Vergüenza general (¿o coronel?)

No hay que tener mucha imaginación para figurar cómo debe ser la celebración de un oficial de la Policía que llega al grado de coronel. Conquistarlo, es quedar en el lobby de los generales. Vamos a decir que, hasta el grado de mayor es el grueso de la masa, lo de llegar a coronel, que es después de mayor, es un punto crucial. Equivale a estar en grado 10 en el colegio, no se es bachiller, pero la meta se alcanza a ver desde donde uno está sentado.

Imagino que en los encuentros íntimos de la familia se deben hacer bromas con aquello de que ya eres “casi general”,  no dudo que se especula con el destino a partir de entrar al generalato, va y se sueña con ser comandante de una división o director general de la Policía, por ejemplo. Y vamos a ser crudos, no debe ser fácil llegar allí.

La milicia per se no es sencilla, por más deteriorada que esté su ética y su moral, el militar tiene que sobreponerse a la dificultad, a la incomodidad, a la guerra, eventualmente a los superiores que ordenan inclementes con la razón o sin ella, a la competencia feroz de los compañeros que se dan codo limpio para cruzar los filtros de los ascensos, el rigor de las jornadas, el esfuerzo físico extremo y la vida cotidiana que siempre está cruzada por los acuartelamientos, los viajes y los traslados. 

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Digámoslo de una vez por todas: ascender en la carrera militar nunca es fácil, por eso quiero preguntar en elevada voz, ¿qué lleva a un oficial como el coronel Nelson de Jesús Arévalo a tomar a patadas, o a bolillazos, o a bombas de gas lacrimógeno, su carrera en la policía?

Este oficial que, no lo dudo, debió superar grandes esfuerzos físicos, mentales y anímicos, súbitamente le aplica un giro a su vida y, de la noche a la mañana, pasa de estar en la plataforma para ser general a obtener un pase para ir preso una buena cantidad de años por cuenta de encubrir un vil, cobarde e inútil asesinato cometido por un insignificante patrullero, a quien se le dio la gana, por cuenta de eso solamente, ¡se le dio la gana! acribillar a Diego Felipe Becerra que estaba pintando un grafiti de un gato en el puente de la calle 116 con avenida Boyacá.  

La cadena de acontecimientos en este asesinato es no solamente macabra, sino estúpida, sobre todo porque estamos hablando de un asesinato inútil, dado que el móvil que motivó el crimen, no cumple ningún propósito concreto. Es decir, el criminal, Wilmer Alarcón, no obtenía ningún beneficio de su acción, con ella no se hacía a un botín de dinero, no vengaba una traición de negocios, no reivindicaba una deuda de narcos, no obtenía un pago sicarial, no le iban a pagar por el concepto uribista de “falso positivo”.  

Wilmer Alarcón mató a Diego Becerra porque se le dio la gana. Así, simple y sin complicaciones; el asesino mató por el placer de matar, lo comprueba la seguidilla de mentiras, falsedades y atrocidades que se cometieron segundos después del asesinato que buscaban exclusivamente esconder que el móvil del homicidio fue únicamente el capricho de Alarcón de asesinar. 

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Alterar la escena del crimen y comprar el testimonio de Jorge Eliécer Narváez, un chofer de bus que no tuvo inconveniente en asegurar que Diego, la víctima, lo había intentado atracar momentos antes de la tragedia, es una acción que se ejecutó a la brevedad después de la muerte de Diego, lo cual indica, sin lugar a duda, que el móvil que llevó al asesino a disparar, no era otro que su capricho enfermizo y probablemente de odio por todo lo que signifique juventud, arte y libertad. 

Wilmer Alarcón, presunto asesino del grafitero Diego Felipe Becerra
Wilmer Alarcón, presunto asesino del grafitero Diego Felipe Becerra

Es conocido de todos que en las intimidades de los cuarteles de la policía y el ejército a los jóvenes uniformados se les programa mentalmente para que sientan que “los civiles” son sus enemigos. Asuntos como juventud, perlo largo, música, arte y alegría, se homologan con vicio, delito y comunismo,  enemigos capitales del orden unificado y obtuso de la milicia.  

No es difícil imaginar que Alarcón, nutrido de odio hacia todo lo que él ya no pudo ser, artista, por ejemplo, trajera en los bolsillos de su mente policial un odio enquistado hacia contemporáneos suyos que en cambio de estarse levantando a las 4 de la mañana por cuenta del grito de un superior, se levantan en un hogar amoroso, sin tender la cama templada como cuerda de guitarra, recibiendo un desayuno amorosamente servido.

Contemporáneos suyos que sin ser tratado a los gritos, poniéndose la ropa que les provoque, alguna muy irreverente, y que pasan la tarde con amigos hablando cháchara, enamorándose y preparando el plan de la noche que bien puede incluir una rumba en el barrio y, ¿por qué no?, pintar un par de grafitis. 

Entendible que en una mente enferma como la de Alarcón, nutrida en el resentimiento y la envidia, se fermente la basura necesaria para que ante la imagen de un contemporáneo suyo con semblante de alegría y de amor por la vida y por el arte, pintando un grafiti,  lo que surja en sus impulsos sea pegarle un tiro. 

Despreciable, condenable, repudiable, pero, reitero, en la mente irritada de Alarcón por cuenta de los insumos que recibe de sus superiores, es entendible, no justificable o perdonable, pero entendible,  el odio y el resentimiento que producen esto y mucho más. Pero lo que sí se escapa completamente de mi comprensión es ¿por qué un coronel como Nelson de Jesús Arévalo, sirve en bandeja su carrera y su futuro próximo como general, para encubrir el salvaje, injustificado e inútil asesinato cometido por un patrullero de miles que hay en la institución?

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Con el asesinato de Diego Becerra nadie ganaba nada, así de simple, ¡nada! Fue un acto de barbarie cuya única motivación fue la basura que carga el  matón en su mente, las ganas, seguramente, de cobrar en un civil, como nos llaman los policías a los que no usamos su uniforme, su mala sangre, la mala química que le inyectó la institución hacia la juventud que no se alinea y que no repite estrofas de zombie cargadas de belicosidad y patriotismo pútrido.

La hipótesis que aparece, entonces, es aterradora. Indica que la policía de Colombia es una dimensión en la que habitan seres, no solamente uniformados en la ropa, sino también en valores homicidas que los unifican como fuerza letal que, anunciado por la tal Cabal, entran a matar sin otra justificación que usar los juguetes que les compran nuestros impuestos. Sólo así entiendo que una carrera como la de este coronel que ya veía el horizonte soñado desde cadete, se ponga en riesgo y se condene por encubrir un asesinato vil, cobarde y corrupto. 

Tengo la seguridad de que este coronel Arévalo, no era amigo del asesino Alarcón, si hay algo claro en las fuerzas armadas son los estratos,  los coroneles y los patrulleros no van a fiestas juntos, seguramente a Arévalo no le agradaría para nada que una hija suya se casara con el patrullero Alarcón, no dudemos que si Alarcón quería saludar a Arévalo, tendría que ponerse firme, taconear y agregar la palabra MI al grado del coronel que, seguramente, le daría una orden que es el flujo de comunicación entre un oficial de alto rango y un patrullero. 

Pero a la voz de mentir para esconder los pecados de la institución, parece que las distancias desaparecen y desde el generalato hasta lo más ínfimo de lo cultivado en la Escuela General Santander se homogenizan para torcer, mentir, manipular, amenazar y trampear con tal de esconder la basura que ellos mismos producen.

La conducta de Arévalo, ahora condenado igual que el coronel Alarcón, solamente se entiende desde una perspectiva, no se trata de las manzanas podridas con las que desde décadas, han engrupido a la opinión, se trata de una política, una cultura, un código de comportamiento nutrido por la pésima educación de la policía que, como lo anuncia la tal Cabal, “son una fuerza letal que entra a matar”, y eso están haciendo: Nos están matando.

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3 Comentarios

  1. Que alguien lo exponga mejor…difícil, qué claridad, qué precisión y qué argumentación.
    Solo con posturas críticas y educación política, algún lejano día, podremos saltar el “desbarrancadero” llamado Colombia.

  2. Ernesto Arturo Andrade

    Vergüenza absoluta tanto de Jesus Arevalo, como de toda esa institución convertida en maquina de muerte y, no se diga de las demás fuerzas que con el embeleco de defender una inexistente democracia, hacen y deshacen. Nunca habia leido un retrato de las fuerzas dizque del orden que operan en Colombia, en este escrito el autor refleja la perfecta radiografía en lo que convirtieron este pais.

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