Votar en blanco para pedir más democracia

Votar en blanco es de nuevo una potente forma simbólica de mostrar inconformismo frente a lo que se nos muestra en la tarjeta electoral: la estulticia de Rodolfo Hernández y el todo vale de Gustavo Petro.

Los dos son los protagonistas del mayor espectáculo de mentiras de los últimos años: un luchador contra la corrupción con manchas que le han aparecido por doquier y uno de los más duros críticos de la imperfecta democracia colombiana que le dio por presentarse ahora, en estos días que han transcurrido desde la primera vuelta, como el gran defensor de la institucionalidad.

El voto en blanco no es nuevo y se ha ido robusteciendo en los últimos años, tras las reformas políticas adoptadas por medio de los Actos Legislativos 01 de 2003 y 01 de 2009, así como gracias a la sentencia la sentencia C-490 de 2011 de la Corte Constitucional, que declaró exequible la Ley 1475.

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Petro lo promovió en 2010, con lo que contribuyó a quitarle impulso a la Ola verde, que pudo haber sido un freno oportuno al uribismo. En 2011 lo abanderó Gustavo Bolívar, incluso pidiendo dinero al Estado para financiar el movimiento que entonces orientaba tal acto de protesta.

En 2014 llamaron a votar en blanco las bases de la Unión Patriótica, la Coalición de Movimientos y Organizaciones Sociales de Colombia (Comosoc) y el Partido Socialista de los Trabajadores – PST, entre otros grupos.

En 2018, Sergio Fajardo, Humberto de La Calle y Jorge Enrique Robledo lo cantaron. Y ahora Fajardo y Robledo han hecho el bis. En ambas ocasiones con una diferencia con respecto a las anteriores: no han pedido explícitamente a los demás ciudadanos que los acompañen en esa decisión.

Cada vez que se proclama el voto en blanco, los grupos que consideran que favorece al rival, dicen que esa actuación implica desentenderse, lavarse las manos. Incluso, contribuir a que se acabe el mundo.

En realidad, tales críticas olvidan que a pesar de los gritos catastrofistas no se ha acabo la democracia. Y, además, que si bien votar es uno de los puntos culminantes para hacer efectiva la democracia, no es el único, pues esta se construye en nuestro actuar diario, mucho más allá de esa delegación que cómodamente hacemos entre cada elección para que nos gobierne alguien.

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Votar en blanco en esta ocasión significa declarar que nada puede ser peor que lo que nos pasa en la actualidad, a pesar de cuanto advierten los profetas del pesimismo. Cuando se proclama que debe optarse por el mal menor de alguna manera se asume que no hemos llegado al fondo del pozo y se reconoce que la vía para salir de allí pasa por abandonar las virtudes que defiende la democracia y tolerar las mentiras, las trampas y la corrupción. No tener esto en cuenta es caer en la banalidad del mal que mencionó Hannah Arendt, al no considerarnos individualmente culpables de eso que permitimos.

Pensar, además, que el voto en blanco deja la elección en manos de otros, es arrebatarle su razón misma de la inconformidad que expresa para indicar que los candidatos no lograron ampliar suficientemente los consensos propios que debían construir en la segunda vuelta.

También es desconocer que la insatisfacción no se manifiesta frente al sistema sino frente a los candidatos que aparecen en estos comicios.

El voto en blanco, entonces, busca que se genere la reflexión de los implicados en las elecciones para corregirse. Ello sin acudir a un arma, sin dar cachetadas, sin pasarse la ley por el cuatro letras. Apenas con ese instrumento que quiere ser un grito: la crisis de nuestra democracia ha sido causada en buena medida por defenderla con métodos que erosionan sus propios fundamentos.

Hace casi un siglo, en los cuadernos que redactó mientras estaba encarcelado en Turín (Italia) por el régimen fascista, Antonio Gramsci escribió “El concepto de mal menor es uno de los más relativos. Enfrentados a un peligro mayor que el que antes era mayor, hay siempre un mal que es todavía menor, aunque sea mayor que el que antes era menor. Todo mal mayor se hace menor en relación con otro que es aún mayor, y así hasta el infinito”.

El voto en blanco es, en definitiva, un intento de salir del infernal círculo de votar contra, de votar por el mal menor, que hoy en día es el mayor de todos porque permite que siga ese automatismo que consolida la moral imperante: no se puede, luego no se debe hacer otra cosa.

El voto en blanco es un llamado a que comencemos a desanudar el nudo que está ahorcando a las democracias: la falta de pulcritud y de sinceridad. Y es un llamado que no puede ser estéril, es como ha dicho reiteradamente otro luchador contra los autoritarismos de nuestro tiempo, Edward Snowden: “Creer en algo no basta. Para obtener cambios, hay que estar dispuestos a tomar posiciones que permitan defender eso en lo que se cree”.

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