Vicente Fernández, la ranchera y el desprecio por la “cultura traqueta”

Mi sospecha es que nuestro desprecio por la cultura traqueta no es solo por su machismo y violencia. Nos ayuda a poner un cordón inmunitario contra esos ‘bajos fondos’, a separarnos de esos millones de seres que son los nuevos parias de esta sociedad, atrapados en esas redes de violencia”.

Por Erna von der Walde *

La muerte de Vicente Fernández ha sido una ocasión propicia –como siempre que muere algún ícono de la cultura popular latinoamericana– para que se señalen su machismo y sus demás falencias como ser humano. Confieso, sin vergüenza alguna, que no sigo las vidas de nadie e ignoro todo sobre estos personajes. Me entero apenas cuando en las redes salen los mismos reproches de siempre.

Estos personajes, nos gusten o no, forman parte de la cultura latinoamericana y nos brindan claves para leerla y entenderla. El nuevo puritanismo que se ha instalado en ella reduce toda reflexión a lo personal y toda apreciación de su arte a un juicio sobre su persona. Un frente moralista y purista se lanza rápida y morbosamente por las redes a calificar cada uno de sus actos en vida.

Atrapado en un curioso romanticismo, el frente moralista supone que las manifestaciones culturales deben conservar una cierta pureza y que para ello es importante mantener a los productores rigurosamente vigilados. Vive de la glorificación de ciertos sujetos por ser poseedores de ciertas virtudes que, a su vez, se verían plenamente reflejadas en su arte (o viceversa: su arte es la clave directa de su persona) y de la satanización de manifestaciones en las que pululan seres despreciables o son del agrado de seres igualmente despreciables.

Puede interesarle: “Nunca le diría a una niña que Johann Sebastian Bach vale más que Shakira”: James Rhodes

En Colombia, con la muerte de Vicente Fernández se ha manifestado un profundo desprecio por la ranchera como manifestación de la “cultura traqueta”, asociada al narcotráfico y a sus violencias. No estoy ni de lejos calificada para trazar la trayectoria que tiene la ranchera en la cultura colombiana. Pero su importancia en la cultura popular es indudable.

En una época se decía que en Colombia la clase alta se cree inglesa, la intelectualidad francesa, la clase media estadounidense y la clase baja mexicana. En un país que no tuvo una industria cinematográfica de peso en la época en que se crearon los imaginarios nacional populares (como sí la tuvieron México y Argentina), el cine mexicano desempeñó un papel fundamental en la formación de sensibilidades populares colombianas. Esa ranchera violenta y machista refuerza algo que ya claramente estaba en la cultura. Y va a ingresar a la “cultura traqueta” sin solución de continuidad en la medida que la que denominamos con ese término se compone de elementos de la cultura popular de la que provienen sus miembros.

Me parece que no hemos pensado esa “cultura traqueta”, tan asociada a los espacios de producción y circulación de la droga. No hemos pensado lo que pueden representar ciertas manifestaciones culturales para esos miles y millones que viven y trabajan en esos espacios. Pensarla pasa por las preguntas que se planteó Jesús Martín Barbero cuando fue a ver La ley del monte con unos colegas suyos de la Universidad del Valle.

Estos académicos, especialistas en comunicación y cultura, se burlaban de la sensiblería y el sentimentalismo de la película, mientras la gente en el público les pedía enervada que se callaran. En un punto, Martín Barbero pasa de mirar la película a observar el público. Y se da cuenta de algo: cuando los estudiosos de la cultura pretendemos interpretar estos materiales, no nos fijamos en lo que representan para la gente, no entendemos “¿qué hace la gente con lo que ve?”, para citar la pregunta central. ¿Qué hace el raspachín con un vallenato de Diomedes Díaz? ¿Qué hace el pisco que lleva droga por un corredor con una canción de Los Tigres del Norte?

“Cultura traqueta” es el apelativo de algo que preferimos no conocer. Tampoco pensamos lo que representa la “cultura traqueta” para nosotros, los que no formamos parte de lo que son los hornos de la producción de cocaína, pero sí formamos parte de lo demás, de la estructura que produce y en la que se asienta la economía nacional, de sus reverberaciones y de las manifestaciones culturales que nos ayudan a separar los dos mundos: el de los criminales que la producen y el de los glamorosos espacios en los que se consume. Mi sospecha es que nuestro desprecio por la cultura traqueta no es solo por su machismo y violencia. Nos ayuda a poner un cordón inmunitario contra esos “bajos fondos”, a separarnos de esos millones de seres que son los nuevos parias de esta sociedad, atrapados en esas redes de violencia. Ellos son la bazofia del sistema, son el sujeto lumpenizado y criminalizado sobre el cual arrojamos todo nuestro desprecio.

Puede interesarle: La cartelización mexicana del narcotráfico en Colombia

Mientras escribo esto no puedo desprenderme de la imagen del joven economista que maneja directamente las operaciones de lavado de dinero, pero aclara para que su entrevistadora no dude de la calidad de persona que es, que a él le gusta la música clásica. Especifico “directamente“, porque por supuesto toda la banca global está metida en el negocio de lavado, solo que los encargados de mover esa “pasta” no le ven la cara al “químico” que produce la otra pasta.

Una comprensión somera de lo que sucede en los espacios de la cultura popular pasa por entender las figuraciones que adoptan nuestros desprecios, por entender cómo se ha configurado ese “buen gusto” con el que queremos engañar nuestros sentidos. Y aquí cabe también pensar en la figura de “líder social”. ¿Cuántos de ellos no han estado luchando por sustitución de cultivos? Porque de eso no hablamos. Hablamos de sus muertes pero no de sus luchas, para purificarlos, para no verlos como el sujeto paria de nuestro desprecio. Así conseguimos que lo que pasa en lo que llamamos “los territorios” no nos produzca disonancias cognitivas ni incompatibilidades con las sonatas de Chopin al atardecer.

* Este texto fue escrito originalmente en la cuenta de Facebook de su autora. Lo publicamos en Diario Criterio con su autorización. 

Foto: Julio EnriquezCreative Commons

3 Comentarios

Deja un comentario

Diario Criterio