Es significativo que la discusión sobre decrecimiento económico, lanzada recientemente en el escenario público colombiano, haya dejado confundidos a opinadores y economistas, a quienes les parece impensable una economía que no esté regida por el mandato de crecimiento. Incluso un profesor de economía de la Universidad de los Andes habló del tema, en Twitter, burlándose de lo que -sugería- era “una nueva teoría geopolítica” inventada por la ministra de minas. 

Hace unos meses empecé a explorar sobre el asunto y me sorprende la ignorancia de este tipo de afirmaciones. Las propuestas sobre el decrecimiento han sido elaboradas, hace ya unos años, por economistas ecológicos y críticos del desarrollo como Latouche, Victor, Jackson y Kallis. Su reflexión parte de la constatación de que el crecimiento económico, al estimular la demanda de energías fósiles, hace muy difícil contrarrestar el cambio climático. Es simplemente un mandato insostenible para un mundo finito. 

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Por supuesto la economía en favor del crecimiento ha respondido a este reto con propuestas de sostenibilidad verde mediante las cuales busca demostrar que la expansión económica (medida a través del PIB) se puede desvincular del uso de recursos y las emisiones de carbono, apuntándole a la transición hacia energías limpias y a tecnologías que capturan y almacenan el carbono de la atmósfera. La efectividad de estas apuestas, hasta ahora, no se ha demostrado, pues la temperatura global no ha dejado de aumentar, junto a la polución y a las emisiones de gases de efecto invernadero.

No quiero ahora recoger toda la evidencia empírica que puede demostrar que tal apuesta es irrealizable a un ritmo lo suficientemente rápido para permitirnos no sobrepasar el límite de los 1,5 °C ó 2 °C de temperatura. Los trabajos de Hickel y Kallis pueden ofrecerles mucha información científicamente verificada al respecto. De hecho lxs lectores pueden hacer sus pesquisas y es improbable que encuentren un artículo científico que logre controvertir esa evidencia. 

Cambio climático y calentamiento global.Foto AFP
Sequías, incendios e inundaciones se han vuelto más recurrentes en la última década debido al cambio climático. Foto: Hoshang Hashimi / AFP

Lo desconcertante es entonces que el crecimiento verde siga siendo la respuesta económica dominante para confrontar la devastación ecológica que habitamos, cuando ni la realidad cotidiana, ni las proyecciones más optimistas permiten defenderla como una solución sostenible. Esta visión no reconoce, además, las formas de desigualdad que ha producido el crecimiento y la injusticia social que va aparejada con el daño ambiental.

Frente a este panorama, las propuestas del decrecimiento apuntan a “una disminución planificada” de los flujos materiales de la economía, en países de ingresos altos -tendencialmente los más contaminantes- mientras le apuestan a una redistribución de las rentas existentes, y a una mejora en las condiciones de vida de la población.

Entre las medidas que plantea se encuentran: desescalar industrias ecológicamente destructivas e impulsar aquellas que resultan más limpias; reducir la desigualdad a través de políticas redistributivas, garantizar derechos laborales, fortalecer marcos de protección social y desmercantilizar bienes públicos, de modo que las personas puedan gozar de bienestar sin tener salarios muy elevados y dejen de competir entre sí por aumentar la productividad; prohibir la obsolescencia programada, reducir la publicidad para desincentivar el consumo; acabar con el desperdicio de alimentos, impulsar y consolidar formas de participación local.

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Es entonces otro tipo de economía, pero que aborda el problema transdisciplinariamente sin reducirlo a la mirada estrecha de los criterios economicistas. Obviamente no busca la recesión como algunos han llevado a pensar. Pues, como lo destaca Hickel, en una recesión se produce una contracción de una economía cuya estabilidad requiere justamente del crecimiento. Mientras que aquí se trata justamente de un marco económico y social distinto. Uno que, como lo han insistido Hickel y Kallis, invierta la “paradoja de Lauderdale”,  de acuerdo con la cual “el incremento de la «riqueza privada» se logra mediante el estrangulamiento de la «riqueza pública»”

En juego está una lógica del uso común y del cuidado público que contrarresta la necesidad de aumentar la propiedad privada, a la vez que desactiva las dinámicas de abaratamiento de la vida. Estas últimas son, como lo ha argumentado Jason Moore, estrategias mediante las cuales el capitalismo ha arreglado temporalmente sus crisis, al crear condiciones que suponen el menor costo posible para el mayor provecho posible.

Pobreza-AFP
El actual sistema es insostenible. Foto AFP

Por ejemplo, producir comida barata explotando redes de la naturaleza, a través del trabajo de empleados mal pagados, con pocas garantías sociales y alimentados a su vez por comida poco nutritiva. Toda una catástrofe social que ha ido de la mano con la ambiental, generada para el enriquecimiento de pocos.

Así que en lugar de condenar lo que cuestiona el consenso establecido, hace falta pensar a fondo lo impensado, porque aquél ya hizo suficientemente invivible la vida, esta vida.