‘Y fue entonces’, de Helena Iriarte

El último libro de la escritora bogotana, que ya tiene 84 años, es una verdadera joya.

En septiembre de 2020, en una entrevista con El Tiempo, la escritora bogotana Helena Iriarte anunció que su próxima novela, Y entonces fue, sería su última. “No voy a escribir más”, afirmó, de esa manera poniéndole punto final a una carrera literaria que empezó en 1989, cuando publicó, a los 52 años, la obra ¿Recuerdas Juana? Desde entonces, Iriarte, hoy de 84 años, ha nutrido el panorama de las letras colombianas con ocho novelas cortas que indagan, cada una a su manera, sobre el papel que juega la memoria en nuestras vidas.  

Ocho meses después de la entrevista con El Tiempo, en mayo de este año, Babel Libros lanzó Y fue entonces en una edición de lujo, en su sello Frontera ilustrada. El libro es una verdadera joya: no solo por su formato físico, grande y en tapa dura, sino porque el texto, de 78 páginas, está acompañado por unas ilustraciones en carboncillo del pintor bogotano Iván Rickenmann. En las primeras páginas, impresas en morado, aparece en letras blancas y en itálicas una cita de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll; un epígrafe que da pistas sobre el universo al que pronto entrará el lector:

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 “Hagamos como que el espejo se volvía tenue como una gasa, y que podíamos atravesarlo. ¡Mira, pero si se está convirtiendo en una especie de niebla! Será bastante fácil pasar…“.

El espejo que atraviesa la protagonista de Y fue entonces es el espejo del tiempo. Un día, en la casona de su familia, donde vive a solas, ella entra en una habitación guiada por un ángel. En vez de encontrar trastos y restos arrumados bajo el polvo, descubre que la habitación se ha transformado en un teatro y que la obra en curso es sobre su propia vida. Desconcertada, entra a la sala. Se sienta entre el público, a la espera de que inicie la función. La trama, pronto descubre, gira entorno a un nudo afectivo de su infancia, a la llegada de Teresa, una joven difícil, a la vida de ella y de su familia. ¿Por qué se mudó con ellos? ¿Por qué carga tanta rabia y resentimiento? ¿Por qué destrozó la armonía de la familia? ¿Cuál es su secreto?

Mientras observa la obra, la narradora no permanece indiferente. Por momentos, se llena de vergüenza. Por momentos, siente confusión. Pero la invade, sobre todo, un deseo por subir al escenario y modificar los sucesos de la historia. Esa acción, sin embargo, le está prohibida. Lo que ya sucedió, nos dice Iriarte una y otra vez a lo largo del libro, no se puede modificar. “Todo lo que está pasando frente a nosotros -le dice una espectadora de la obra a la narradora-, permanece intocable en esa lejanía de lo que ya pasó; pero lo que sí es posible es verlo de otra manera”

Y entonces fue es una obra conmovedora, compasiva, triste. Con una prosa ágil y sinuosa, Iriarte escenifica la memoria para recordarnos que “los recuerdos, como los seres que allí habitan, son vulnerables y permanecen indefensos en espera de la benevolencia o la dureza del criterio con que los juzguemos”. Al mismo tiempo, es un libro lleno de juegos y de pasajes laberínticos que desdibujan las líneas entre la realidad y la ficción, y que nos invitan a contemplar el hecho de que todos somos, también, personajes narrados por nosotros mismos. 

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Las ilustraciones de Rickenmann, por su lado, son dibujos de una Bogotá de antaño: calles adoquinadas, construcciones coloniales, cuartos vaciados por el paso del tiempo. En ellas resaltan, por su ausencia, las figuras humanas; si aparece alguna, lo hace como un detalle del paisaje. Parte del deleite del libro consiste en ojear los dibujos al tiempo que se lee el texto, pues parecen los telones de fondo de la obra a la que asiste la narradora. 

Qué texto, el que ha escrito Iriarte, para despedirse de las letras. Y qué edición, la que ha hecho Babel, para envolver su última ficción. 

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