue cierta, en términos generales, para la última década del siglo pasado, se ha removido en los últimos años para incorporar otros pliegues.

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Con el nuevo siglo aparecen de manera insistente las narrativas de los hijos y, especialmente, de las hijas. Hay todo un cuerpo de películas colombianas recientes, sobre todo documentales, donde asistimos al gesto performativo de una mujer directora que busca, confronta o reconoce a su madre (u otras antecesoras familiares), y establece así unas genealogías femeninas que sustituyen o al menos cuestionan las herencias patriarcales. Ejemplos de ellos son Amazona de Clare Weiskopf (codirigida con Nicolás Van Hemelryck), Inés, recuerdos de una vida de Luisa Sossa, Home-el país de la ilusión de Josephine Landertinger Forero o Como el cielo después de llover de Mercedes Gaviria Jaramillo.

Una madre, película colombiana
“Ante la disolución de la familia, Alejandro toma el camino y va en busca de Dora, a quien quiere rescatar de la oscuridad y la locura”

Alejandro, en Una madre, asume esta vez ese papel de instigador para que una verdad reprimida salga a la superficie, al precio de romper el precario equilibrio de la familia. Él remueve los silencios de la narrativa familiar y para completar su tarea emprende ese viaje hacia la madre que se convertirá también en una aventura de reconocimiento de esa otra madre: el territorio que los acoge en su huida. En su trayecto encontrarán un espejo que refleja aquello de lo cual querían escapar: otra familia. 

Allí aparece el terror pero, al mismo tiempo, una comprensión nueva: la violencia es colectiva, el abuso que ocurrió en algún lugar que considerábamos privado, se repite en otro, y en otro más. Nos pasó a todos. La película de Cuevas me hizo pensar en La mujer del animal de Víctor Gaviria. Y en su personaje, Amparo, que encuentra a otra Amparo, que también ha sido violentada. O en José, el protagonista de Tantas almas de Nicolás Rincón Gille, que en la búsqueda de sus hijos desaparecidos encuentra a otro padre que se llama como él. También en el cine de Rubén Mendoza y en lo que sus películas nos han enseñado sobre la circularidad de la violencia patriarcal, y acerca de su insistente, siniestra reaparición.

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O puede ser que, en realidad, en el cine colombiano solo se haya hecho siempre una única película: la de los cuerpos lastimados y la tierra herida. Esa intuición, sin embargo, no debería ser impedimento para reconocer la singularidad del gesto de Una madre y de su hermoso y valiente hijo. Alejandro es como un nuevo Rodrigo (me refiero al protagonista de la película Rodrigo D.) que va hacia las fuentes de la vida en procura de restaurar el lugar de los afectos: la vida verdadera. 

Una madre de Diógenes Cuevas

Rodrigo quedó atrapado en las calles laberínticas de Medellín y nunca pudo recuperar a su madre muerta, ni darle un lugar simbólico en su vida dañada, desarraigada. En Una madre Alejandro y Dora recorren otros laberintos, y encuentran el agua al lado de la tierra. Es en el agua donde, en la película, ocurre lo más importante, pero no lo puedo revelar. Vayan a verla, pues en su sencillez nos dice algo que, sin duda, nos concierne.

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