¿Qué esperar de la cumbre Petro-Maduro?

El presidente colombiano se reunirá el martes en Caracas con su homólogo venezolano en un nuevo acercamiento entre ambos países que buscan estrechar lazos luego de tres años de ruptura diplomática.

Los migrantes que arriesgan la vida por el ‘sueño americano’

Estados Unidos es el destino más cotizado. Miles se arriesgan en el Tapón del Darién, Chocó, para cruzar a Panamá, a pesar de las advertencias sobre delitos sexuales, estafa y muerte en el camino.

Unos 40 migrantes avanzan en grupo hacia un paso ilegal en la frontera de Venezuela con Colombia, primera escala de un viaje sin visa hacia Estados Unidos, en una odisea a pie que incluirá al peligroso Tapón del Darién.

El temor a veces se olvida para poder obtener cosas mejores en la vida“, dice Eiden Serrada, un joven de 18 años en el pelotón, consciente de casos de muertes, desapariciones y abusos en el pasaje selvático de 266 km entre Colombia y Panamá, cada vez más atractivo para los venezolanos.

El fenómeno de los migrantes a pie surgió con fuerza en 2017, en principio, con rutas a otros países de América Latina.

El cruce por el Darién, antes de llegar a Panamá, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), fue atravesado por unos 28.000 venezolanos en el primer semestre de 2022, salto gigantesco en comparación con los poco más de 2.800 que lo hicieron en 2021.

Cerca de la trocha, como llaman en la zona a los senderos limítrofes ilegales, Venezuela y Colombia reabrían la frontera a vehículos de carga tras restablecer relaciones diplomáticas.

Pero nada cambia para los caminantes.

Un registro del Observatorio de Investigaciones Sociales en Frontera (Odisef) estima que apenas el uno por ciento tiene pasaporte, documento que cuesta 200 dólares, así que no puede emplear cruces formales.

Más de seis millones de venezolanos han migrado desde 2015 por una crisis económica sin precedentes, calcula la Organización de Naciones Unidas (ONU), aunque el gobierno de Nicolás Maduro desestima ese número.

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Migrantes El Darién
Una mujer migrante, en el albergue de San Vicente, Metetí, provincia de Darién (Panamá), cerca de la frontera con Colombia.

El fenómeno de los migrantes a pie surgió con fuerza en 2017, en principio, con rutas a otros países de América Latina, pero Estados Unidos ha pasado a ser el destino más cotizado.

Los venezolanos, de hecho, quedaron atrapados en la batalla política en ese país, con gobernadores republicanos enviando a miles de migrantes a bastiones demócratas para protestar contra la política del presidente Joe Biden, acusado de haber convertido la frontera en un colador sin control.

“Mami, me voy a Estados Unidos”

De “un día para otro“, Jonathan Gil —dice— empezó a caminar.

Necesitaba comprarle comida a mi mamá y, como no me vi con plata, me sentí mal y le dije: ‘Mami, yo me voy a Estados Unidos y, cuando esté allá, le mando todo lo que necesite‘”, relata el exmilitar de 24 años, en la carretera hacia la población fronteriza de San Antonio, en el estado de Táchira (Venezuela).

Jonathan salió a pie seis días antes desde El Tocuyo, un pueblo a unos 600 km, con su pareja, un amigo y un joven de 15 años. Andan en chancletas, con morrales pequeños y llevan un perro.

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Horas después paran en un albergue de migrantes en San Antonio, administrado por la católica Diócesis de San Cristóbal y la OIM en un proyecto nacido en 2018. Allí tienen comida y cama… al menos por una noche.

Con 19 literas y dos corralitos para bebés, el refugio recibe a los migrantes, a quienes dan pastillas potabilizadoras, jabón, protector solar y otros artículos que les ayudarán en la ruta; charlas sobre mecanismos de protección, organizaciones internacionales que pueden asistirles, además de asesoría legal.

¡Ayúdennos para comer! ¡Somos caminantes!“, grita al día siguiente un hombre, en las calles de San Antonio, con su niña de un año en brazos. Su familia es el primero de cuatro grupos, todos con menores, que llega a este albergue esa mañana.

Negocios en esta población de 60.000 habitantes ofrecen baños y duchas por 4.000 pesos colombianos (un dólar), pues el depreciado bolívar venezolano prácticamente desapareció en la frontera. Por el terminal de buses se mueven diariamente viajeros que inician a pie su travesía al extranjero o vuelven, también caminando, a Venezuela.

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Migrantes El Darién
Migrantes, en el albergue de San Vicente, Metetí, provincia de Darién (Panamá), cerca de la frontera con Colombia.

De ida y vuelta

Un millar de migrantes pasa por el albergue cada mes, dice Cristhian Pastrán, vocero de la diócesis, y destaca que el flujo aumenta y muta: “ya no es solo de ida, sino también de vuelta“.

El 58 por ciento de los grupos de caminantes que Odisef contabilizó entre junio y agosto salían, mientras que el 42 por ciento entraban a un país cuya economía ganó oxígeno tras la flexibilización de controles asfixiantes.

Casi la mitad de estos migrantes eran niños y adolescentes muy vulnerables al tráfico humano. Carteles y folletos en el refugio advierten de ese peligro.

La diócesis tiene otro albergue —focalizado en víctimas de trata o abusos sexuales— y siete puntos móviles de asistencia. Hasta 10.000 personas, apunta Pastrán, han sido atendidas en un mes por toda la red.

Belén González, de 25 años, llega a pie al albergue de San Antonio con su niña y su esposo, en su retorno al país tras migrar a Ecuador en 2020. Su marido quedó desempleado.

No teníamos para el arriendo y nos sacaron a la calle”, cuenta.

Diecinueve migrantes que trataban de llegar a Estados Unidos murieron en lo que va de año mientras cruzaban la selva del Darién, una peligrosa ruta por la pasaron en 2022 más de 160.000 personas, en su mayoría, venezolanos.

En una ruta sin fin, otros, en su camino de vuelta, como Belén, contemplan volver a migrar sin visa, ahora con el Darién en el horizonte. “No sabemos si nos vamos a ir otra vez. Pensamos en Estados Unidos“.

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Rusia formaliza anexión de regiones ucranianas

El presidente ruso, Vladimir Putin, firmó este viernes en el Kremlin la anexión de cuatro regiones de Ucrania controladas por su ejército y prometió a los rusos la “victoria” tras siete meses de ofensiva militar en el país.

El septiembre negro de México

Un sismo de 7.7 en la recala de Richter sacudió México este 19 de septiembre, en el aniversario de los dos devastadores terremotos que dejaron miles de víctimas en 1985 y 2017.

Catatumbo, donde la paz y la guerra antidrogas perdieron

Firmantes de paz en esta región de Norte de Santander se esfuerzan por no volver a las armas y a la coca, pero ningún otro cultivo es tan rentable como el prohibido.

Cuando depuso los fusiles, Eiber Andrade pensó que jamás volvería a la ilegalidad, pero, una vez más, está en la sombra.

El joven excombatiente ahora deshoja a mano los arbustos de coca en la región colombiana donde la lucha antidrogas fracasó y las promesas de paz del Estado se hundieron.

Hace cinco años, Andrade (24) abandonó las filas de las Farc. Tras el acuerdo de paz con la entonces guerrilla, pensó que podría dedicarse a la agricultura, en Catatumbo, en la frontera con Venezuela, donde se concentra la mayor cantidad de narcocultivos del mundo (40.084 hectáreas en 2020, según la Organización de Naciones Unidad, ONU).

Como muchos de los 13.000 excombatientes, se sintió engañado. El dinero que debía recibir como parte de los compromisos oficiales nunca llegó, reniega el hombre alto y de voz gruesa.

Guerrillero desde los 10 años, Andrade terminó metido entre los cultivos ilegales que relumbran bajo el sol intenso, para sobrevivir junto con su pareja, de su misma edad, y su pequeña de tres.

Los presidentes que hemos tenido no nos han dado todavía ninguna ayuda”, reclama, mientras desnuda los arbustos, cuyas hojas se convierten en la pasta base de la cocaína.

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Varios desmovilizados ya volvieron a las armas con los grupos disidentes del acuerdo que, junto con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) —la última guerrilla reconocida del país—, operan en esta zona, donde la propaganda subversiva advierte de su dominio.

Otros, al menos 330, según conteos independientes, han sido asesinados en un desangramiento que el nuevo presidente, Gustavo Petro, promete detener, mientras denuncia el fracaso del combate antidrogas que, en cuatro décadas, deja decenas de miles de muertos, entre policías, militares, jueces, periodistas, campesinos y pistoleros asalariados.

El primer gobernante de izquierda no quiere más campesinos cocaleros encarcelados. En el país que produce la mayor parte de la cocaína consumida en Estados Unidos y Europa, los recolectores son el eslabón más débil de la cadena.

Que Petro nos ayude (…) para ver qué nosotros podemos cambiar, porque si no nos ayuda con nada, pues, seguimos nosotros con estas cosas, y esto es un delito muy grande”, sostiene Andrade.

Aunque el acuerdo de paz con las Farc pretendió acabar con el negocio de la droga, combustible de la violencia, el número de hectáreas sembradas en Colombia es similar (142.783) al de 2016 (146.139), según el último recuento de la ONU.
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Otros tres exguerrilleros trabajan a diario junto a él, en una finca de seis hectáreas. Plantaciones escasas de café, cacao y plátano se mezclan entre la coca, pero ningún otro cultivo es tan rentable como el prohibido. Por cada kilogramo de pasta los guerrilleros pagan unos 400 dólares y, luego, la revenden a los narcotraficantes.

Aunque el acuerdo de paz con las Farc pretendió acabar con el negocio de la droga, combustible de la violencia, el número de hectáreas sembradas en Colombia es similar (142.783) al de 2016 (146.139), según el último recuento de la ONU.

Petro planteó a los países usuarios, especialmente a Estados Unidos, centrarse en la prevención del consumo. En su primera visita a Catatumbo, el viernes 26 de agosto, se abrió al diálogo con los cocaleros para pactar su tránsito hacia una economía legal.

El mandatario, quien en su juventud militó en una guerrilla urbana que firmó la paz, promete una reforma rural para potenciar la producción de alimentos y dar beneficios económicos a quienes dejen la siembra ilícita.

“No volver”

Años atrás, Carlos Abril (25), que desde los 13 años perteneció a las Farc, escuchó promesas similares. Hoy se esfuerza para “no volver” a las armas.

Entramos al proceso con esa alegría, con esa iniciativa de que íbamos a ver una Colombia nueva, en paz (…) pero pues el tema de la coca nos hace volver a nosotros (a la ilegalidad), por la necesidad”, señala.

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En una caseta de madera y con los cultivos de fondo, una docena de líderes campesinos y cocaleros se alinean frente al nuevo Gobierno. Varios están amenazados y se mueven con escolta oficial.

Para Elizabeth Pabón, dirigente de la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat), es el “momento perfecto” para renunciar a la coca.

“Vemos con gran expectativa las palabras del señor presidente Petro donde dice que no va a haber erradicación forzada ni fumigación (con químicos), sino que va a ser algo concertado con las comunidades (…) Es de alivio”, señala en nombre de 6.000 campesinos.

Una decena de banderas con las siglas del Ejército de Liberación Nacional, sobre franjas de negro y rojo, adornan el camino que lleva hasta los sembradíos, junto a fotografías del comandante guerrillero Antonio García y la cúpula del ELN, que está a punto de reiniciar diálogos de paz con Petro.

El desarme de los rebeldes, coinciden los cocaleros, contribuiría a abandonar la producción de coca para dar paso a la venta de alimentos a “precios justos”.

Estamos dispuestos a sustituir (…) con un gobierno que vemos que es más fácil el diálogo”, comentó Wilder Mora, dirigente del movimiento campesino de cultivadores de coca, amapola y marihuana (Coccam).

Desde los años noventa, los cocaleros se han movilizado para reclamar “inversión social”. Si Petro no cumple, señala Pabón, “nos tocará seguir haciéndole marchas. (…) Lo poco que hemos tenido lo hemos logrado a través de las marchas”.

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