En agosto de 1962, hace 60 años, falleció Hermann Hesse, uno de los escritores más notables del siglo XX.

Murió en su casa de Lugano, retirado de los ruidos del mundo, aunque siempre estuvo en comunicación con sus lectores que encontraron en él una suerte de guía en medio de los conflictos de la época.

Su obra, conformada por novelas, cuentos, ensayos, poemas, cartas y una cantidad enorme de notas críticas sobre los libros que leyó, sigue vigente en nuestros días. Despertando, incluso, un interés más fuerte que el que su autor tuvo en vida.

Como muchos jóvenes de mi tiempo, leí a Hermann Hesse con entusiasmo. Eso fue en los años setenta del siglo pasado y en una ciudad como Medellín, que entraba con frenesí no solo en la violencia del narcotráfico, sino en la psicodelia del hipismo y en las proclamas revolucionarias de las guerrillas latinoamericanas.

Y siempre le agradezco porque, a través suyo, entré a la gran literatura alemana. Orientado por Hesse descubrí a Goethe y a Hölderlin, a Schiller y a Novalis, a Hoffmann y a Nietzsche. Y de su mano me sumergí también en la obra de Thomas Mann y Franz Kafka. 

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Su novela que más me impresionó en aquellos años, por encima de los muy exitosos Demian, El lobo estepario y Narciso y Goldmundo, libros que bebí como un sediento, fue Siddharta. La historia de un hombre que busca su propia verdad en medio de una India atravesada por brahamanes, monjes mendigos meditabundos y seguidores del Buda. Ese itinerario, narrado con sencillez y sin ningún tipo de alarde técnico, está urdido por lo que, desde entonces, busco en la literatura: el pálpito de la poesía.

Hace poco, para comentarla en un taller literario que coordino en Envigado, la leí de nuevo. Y constaté que sigue fresca y poderosa. Es más, y sé que al decir esto cometo una especie de imprudencia, prefiero esta breve novela de tema orientalista a otras alemanas muy aclamadas en su momento y que ahora resultan un poco marchitas.

Hermann Hesse

Quiero decir que, a estas alturas de mi vida como lector, me siento mejor acompañado con la ensoñadora y fabulesca Siddharta que con el delirante Auto de fe de Elías Canetti, o con el mamotrético Hombre sin atributos de Robert Musil, o con el experimental Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin.

Pero si hay un Hermann Hesse actual es el pacifista. Ese escritor que, en medio de la matanza generalizada de las dos guerras mundiales del siglo XX, levantó su voz crítica frente a la enfermedad de los nacionalismos. Sus reflexiones, lúcidas y valientes, están diseminadas en los ensayos sobre el tema y en las miles de cartas que escribió, con un sentido de la responsabilidad y el afecto hacia sus lectores que suscitan toda la admiración y el respeto.

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Hesse conformó, junto a Romain Rolland y André Gide; junto a Rabindranath Tagore y Mahatma Gandhi; junto a Thomas Mann y Stefan Zweig, un grupo de personalidades que hicieron todo lo posible, desde la escritura y la resistencia civil no violenta, por apaciguar el frenesí guerrero de los fascistas, los colonialistas, los nacionalistas y los imperialistas.

Seguían el camino señalado por su maestro Tolstoi. Y este seguía, de manera anárquica –que es acaso la mejor manera de leerlas– las enseñanzas de la paz y el amor dadas por los Evangelios. Por supuesto, no lograron instalar la paz, y la guerra sigue siendo el gran negocio financiero ideado por los hombres. Pero al menos manifestaron su incomodidad ante el vandalismo oficializado por instituciones puercas.

Entre muchos pasajes de Hesse, que he subrayado de su libro Sobre la guerra y la paz, hay uno que merece citarse en estos tiempos, oscuros y a la vez esperanzadores, por los que atraviesa Colombia: “¡La paz se halla cerca! Está aquí, en todas partes, en todos los corazones, como idea, como deseo, como proposición, como fuerza todavía efectiva. Si cada uno de nosotros le abre su mente, si todos nos proponemos de verdad ser sus portadores y portavoces, ser los guardianes de la paz, si cada hombre de buena voluntad decide laborar durante un breve espacio de tiempo para que las intenciones pacíficas no encuentren ninguna traba, ningún inconveniente, ningún obstáculo, la paz acabará por llegar”.  

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