‘Rifkin’s Festival’ de Woody Allen: Sísifo o lo posible

Se estrena en Colombia ‘Un romance equivocado’ (pésima versión en español de su muy apropiado título original: “Rifkin’s Festival”), la película número 49 de Woody Allen. Esta vez el director neoyorquino filma en San Sebastián y rinde un sentido  –aunque a veces cansado y pedestre– homenaje al cine de los maestros europeos con los que se identifica.

Dedicar un par de horas –o media jornada, si es que incluimos el desplazamiento– a ver una película de Woody Allen parece entrar en el rango de lo sensato. Si uno es admirador de su cine, tiene aseguradas zonas de reconocimiento y confort. Allen entrega las claves de sus películas cada vez con mayor facilidad. O digámoslo sin rodeos: con pereza. Sin embargo, incluso ahora que filma por fuera de su hábitat natural, Nueva York, el director de Brooklyn se las arregla para, con unos cuantos pases mágicos, estar como en casa.

En Rifkin’s Festival, su última película hasta ahora –la número 49, según dicen quienes llevan las cuentas–, existe una garantía adicional de familiaridad: Woody Allen ubica las peripecias de sus personajes en un festival de cine, el de San Sebastián, en la costa vasca española. Y en todo festival, de cualquier cosa, siempre hay cardúmenes de torturados y esnobistas, dos especies humanas que fascinan al autor de Manhattan y Hannah y sus hermanas.

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En el centro de la intriga hay un matrimonio norteamericano que va al evento vasco pues la mujer, Sue, trabaja como agente de un prometedor –y bastante melifluo– director de cine, encarnado por ese heredero cool de la Nouvelle vague, que es Louis Garrel. El hombre, Mort, es un profesor de cine retirado de su oficio y que ahora, más que ver películas, sueña con ellas.

Tal vez lo que mejor se llegué a recordar de Rifkin’s Festival sean esas viñetas en blanco y negro en las que Allen reconstruye los sueños del personaje, cada vez homenajeando a una película distinta: de Persona a El ángel exterminador, pasando por Sin aliento o Citizen Kane, hasta la inevitable El séptimo sello, donde Mort juega su partida de ajedrez con la mismísima muerte.

Rifkin’s Festival expone con modestia la conciencia de un doble o triple fracaso. El matrimonio de Mort y Sue se derrumba, la obra de arte no cae de su peso, y un nuevo amor no es fácil de encontrar, ni siquiera en España y frente al mar.

Hay algo rudimentario en los guiños que Allen hace esta vez a sus cineastas favoritos. Nada que ver con ciertas citas ingeniosas de otros tiempos. En Rifkin’s Festival, el homenaje deviene pastiche: es un anciano aferrándose al cine de otro tiempo y quizá, de paso, a la permisividad moral de la cinefilia de antaño, antes del #MeToo y otros estremecimientos. Luce tan cansada su nostalgia que llega uno a pensar que el cineasta fue, siempre, hasta en sus picos más altos, un dispensador de lugares comunes. Si no él, que en todo caso fue capaz de encontrar una forma cinematográfica ágil y eficaz como contenedora de sus emociones e ideas, al menos sus personajes.

Rifkin’s Festival , la última película de Woody Allen
El cartel de la película

Muchos de ellos, como saben, se creen genios, pero a la luz del día  –y del sol otoñal de San Sebastián– no son más que un revoltijo de obviedades. Tal vez esa es la razón por la que conectamos con ellos; con sus miserias y su simpleza se ganan nuestra amistad –y condescendencia– cinematográfica. Mort Rifkin, por ejemplo, quiere escribir una obra maestra, digna de figurar al lado de las mejores de Dostoievski, Joyce o Chéjov, o de las de sus amados directores de cine europeos. Pero, claro, las obras de arte se escriben contra el tiempo, o a pesar del tiempo: triunfan sobre esa limitación humana. Y a Mort el tiempo se le acaba. Ya que no hay obra de arte a la vista, ¿por qué no probar a conquistar ese otro sueño humano que es el amor?

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Rifkin’s Festival expone con modestia la conciencia de un doble o triple fracaso. El matrimonio de Mort y Sue se derrumba, la obra de arte no cae de su peso, y un nuevo amor no es fácil de encontrar, ni siquiera en España y frente al mar. Suma de condiciones y territorio fértil para una nueva letanía de Allen.

Estamos, como supondrán, en el rango de la repetición. ¿Para qué? ¿Por qué este viejo terco y deshonrado sigue haciendo películas? ¿Teme el ser para la nada, o se escabulle de algo aún más horrible?  Después de Blue Jasmine, Woody Allen ha hecho, una tras otra, películas –y hasta una miniserie– prescindibles, que no suman nada a su vieja gloria. Trámites para engañar la muerte.

La película entrega ella misma un tímido indicio como respuesta. Y verán que es otra obviedad: el mito de Sísifo, o la interpretación de Albert Camus del célebre héroe de la mitología griega, de la cual dos personajes del film terminan hablando. Para el escritor franco-argelino, Sísifo es otro nombre para los esfuerzos incesantes e inútiles de los seres humanos, distraídos en llevar una piedra, cuesta arriba, solo para, una vez en la cumbre, verla caer de nuevo. Y volver a empezar, hasta el infinito. Sin por qué o para qué.

Esa confianza en lo absurdo sería la mejor respuesta humana ante las últimas cuestiones, las únicas que para Mort son importantes de encarar. La otra posibilidad es el suicidio. Pero el suicidio es, precisamente, una de esas últimas cuestiones, o, como diría Camus, el único problema filosófico serio. Descartado el suicidio, por qué no hacer películas menores, volverse a enamorar –y fracasar–, ver otra puesta del sol.

Rifkin’s Festival, lo nuevo de Woody Allen
Rifkin’s Festival, lo nuevo de Woody Allen

Gracias, Woody, por no desistir, incluso si el mayor logro de una película como Rifkin’s Festival fue inaugurar un festival de cine en la misma ciudad en la que se filmó –en 2020, y en plena temporada de cancelación de festivales–, estrenarse en Colombia o ganar un premio al mejor afiche. Puede que no sea lo más meritorio para alguien como usted, pero entra en ese rango, esencialmente humano, de lo posible.

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