Y, ¿dónde están los sociólogos?

Durante el curso de las últimas quince lecciones que ofreció Theodor W. Adorno en la Universidad de Frankfurt, entre los meses de abril y julio de 1968, no dejó de exponer su fe en la capacidad analítica de la sociología: “No hay nada sobre la tierra que no esté mediado por la sociedad, incluso el concepto de naturaleza, y la sociología puede tratar absolutamente todo lo que existe desde el punto de vista social”.

Esta fe en la ciencia de la sociedad no era ajena a su comprensión del antagonismo de los intereses de las personas que integraban una sociedad histórica, de tal suerte que una sociedad viva es aquella que en su progresivo desarrollo de una racionalización de las acciones también manifiesta rasgos de progresiva irracionalidad.

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Siempre estamos atentos al aspecto que nos llena de alegría: la creciente integración de la sociedad nacional colombiana en el trascurso de sus dos primeros siglos de vida. Pero apartamos la mirada, con asco, de la simultaneidad de las tendencias de desintegración en ciertos estratos sociales profundos.

Esos movimientos de desintegración social obedecen a los intereses individuales contrapuestos y divergentes, opuestos con mayor intensidad en ciertas coyunturas, cuando la relativa indiferencia mutua anterior da paso a protestas abiertas y ruidosas. Incluso Adorno había visto, tras el Estado total del fascismo, como un sujeto social único y solidario la agitación de una lucha arcaica y anárquica entres distintos grupos sociales.

Hasta en las sociedades burguesas pacificadas, caracterizadas por alto grado de pluralismo político, pueden verse tendencias a la desintegración, irracionalidad de algunas acciones. Adorno puso como ejemplo al psicoanalista vienes Frederick Wyatt (1911-1993), quien, desde la Clínica Psicológica de la Universidad de Michigan que fundó en Ann Arbor, tuvo que ocuparse de estos movimientos recurrentes de desintegración en su conferencia “Los estudiantes americanos protestan: situación social y causas psicológicas”.

Nadie podría negar que la sociedad colombiana tiene una gran vivacidad, es decir, que coexisten en ella tendencias de integración y de desintegración social, pulsiones racionales e irracionales en las actuaciones de los grupos de interés particular. Los extranjeros que pasan una temporada en los distintos países que habita esta peculiar nación de ciudadanos llegan pronto a la conclusión de que no es posible aburrirse ante tantas manifestaciones simultáneas de las contradicciones de la vida en sociedad.

Pero en cuanto estalla un movimiento abierto y ruidoso de irracionalidades, de destrucción de riqueza pública y de coacciones a la libertad individual, una oleada de pesimismo recorre el espíritu de los nacionales. No importa la recurrencia periódica de estos estallidos en la historia social, al menos desde 1781, siempre los espíritus milenaristas salen a recordarnos que ahora sí llegó “el fin del mundo”, el “caos y la anarquía total”, el fin de los gobiernos. El arzobispo Antonio Caballero y Góngora consiguió el título de virrey de Santafé porque se mantuvo impasible ante un estallido de 20.000 comunes de la provincia del Socorro, pese a no contar con un regimiento armado, y en 1783 puso a 13.000 socorranos de rodillas en la iglesia del Socorro para recibir el signo de la confirmación en la fe cristiana, acompañado de una palmadita en la mejilla.

Ante estos estallidos periódicos y recurrentes, siempre cabe esperar la reacción de los milenaristas que anuncian el fin del mundo: liturgia de las 40 horas, cadenas de oración, propagación de la devoción al santo rosario, plegarias a la reina celestial de Colombia. Los publicistas escribirán a sus simpatizantes en todos los rincones del mundo para que difundan la imagen de anarquía, los que odian en secreto a su patria pedirán misiones militares o humanitarias para que venga a poner orden en el caos, y los españoles nos mirarán por encima del hombro: ¿Para esa anarquía es que querían independizarse de Su Majestad, que Dios guarde?

En esta circunstancia, pregunto: ¿Y dónde están los sociólogos? Digamos, con pesar, que han huido de la escena pública. La cochada de 1960 en la universidad de la nación, solo llamó al “compromiso político” y terminó asesinada. En vez de contar con un brillante introductor de la sociología empírica de Lovaina, el creador de una antigua escuela de investigación sociológica, tenemos que resignarnos con un mártir: el “cura guerrillero”.

Los que salvaron la vida de ese suicida llamado a las armas y al compromiso ganaron un relativo distanciamiento en el campo de la historia o de la ciencia política. Tantas escuelas universitarias de sociología que se abrieron en la década de 1970, se cerraron por la impertinencia de los compromisos políticos armados y por la falta de credibilidad que se ganaron con sus ideologías.

Convendría entonces una restauración universitaria de la fe en la ciencia de la sociedad que propagó Adorno. La sociología, como la historia, no sirve para hacer predicciones sobre el mundo que vendrá. ¿Acaso no fueron los sociólogos los que predicaron la venida de un paraíso comunista? Pero podría servir para comprender los movimientos de irracionalidad y de desintegración que estallan periódicamente en una sociedad nacional, como la colombiana, que algunos quisiéramos presentar ante el mundo como un buen ejemplo de integración social de una nación moderna.

Las resistencias que la mentalidad religiosa opone al triunfo de la figura del ciudadano (solo dueño de su propio e intransferible voto), los peligros de las aventuras populistas que se fundan en esa mentalidad religiosa y mágica, la fuga de los “herederos” a otros países, y la llegada masiva de los damnificados de la experiencia de un irracional proceso de desintegración social en algún país vecino, podrían ser los objetos de investigación de esa clase de científicos sociales. Siempre y cuando, por supuesto, acaten la recomendación de Norbert Elías: adoptar el patrón social de relativo distanciamiento y abandonar las tentaciones de los compromisos políticos e ideológicos.

Elías siempre sostuvo que la tarea de los científicos sociales es solo la de comprender y hacer que sus contemporáneos comprendan los cambiantes conjuntos de interrelaciones que forman los seres humanos, la estructura de los cambios y la naturaleza de los lazos entre las personas. Tendrían estos que esforzarse para apartarse del papel de participantes inmediatos en la red de tensiones sociales de su propia sociedad. Ese rodeo del distanciamiento mental de los sociólogos es hoy urgente, justo cuando la sociedad colombiana parece moverse tras los agitadores de emociones, los flautistas de la irracionalidad que luego no responden por las vidas que se sacrifican.

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