‘Vitalina Varela’: más que un cine descalzo

Vitalina Varela’, la más reciente película del cineasta Pedro Costa, se exhibió en la Semana del Cine Portugués, junto con una retrospectiva del director, y permanecerá en algunos cines del país en estos días de diciembre. Cine conjuro, cine futuro.

¿Cómo en un cine que lidia con fantasmas y escombros puede ser tan fuerte –tan material y concreta– la presencia? Fantasmal es la convivencia entre vivos y muertos. Escombros –y sin embargo bellos– son los lugares y los cuerpos. El capitalismo y las relaciones coloniales han hecho de estos cuerpos ruinas que, otra paradoja, viven en un tiempo extraordinariamente denso. En ese devenir intensidad se sostiene la proeza fílmica de Pedro Costa. Un cine que muestra lo vampírico del trabajo y la manera en que este nos exprime y extenúa. El resto que queda emerge, amenaza, expresa la inmensidad de su pérdida y su resistencia a ser solo falta o derrota.

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Los inmigrantes caboverdianos en Portugal recorren como espectros buena parte del cine de Pedro Costa, y llegan con toda su potencia al díptico que conforman Caballo dinero y Vitalina Varela, estrenadas en 2014 y 2019. En la primera de estas películas Vitalina aparecía y contaba su historia: su viaje a Lisboa, desde Cabo Verde, para asistir al funeral de su esposo. Duelo suspendido, pues cuando Vitalina llega ya el esposo ha sido enterrado. 

En Vitalina Varela el relato anterior se expande. “No hay nada aquí para ti”, le advierten a la recién llegada que desciende del avión descalza, monumental. Ese aquí es Portugal, la antigua potencia que sigue alimentándose de cuerpos y territorios del otro lado. El cine de Costa corrige lo real. En la película sí hay un lugar para Vitalina, para su duelo postergado y su deambular por una Lisboa de calles estrechas y oscuras, para que reconozca la casa de Joaquim, su esposo, en Lisboa y la recorra y la viva como un espacio embrujado. Esa casa que, durante varias décadas, esperó conocer, y tan distinta a la que ambos, esposo y esposa, construyeron en Cabo Verde. 

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El cine de Pedro Costa les ofrece hospitalidad a esos cuerpos sufrientes, a la vez encarnados –firmes o tambaleantes sus pies sobre la tierra– y desencarnados, como si fueran ya de otro lugar o pertenecieran a otra dimensión. Pero estas películas no ofrecen a sus personas/personajes cualquier tipo de acogida. Ellas no están ahí para ser dato sociológico o denuncia, aunque también lo sean. Se elevan a una estatura mítica, resultado de un trabajo sobre la materia de la realidad, la luz y la sombra, lo lleno y lo vacío, lo presente y lo ausente. Cada persona/personaje es, además de una presencia, un llamado. Son nuestra responsabilidad. Debemos repetir el gesto hospitalario que ya este cine tuvo con ellas. Tenemos que acoger esos rostros y esos cuerpos: a la vez máscaras y archivos, superficie y profundidad.

Vitalina Varela fue rodada casi toda en interiores, pero son interiores porosos que dejan filtrar lo que está afuera: sonidos y luces, murmullos de gente, viva y muerta

Vitalina Varela fue rodada casi toda en interiores, pero son interiores porosos que dejan filtrar lo que está afuera: sonidos y luces, murmullos de gente, viva y muerta. A Costa, desde luego, no le interesa filmar la subjetividad burguesa y su teatro intérieur. Cada encuadre en el que Vitalina, Ventura y los demás habitantes de la película aparecen, contiene un inmenso fuera de cuadro. ¿Podríamos nombrar a ese fuera de cuadro como la Historia y su violencia? En todo caso es un universo autosuficiente, que no pide permiso para existir. Y en el que se despliegan unas vidas dignas en su precariedad, merecedoras de atención y cuidado, reclamantes de amor. 

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Cada encuadre, bello y único, es un juego de luces y sombras que realza todo lo que el encuadre contiene, y donde la figura humana –y la palabra– es el centro. Vitalina Varela,y todo el cine de Pedro Costa, nos demuestra que la representación es, además de una estética, una política y una ética. Las películas del cineasta portugués se resisten a reproducir el despojo. No es un cine sobre unas personas, sino con o a través de ellas. Por eso, cada que Costa dice algo sobre sus películas habla ante todo de un modo de trabajo que rompe con la estructura jerárquica del cine convencional. Las películas como otra forma de producción que responde e impugna a la producción capitalista, extractiva y depredadora.

En las películas de Costa, y mucho en Vitalina Varela, las personas hablan de casas, cosas, alimentos. De la existencia resolviéndose en su realidad más inmediata. Del seno arcaico de esa especie de magma material, se levantan capas y capas de ambivalencia y misterio.  Es difícil, casi imposible, hablar de una película suya sin remitirse al corpus entero de su obra. De tal manera las películas se retroalimentan, se lanzan entre sí conjuros y conjeturas. 

Vitalina Varela, de Pedro Costa

Estamos ante un cine que es un universo en sí mismo y que sin embargo se abre a múltiples conversaciones y tradiciones. En Vitalina Varela hay un diálogo con la tradición pictórica occidental, con los interiores holandeses, con el cine de zombies de Jacques Tourneur, tal vez con Rulfo. Pero la película no remite a un pasado museificado de referencias, dispara (como cierta mirada de Vitalina) hacia el futuro de una vida no dañada, en cualquier lugar.

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