Una subasta en el Titanic: vender arte en tiempos de pandemia

Nuevamente, contrario al sentido común –ese que dicta que si hay pobreza, desigualdad o desempleo habrá que guardar el dinero líquido bajo el colchón por “si hace falta”–, el mercado del arte vivió un pequeño gran auge.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando un buen número de familias de la aristocracia europea cayó en desgracia y la inestabilidad política era pan del día, se orquestó una de las mayores operaciones de traspaso de obras de arte que recordemos. Si bien la Segunda Guerra consolidó el traspaso del poder económico de Europa a Estados Unidos, las élites de la nueva potencia sabían que, si querían detentar el poder verdadero –no el del vil metal–, no bastaría con tener todo el dinero del mundo ni todas las vacas de Alabama, también necesitarían la pátina de la historia –aquella que hacía encantador al Viejo Mundo– y los bienes simbólicos de la sociedad: los objetos culturales que fomentaban la idea de Europa como “cuna de Occidente” y epicentro espiritual del planeta. 

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Hasta los años treinta, el viaje a Europa era la forma de encontrarse con las “raíces de Occidente” –un concepto que no entraremos a discutir– y el mecanismo expedito para introducir el alma en el universo de la belleza y lo sensible, que se consideraban valores superiores a los de usureros y mercachifles. Los industriales norteamericanos, la mayoría venidos de abajo y forjados a pulso, intuyeron –siguiendo el modelo de la Florencia del Renacimiento– el lustre y el roce social que proporcionaba el arte; ellos imaginaron que los demás países del mundo necesitarían conocer su propia historia y nada mejor que preservarla en Estados Unidos, que en adelante sería el nuevo destino del “viaje civilizatorio” y el “guardián” educativo y cultural del planeta. Quien posee el pasado tiene el insumo primordial para imaginar el futuro. Por eso, a falta de los palacios europeos, se fortalecieron los grandes museos anglosajones, los verdaderos templos del capitalismo: olvidémonos de los avisos luminosos de Times Square, el corazón simbólico del capitalismo es el Metropolitan Museum, con sus salas nombradas como los grandes mecenas –y sus nombres tallados en la piedra de los muros–, que a su vez son los prohombres del empresariado y los modelos morales del emprendimiento. Y las fichas de las obras nos recuerdan a los generosos donantes: los constructores de América.

 Armonía (Autorretrato sugerente) (1956), de Remedios Varo
El coleccionista Eduardo Constantini compró por 6,2 millones de dólares la obra ‘Armonía (Autorretrato sugerente)’ (1956), de Remedios Varo.

Para llenar estos templos/mausoleos en memoria del gran capital, había que aprovechar el momento más turbulento del siglo para sacar la chequera y adquirir las grandes obras disponibles, que pululaban en volúmenes insólitos por primera vez en la historia. Aunque nos hemos acostumbrado a la idea del comerciante judío vendiendo a la fuerza su colección para comprar un pasaporte al sueño americano, también muchos aristócratas franceses, alemanes, rusos, italianos y españoles, empobrecidos por los conflictos, decidieron desprenderse de aquellos tesoros familiares que, en otras condiciones, habrían conservado para sí. Y estos alcanzaron precios exorbitados en el mercado internacional: contrario a lo que podríamos suponer o a lo que dictaría el sentido común, el mercado del arte antiguo y moderno –los bienes suntuarios por excelencia– floreció en el momento de mayor escasez e inestabilidad social y política del siglo. Los grandes ricos competían con otros grandes ricos por quedarse con las obras supremas y abundaban los marchantes por Europa, sobrevolando trincheras y campos de concentración, y hasta transando con enemigos ideológicos para quedarse con la crema, esa que daría la pátina y el brillo a las familias y a las grandes instituciones estadounidenses. Dice el refrán que a mayor crisis mayor oportunidad: palabras divinas cuando de lo que se trata es de, a través del arte, apuntalar los cimientos del nuevo orden mundial. 

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A principios de 2019 ocurrió lo inesperado: una pandemia global llevó a la mayor crisis sanitaria, social y económica de la historia reciente. En empobrecimiento y en muertos ha sido comparada con las grandes guerras o con la Gran Depresión (1929-1930). Sin embargo, nuevamente, contrario al sentido común –ese que dicta que si hay pobreza, desigualdad o desempleo habrá que guardar el dinero líquido bajo el colchón por “si hace falta”–, el mercado del arte vivió un pequeño gran auge. Por mencionar sólo un artista, varios Botticelli, un pintor con la mayoría de sus pinturas en museos, fueron puestos en venta, así como otras piezas de primer nivel. A pesar del recelo inicial de que la oferta fuera tan grande que no pudiera ser cubierta por la demanda y se derrumbaran los precios –o estallara la llamada “burbuja del arte”–, lo cierto es que todas las piezas relevantes fueron rápidamente absorbidas por el mercado. Esta no fue la suerte de piezas secundarias, conseguibles en otras épocas menos convulsas, no priorizadas por el coleccionismo pandémico y que con frecuencia quedaron sin comprador.

9 de abril, de Alipio Jaramillo, fue comprando por Constantini en una transacción privada que pudo alcanzar los 200 mil dólares.

En el arte latinoamericano hay varios casos por señalar: uno que pasó inadvertido fue el de una subasta francesa en la casa Briscadieu, de Burdeos, el 19 de septiembre de 2020, en la que se puso en venta un lote conformado por once retratos de emperadores incas, pintados –según dicen– en el siglo XIX. El lote salió en 3000 euros y, aunque el estimado estaba entre 4000 y 6000, se remató a un comprador online por 1.291.500 euros, un suceso sin precedentes para el arte colonial latinoamericano, máxime en una época tan complicada para los museos y para América Latina. Si bien podemos suponer que el comprador tenía información privilegiada que el subastador no –como también ocurrió en el hallazgo reciente de una obra mal catalogada por Alcalá Subastas, en Madrid, y luego atribuida a Caravaggio–, y que esa fue la razón tras las pujas trepidantes, sí que resulta significativo que el lote peruano haya subido por pujas online, en un mercado que no es el natural para este tipo de obras –el francés– y por una cifra tan alta y tan distante del estimado. Al parecer, muchos compradores finales, millonarios aburridos en sus casas de campo, han decidido introducirse en las redes y las subastas virtuales prescindiendo de intermediarios y de los precios de reventa de galeristas. 

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El coleccionista porteño Eduardo Constantini batió, en plena pandemia, varios récords de precios en arte latinoamericano, siempre por obras superiores y que no suelen salir en épocas normales: Remedios Varo, Wifredo Lam o nuestro Alipio Jaramillo fueron algunos de sus objetivos. De hecho, en 2020, mientras las fronteras de Argentina permanecían cerradas y la devaluación se aceleraba, él invirtió 25 millones de dólares en arte latinoamericano pensando en su museo de Buenos Aires, el MALBA: en junio de 2020 se gastó 9,6 millones de dólares por Omi Obini (1943) del cubano Wifredo Lam y 6,2 millones por Armonía (Autorretrato sugerente) (1956) de la mexicana Remedios Varo, ambos récords históricos para los respectivos artistas. El cuadro 9 de abril, del colombiano Alipio Jaramillo, récord en una subasta de Christie´s Nueva York en noviembre de 2010 –110.500 dólares–, fue comprado por Constantini en una transacción privada –algunos sugieren que el precio de reventa rondó los 200 mil dólares–. 

Ahora, Sotheby’s aspira batir un triple récord este 16 de noviembre: (1) vender la obra más costosa en la historia del arte mexicano y latinoamericano, (2) la más costosa realizada por una mujer y (3) la más costosa de Frida Kahlo: Diego y yo (1949), con un estimado inédito para cualquier obra realizada entre el río Bravo y la Patagonia, de entre 30 y 50 millones de dólares, superando los 22 millones que el MoMA pagó antes de la pandemia por una pintura, La luna, de la brasileña Tarsila do Amaral.

Diego y yo, Firda Khalo
Diego y yo, de Firda Khalo, saldrá a subasta el 16 de noviembre en Sotheby’s. Se espera que rompa récord.

Colombia no ha escapado al auge: Bogotá Auctions ha batido varios récords de ventas públicas –no caritativas– dentro del país, aunque muchas ventas privadas puedan superar los precios de remate público. A pesar del auge de las subastas online, la contracara son aquellas galerías que mueven obras menores o arte más joven, en las que la nota predominante fue la escasez pandémica. Entre 2020 y 2021, todas las subastas de Bogotá Auctions fueron desarrolladas online y tuvieron un éxito sin precedentes en el país: se vendieron prácticamente todos los lotes y en cifras que multiplicaron los precios de salida y los estimados. En un mismo evento, el 6 de mayo de 2021, con las calles colmadas de manifestantes contra el gobierno y con una pandemia aniquilando personas, se vendieron un mueble de Beatriz González, Retrato de un desconocido (1973), por 255 millones de pesos, y una Escultura tejida (1972) de Olga de Amaral, en 150 millones. El conjunto de la subasta recaudó varios cientos de millones, lo que parece, una vez más, contrario al sentido común pandémico. Pero no, como en otros tiempos, lo que está ocurriendo es la transferencia de capital simbólico –y, al final, de poder– entre las familias en declive y las élites emergentes de la crisis.

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